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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
enero 25/2008


De tetas y poesía


Soy, tal vez, uno de los pocos colombianos que no ha leído el libro, ni ha visto la serie de televisión, Sin tetas no hay paraíso. No he podido evitar, sin embargo, enterarme por la prensa y los amigos de las generalidades de la trama. Tal vez me esté perdiendo una obra maestra, pero desde que escuché hablar por primera vez de Sin tetas tuve la sensación de que se trataba de esos libros que no pueden llegar a decirnos mucho más de lo que nos dice el título: sí, claro, las tetas son importantes, todos los hombres somos mamíferos, y el tamaño exagerado parece ser una imposición de nuestro tiempo, tan fuerte que obliga a muchas mujeres a reconstruirse el pecho para entrar en el mercado. El paraíso del que se habla tal vez no sea tan paraíso y, muy seguramente, al enfoque realista se le suma cierto tono de ironía.


Analizando a fondo las peculiaridades de ese título, se descubre que en cierto modo es una de esas raras expresiones que son aquello mismo que designan. La palabra tetas en el título apela a la sensualidad soterrada de buena parte de los colombianos, se apoya en el escándalo, en aquello en lo que todos piensan pero no se atreven a discutir abiertamente, para incrementar las ventas. En cierto modo las tetas en el título son como las siliconas, una cosa abultada que llama la atención.


Cada cierto tiempo un escritor desesperado ha recurrido a lo brutal para llamar la atención. De ese impulso no se escapa ni nuestro premio Nobel, quien cuando joven apeló a la palabra mierda para sacudirnos la beatitud, y ya muy viejo pensó que nos iba a ruborizar usando la palabra putas en un título de un libro.


Pero no es de esos libros y esos autores de lo que quiero hablarles. Los viejos tenemos el feo vicio de deambular. Lo que quería decirles es que esta mañana, mientras me daba una ducha, estaba pensando en tetas. Antes de que se apresuren a juzgarme, quiero que me concedan por lo menos unos párrafos para poder explicarme. Aunque, pensándolo mejor, las tetas por sí mismas serían un buen tema. Podría escribir mis memorias hablando de las sedes que he calmado en esas tierras prometidas.


Pero bueno, volvamos a lo del baño. El agua mojaba todo mi cuerpo y yo pensaba en poesía. Poesía, es justo decirlo, no es sólo aquella forma de creación escrita que se presenta con frases recortaditas. Poesía puede también ser un cuento o una novela, hasta una crónica periodística. Para mí la poesía es aquello que nos permite experimentar, cuando leemos, el instante de la creación; es el éxtasis con el que nos descubrimos extrañados en medio de un universo presente e inexplicable.


Mis dos o tres lectores pueden haberse enterado de mi afición a cometer poesía de vez en cuando. He intentado cuentos y novelas, casi siempre he fracasado. Les cuento todo eso para contextualizar una charla que tuve hace unas semanas. Un amigo al que aprecio y respeto me pidió leer uno de mis cuentos más extraños. Se lo pasé con el susto natural de quien sabe que al final puede ser diagnosticado como loco irreparable. Dejé de respirar mientras recorría las páginas y al final esperé su dictamen como quien espera una nueva burrada de Uribe o Chávez.


-Está muy bien, interesante…


Yo empezaba a pensar que mi amigo era de una inteligencia desmesurada.


...pero podrías alargarlo y convertirlo en una novela.


Se dedicó a explicarme que quería conocer el pasado de los personajes, sus esperanzas y sus traumas, la forma de las calles de la ciudad donde viven, la talla de sus zapatos.


Lento como siempre he sido, decidí asentir en silencio, alargar la mano para rescatar mi historia, y prometí pensar en sus consejos.


Sólo esta mañana, cuando me bañaba, encontré una respuesta. Siempre he creído que la poesía se escribe de manera misteriosa, que raras veces el autor tiene conocimiento completo de las materias y las estructuras que manipula, que su función es sostener el lápiz y dejar que las palabras fluyan, como les salen las hojas a los árboles.


Pensé que estirar un cuento para que sea una novela era como ponerle siliconas a unas tetas, para que se acomoden al gusto de un tiempo y de un lugar. Fue entonces cuando recordé el título de la novela de la que les estaba hablando.


Entonces me vi desnudo bajo la lluvia y tratando de explicar por qué las tetas no deben cambiarse, por qué hay que dejarlas como son, colgantes, puntudas, minúsculas, abundantes, firmes, flácidas, bombásticas.


Al final, ya casi cerca del resfriado, encontré que la explicación es la misma que con la poesía: porque mientras uno no entienda el misterio de la creación, no debe cometer la tremenda imprudencia de corregir la obra del creador.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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