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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
abril 06/2007


Dolores


Siempre me gustaron las películas viejas. Me parecen mejor hechas, dirigidas a públicos más inteligentes.


Siempre que tuve la oportunidad, hice el viaje hasta el teatro donde las proyectaban, sintonicé al canal que me ofrecía algún remoto clásico.


Ahora el placer se ha refinado. A un genio que considero a la altura del que inventó la cuchara, se le ocurrió la feliz idea de alquilar películas enviándolas a casa.


Lo de alquilar películas existe desde los tiempos del Betamax. Lo de enviarlas a la casa parece una excesiva comodidad para sedentarios. Pero lo verdaderamente genial del asunto es que uno puede escoger las películas que quiere en un catálogo que es casi inagotable.


Uno bien podría sacrificar la comodidad de que le envíen las películas a casa, y ejercitar el cuerpo, si en la tienda de videos de la esquina tuvieran cientos de miles de alternativas. Pero no, tienen docenas a lo sumo, y sólo las que estuvieron en teatros hace poco, las mismas insulsas boberías que son tan populares hoy en día.


El gran mérito del servicio por correo -y de la posibilidad de seleccionar los títulos por internet- es la inmensidad de la oferta, la disponibilidad de tesoros que el mundo en general tiene olvidados hace rato. La premisa es demasiado tentadora: si la película existe en DVD, así la única copia se encuentre en Alaska, será enviada hasta su casa.


La mecánica del servicio también es brillante: la película llega en un práctico sobre que, al abrirlo y retirar nuestro nombre, se convierte de inmediato en el sobre de retorno. No hay que poner estampillas, no hay que pagar el envío. Por una mensualidad inferior a la de cualquier servicio de televisión por cable, uno puede quedarse con las películas el tiempo que desee y, al regresarlas, recibe la película siguiente en su lista de preferencias.


Incluso es posible decidir cuántas películas se quieren tener al mismo tiempo. He descubierto que tres es un buen número para disfrutar de una programación interesante cada noche, mientras los sobres van y vienen gracias a la eficiencia del servicio postal.


A medida que me familiarizo con el servicio, he descubierto que uno puede preparar ciclos de cine según el gusto personal, el entusiasmo y los nacientes o crecientes intereses: ciclos de actores o actrices, ciclos de directores, de versiones de una historia a lo largo de los años.


Muchas venturas dichosas me ha deparado este placer que, como todos los que importan en la vida, puede tenerse en la cama. Me he enamorado, con decenios de retraso, de mujeres absolutas como la adorable Wendy Hiller. He repetido hasta el infinito escenas maestras, como las noches de escritura de Zhivago. He descubierto talentos nuevos, como el de James Stewart. He probado las delicias del cine internacional. He vuelto a disfrutar de la perversidad contagiosa de Alfred Hitchcock o la energía telúrica de lo mejor de John Huston.


He tenido incluso la ocasión de reencontrarme con remotos fantasmas personales.


Cuando era muy joven y demasiado soñador cayó en mis manos una foto preciosa de Dolores Costello. Recuerdo que la llevé por mucho tiempo en mi billetera, que a veces la miraba imaginando un mundo compartido con ella. Alguna vez consulté su nombre en una enciclopedia del cine, pero sus películas en aquel tiempo eran inaccesibles para mí, estaban perdidas en no se sabe qué archivos y jamás irían a presentarlas en los teatros que quedaban cerca de mi casa.


El tiempo pasó, la foto se perdió y me olvidé de Dolores y me interné en la vida siempre plagada de dolores.


No fue un olvido trágico. Ni siquiera fue ingrato. De cuando en cuando la recordaba con la misma emoción y sentimiento con que volvía a los amores con personas reales.


Hasta el martes pasado, nunca se me ocurrió pensar en la ironía de que pude haber pasado toda la vida amando a una actriz a la que nunca vi en una película.


Pedí "The Magnificent Amberson" por razones varias. Era una película de los cuarenta, mi decenio favorito. Orson Welles estaba involucrado en el asunto. Joseph Cotten me recordaba el rostro de hombre bueno que tenía mi padre. Acababa de verlos a ambos en "The Third Man" y quería saber cómo funcionaba aquí el equipo.


Sólo cuando empecé a ver la película descubrí que mi memoria caía vertiginosa en un abismo de más de medio siglo. Ahí estaba, Dolores, con su rostro de rasgos menudos y sus ojos cristalinos de tristeza natural. Dolores moviéndose, enseñando sus perfiles después de una larga vida de quietud. Dolores hablando y sonriendo y susurrando, antes de caer abatida por el peso de un amor imposible.


Vi la película sin poder entender todo lo que me ocurría en ese instante, el significado de esas casi dos horas al final de la vida. Usé el control remoto para repetir las escenas del baile. Usé la pausa cuando el perfil de Dolores se dibujaba contra el cristal de una puerta. Admiré la destreza ostentosa de Welles y la profundidad moral del personaje de Cotten.


Sólo más tarde, con el televisor apagado, justo antes de dejarme arrastrar por el placer del sueño, pude ver lo ocurrido en perspectiva. Sentí que finalmente se había cerrado un capítulo remoto de mi vida. Suspiré con el alivio que me daba haber llegado hasta este tiempo paradójico, incapaz de soñar alto, en el que algunos sueños se encuentran al alcance de la mano.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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