Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
abril 27/2007
Adamante
Me pregunto cuántos de mis dos o tres lectores habrán visto "El puente sobre el río Kwai". Aunque los críticos dicen que es una de las mejores películas de todos los tiempos, dudo que sea del gusto de muchos y que haya multitudes impacientes por verla.
Del mismo modo como la fama del Quijote no le da muchos lectores al libro de Cervantes, la categoría de clásico no le da popularidad a "El puente sobre el río Kwai". En medio de la falta de memoria y la mansedumbre de las masas, las preferencias se dirigen a lo más inmediato, por más mediocre que sea.
Confieso que yo mismo no me habría interesado en la película si no hubiera llegado a este momento en que el cine de hace tiempos me resulta más satisfactorio que la vida. La guerra nunca ha sido mi género, ni siquiera en las películas, y uno podría pensar que esa película es otra de las apologías imperiales que tanto se han visto en las pantallas.
Llegué a esa película por razones menos racionales y, tal vez por eso, más significativas. Casi desde la infancia he tenido la corazonada de que moriré en una isla del océano índico que hoy se llama Sri Lanka y que a lo largo de milenios ha tenido muchos nombres: Ceilán, Taprobana, Serendib, Palesimunda, Lanka y muchos más.
Otro día les hablaré sobre mi relación con esa isla y sobre ese casi amor con que he recogido las historias y detalles que la vida me ha dado sobre ella. Hoy sólo quiero decirles que una de las razones para ver "El puente sobre el río Kwai" era porque fue filmada en Sri Lanka.
Empecé a ver la película con una mirada extraña. En lugar de interesarme por la trama, por los numerosos personajes, por la complejidad moral de la historia, dediqué mi atención a los paisajes, a la selva húmeda y virgen, a la majestuosidad de los ríos, y a preguntarme cómo sería el rostro de la muerte que me estaba esperando. Pero pronto me sentí atraído por lo que pasaba en los primeros planos, pronto se ofrecieron a mi interés unos personajes construidos por plumas magistrales.
Luego, al hacer las lecturas e investigaciones que suelo hacer cuando una película me gusta, supe que los autores del guión no recibieron crédito en la película porque estaban en la lista negra de Hollywood. Irónicamente, el Oscar lo recibió el autor francés de la novela en que se basaron los guionistas, quien ni siquiera hablaba inglés.
La historia de Hollywood está llena de capítulos vergonzosos. Las listas negras de los años cincuenta y sesenta desaparecieron de los contenidos de las películas cualquier huella de sentido crítico. En los años cuarenta, el famosísimo "código" había empezado a borrar toda complejidad moral.
No creo que pueda resumir la película en una sola columna. Me cuesta mantener la incertidumbre moral de la historia (ese cambio de actitud frente a sus personajes), algo que para muchos en su momento resultó intolerable y antibritánico. Sólo quiero concentrarme en esta ocasión en uno de los personajes, en el coronel Nicholson, el comandante del grupo de prisioneros británicos.
Intento en este párrafo una síntesis de la historia: En Burma, los prisioneros de guerra eran obligados por los japoneses a trabajar en la construcción de una línea de ferrocarril. Muchos murieron por el maltrato y las malas condiciones de salud. En ese contexto, la construcción de un puente había llegado a ser crucial para el éxito del proyecto. Un grupo de soldados británicos, comandado por Nicholson, llegó al campamento de prisioneros a cargo de ese trabajo. Desde el momento en que llegaron, el comandante japonés trató de quitarles a los británicos su condición de soldados y convertirlos en esclavos. Pero Nicholson insistió en que sus soldados sólo podían obedecer a sus propios superiores, que los trabajos se harían según sus condiciones y respetando sus jerarquías militares. Nicholson fue encerrado, bajo el sol inclemente, en una caja de zinc a la que llamaban "el horno", mientras los soldados eran obligados a trabajar e intentaban sabotear el avance del puente. A pesar de los consejos del médico que iba a revisarlo y llevarle agua, a pesar de la opinión de otros sobre la conveniencia de plegarse a la crueldad de los japoneses, Nicholson logró imponer sus condiciones. A lo largo de una sutil batalla de inteligencia y principios, logró someter al comandante japonés, demostrándole que el puente sólo se construiría si trataba con respeto y dignidad a sus soldados.
Hasta aquí la historia es clara. Nicholson parece el héroe. El comandante japonés es un villano. Un americano que también está prisionero, y que sólo piensa en escapar, encarna el individualismo. Pero las cosas se volverán más complejas cuando Nicholson asuma la construcción del puente y decida hacer el mejor puente que se haya construido jamás.
Tal vez en otra ocasión hablaré de la segunda parte de la película. Por ahora sólo quiero hacer mención a dos momentos sublimes del comienzo. El primero ocurre cuando Nicholson está encerrado en el horno y el médico recibe permiso para atenderlo y darle agua. Cuando el médico insiste en pedirle que se rinda, que permita que sus hombres se pongan bajo las órdenes de los japoneses, porque todos -hasta los enfermos- están pagando las consecuencias de su terquedad, Nicholson responde imperturbable y con voz deshidratada: "I am adamant".
Aquella frase, dicha por ese hombre en esas condiciones, me estremeció. Habré encontrado un par de veces la palabra "adamant" en libros, pero jamás se la oí decir a alguien y menos con la dignidad con que la usó el personaje de Nicholson. Tuve que poner la pausa en la película y correr al diccionario para comprobar que "adamant", viene de diamante, y que designa por igual la fortaleza y la transparencia.
Después de leer eso, el estupor fue aun mayor. No sólo no había escuchado esa palabra (el inglés de hoy en día es cada vez más básico y falto de matices), sino que jamás había oído a nadie, en la realidad o en el cine, dar de sí una definición tan deslumbrante.
He buscado en español la existencia del adjetivo "adamante", pero sólo existe un equivalente, "diamantino", que no tiene la contundencia de la palabra en inglés. "Adamant" tiene implícito también al primer hombre (Adam), el hombre arquetípico, la humanidad de los humanos, enfrentada en ese instante a la inhumanidad que torturaba a Nicholson y quería despojarlo de su dignidad.
Cuando Nicholson dice: "Soy adamante", los espectadores podemos comprender que, al menos en esa historia, los violentos, los inhumanos, no podrán salirse con la suya.
Quizá se entienda mejor la intensidad de esa escena si digo que el actor que interpreta al coronel Nicholson es Alec Guinness, un hombre de vida atormentada que tenía una habilidad sobrenatural para crear personajes. Quienes conocieron a Guinnes por su papel como el viejo Obi Wan Kenobi, en la primera película de "La Guerra de las Galaxias", son como los que llegan a una fiesta cuando los últimos invitados están recogiendo sus abrigos para marcharse.
Guinnes fue un gran actor, de dramas o comedias por igual, y algunos de los mejores momentos de su carrera pueden verse en "El puente sobre el río Kwai". Además de la dignidad en la cajuela de zinc, y un instante al final de la película lleno de absurdo y lucidez, hay otra escena de gran intensidad: el momento en que Nicholson abandona el encierro y camina victorioso y con pasos torpes hacia donde lo esperan sus soldados.
Si uno llegara a pensar que lo que se ve hoy en día en las películas puede llamarse actuación, porque los american idols del momento mueven una ceja, ponen cara de preocupados o caricaturizan minusválidos, sería conveniente que volviera a ver esa escena en la que Guinnes (o Nicholson) camina con la torpeza que le ha dejado un mes de torturas y de inmovilidad.
No es una toma en primer plano, ni en plano medio, ni en plano general. Es una imagen en panorámica, con las montañas de Ceilán en la distancia, donde un hombre de más de cincuenta años, cuyos rasgos apenas se distinguen, aprende de nuevo a caminar.
Alguien atento a lo que ocurre en esa escena sufrirá con cada paso de ese hombre, temerá a cada momento que se vaya a doblegar, y sentirá -por razones que es difícil explicar- que esos pasos donde se unen coraje y fragilidad condensan las razones por las que aún es posible y necesario salvar a la humanidad.
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email: wenceslaotriana yahoo.com
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