Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
febrero 01/2008
La marcha atrás
La primera vez que escuché de la intención de decirles a las FARC que ya no más, confieso que la idea me pareció buena. El asunto de los secuestros me tenía tan cansado que estaba dispuesto a manifestarme para decirles que acabaron mi paciencia. Hasta me olvidé de mi vieja convicción de que toda clase de marchas y gritos de paz suelen ser guerrerismos disfrazados y me dije: "Tal vez sea el momento de dejar que mi voz se escuche hasta en las selvas".
Ya tenía lista mi camisa amarilla, azul y roja y mis zapatos blancos, cuando empecé a recibir mensajes de personas que me explicaban por qué no participarían en la marcha. Sus razones eran tanto o más respetables que las de quienes insistían en que se hiciera la marcha.
Ciego de buena fe, verdaderamente cansado de las FARC, había venido ignorando los matices que poco a poco había estado tomando el asunto de la protesta. Quizá la razón más poderosa para no marchar era el hecho simple de que protestar sólo contra las FARC era ignorar lo que hacen con el país los otros grupos de criminales, en cierto modo era una forma de hacerles el juego a esos criminales.
Entonces volví a prestar atención a los términos con que se organizaba la marcha y volví a ver esas viejas contradicciones que antes no me engatusaban: "hay que acabar con los violentos", "muerte atroz a los que cometen crímenes atroces", "aplastemos a los enemigos de la paz".
Y de pronto me entró un susto criminal.
No digo que todos los que marchan sean conscientes de que le están haciendo el juego a los paramilitares, para sólo mencionar un grupo de muchachos contra los que nadie protesta, a pesar de que les gusta jugar futbol con cabezas e infiltrarse hasta las esferas siderales . Pienso que la mayoría de los que alzarán la voz lo harán de forma sincera, de verdad querrán que acaben los secuestros y las FARC, ignorando que las FARC sólo se acabaran cuando se acaben las condiciones que las crearon. Pero pienso también que están siendo utilizados y que el uso que los pacificadores hagan de ellos puede ser tan inhumano como el que los guerrilleros hacen de los secuestrados.
¿Qué pasaría -me pregunté- si la gente de las marchas fuera objeto de ataques terroristas?
La cosa no es improbable.
Pensé que nadie tendría la calma para averiguar el origen de los ataques. Ante el país y el mundo habría un solo culpable así no fuera el culpable (esas cosas en Colombia tampoco son improbables), y alguien se habría salido con la suya al precio de unos pocos enruanados.
Tal vez la cosa no ocurra, tal vez sólo estoy exagerando. Pero lo cierto es que pase lo que pase, márchese o no se marche, algunos criminales se sentirán muy tranquilos porque la patria más boba de que se tenga noticia se olvidó de fechorías y se enfrascó en un debate donde todos se preguntan: ¿camino o no camino?
Y como Aquiles con la tortuga, así no se suele llegar a ningún lado.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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