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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
enero 18/2008


Feliz Año


Cuando alguien me saluda a estas alturas de enero con la expresión "Feliz año", suelo preguntarle socarrón a qué año se refiere. Los años de ahora están tan devaluados que uno no ha terminado de digerir las uvas del treinta y uno, cuando ya tiene al frente otro racimo, dizque para que le vaya bien en algo que parecerá no haber existido nunca.


Cuando el que saluda es capaz de aceptar chistes más crueles, suelo decirle que no me desee eso, porque sus deseos rara vez se cumplen, al menos en lo que al mundo se refiere. Pero al final termino agradeciendo los buenos deseos, más por la cortesía que hay implícita que por la esperanza de que esas palabras puedan tener poderes mágicos.


Por eso me permito desearles Feliz año a estas alturas de la vida.


Llevamos menos de veinte días de este año de ciencia ficción y creo haber leído en la prensa tal cantidad de horrores que, incluso si no pasara nada malo en las cuarenta y pico de semanas que nos quedan, este año seguiría siendo uno de los más tristes de nuestra vida nacional.


Este país, que dudo que llegue mucho más allá de su segundo siglo de existencia, ha aprovechado muy bien el tiempo demostrando que es capaz de toda clase de infamias e insensateces. Hemos leído de violaciones, de masacres, de descuartizamientos, de suicidios, de personas incendiadas y de toda la secuela de novelas, películas y series de televisión que celebran esa mierda.


Casi no nos ha quedado ningún crimen por presenciar, pero sin duda el premio mayor a la criminalidad se lo lleva el asunto de los secuestrados por las FARC. Terminamos el año anterior y empezamos éste con el deplorable espectáculo de las liberación de los secuestrados: una cosa muy fea por donde se le mire, excepto por la alegría de las liberadas y sus familias.


En una crónica extraordinaria sobre un paseo millonario del que fue víctima, Alberto Salcedo Ramos resumió la ironía de nuestra condición de colombianos, cuando dijo que la única alternativa que nos queda es la de darles las gracias a los criminales por no tratarnos más mal de lo que nos han tratado. Esa es más o menos la sensación que me queda cuando las FARC y sus idiotas útiles pretenden que se les agradezca la liberación de menos del uno por ciento de las personas que tienen secuestradas. Insensato también me pareció, casi como un mal chiste, que en el momento de la liberación -en territorio colombiano, según creo- la gente le diera las gracias "al señor presidente", pero al hacerlo se refiriera al presidente de Venezuela.


Uribe puede ser muy bruto, pero estoy seguro de que se dio cuenta de lo erosionadas que estaban sus facultades presidenciales en ese momento, de la responsabilidad tan grande que él tiene en esa erosión y de lo mucho que desaprovechó la oportunidad de haber quedado como un buen gobernante. Porque eso es quizá lo más triste de todo el proceso de las liberaciones: la demostración inocultable de que nuestro presidente no es mejor que sus enemigos, que se parecen más de lo que uno quisiera reconocer.


No pienso entrar a analizar en detalle la secuencia de infamias que rodearon la suplicio de las liberaciones, los retrasos, los intentos para entorpecer el proceso, el tira y afloje con los sentimientos y las expectativas de mucha gente. Quiero sólo referirme a un detalle del proceso, quizá el que lo revela en toda su crueldad: el tratamiento como de trapo sucio que le dieron al hijo de Clara Rojas.


Hay algo que me preocupa tremendamente sobre la situación de ese niño. Las primeras noches después de que se supo que estaba en una casa del Bienestar Familiar, casi no pude dormir de sólo pensarlo. Simbólicamente la situación es aterradora: si el niño estaba secuestrado y se hallaba en un hogar del Bienestar Familiar, eso quiere decir que las instituciones del gobierno han estado al servicio -sin saberlo- de los secuestradores.


Pero hay algo mucho peor en la situación, algo que ha hecho mucho más terribles mis desvelos y ha alejado este año de la felicidad. Me refiero a una pregunta que no deja de asediarme: ¿Por cuánto tiempo supo el gobierno dónde estaba Emmanuel? La pregunta no busca solamente una respuesta en término de horas y de días. Busca también liberarme de la pesadilla que significaría comprobar que lo que tenemos ante los ojos es peor de lo que creíamos. Porque si la información se mantuvo oculta para utilizarla políticamente, estamos simple y llanamente en presencia de un secuestro dentro de un secuestro. Y no creo poder recuperarme del desconsuelo si llegara a comprobar que esas sospechas eran ciertas.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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