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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
abril 20/2007


Anciano mirando películas viejas


Cuando uno piensa que ya no hay nada que pueda sorprenderlo, es muy probable que esté a punto de recibir una sorpresa.


Con los años he llegado varias veces a pensar que la demencia y la miseria del país de los colombios han llegado a unos extremos que no pueden superarse.


Pero siempre se superan. Somos una sociedad enferma e incurable.


El periódico de hoy -cuando escribo; no cuando sale esta nota, porque eso sólo lo sabe la divina providencia- trae una noticia aterradora: una anciana de ciento siete años fue violada y asesinada, en circunstancias y lugares que ahora mismo no interesa señalar.


La historia me ha dado escalofríos, asco, tristeza y, lo peor de todo, un poco de risa. Resulta absurdo seguir vivos tanto tiempo para encontrar una suerte de esas.


No tengo que esforzarme mucho para saber que ése que ríe dentro de mí es aquel que se ha nutrido con el cinismo cotidiano, ése bárbaro sin sentido de la decencia que cree que la crueldad es una manera de defenderse.


Todos tenemos un poco de ese miserable: el que pone sobrenombres, el que se cree genial porque crea chistes con las tragedias, el que es capaz de humillar y lastimar con el filo de sus burdas carcajadas.


Prefiero el otro lado de mí: el que se indigna, el que rechaza, el que sabe que hay cosas que no se hacen, por encima de cualquier dictado moral, religioso o social.


Ese lado de mí ha intentado pensar en un insulto para referirse al criminal y a sus cómplices: los medios hipererotizados, la ignorancia, el estado de locura general. Pero decirles animales es insultar a los animales. Decirles malparidos, hijueputas, es poner la agresión en otras víctimas. Uno puede hacer el inventario general de insultos, buscar los más ofensivos, y sin embargo seguirá sintiéndose incapaz. Insultar, además, es caer en el juego de la violencia.


Aquella parte de mí que se indigna está cansada. Ya no le quedan fuerzas para indignarse. Moralmente, la han matado.


Por eso el que ahora escribe no es ni el uno ni el otro, ni el que ríe ni el que llora, sino un escapista diletante que ha encontrado en las películas viejas el refugio para esperar una muerte que ojalá no sea tan absurda.


Dediqué casi un año a vivir en un poema, porque la realidad resultaba inhabitable. Ahora resido en viejas escenas, allí donde todavía importaba la dignidad humana.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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