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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
febrero 23/2007


Risas asesinadas


La noticia me produce un espanto singular. En Cúcuta, durante una función de circo pobre, dos payasos fueron asesinados por sicarios: uno en medio de la pista, justo cuando hacía reír al público, el otro junto a la taquilla, donde ayudaba a contar las exiguas ganancias del espectáculo.


En principio, todo asesinato me parece abominable, incluso los que se hacen en nombre de la ley o de la patria. Podría embarcarme ahora en la consideración de algunas circunstancias que justificarían la muerte de otro ser humano, como la de alguien que se dispusiera a acabar con mi vida, pero -para empezar- no creo que ese alguien pudiera tener razones válidas para mandarme al sepulcro.


Muchas veces he optado por no hablar de la violencia y de las muertes porque he pensado que insistir en el asunto contribuye en cierto modo al anestesiamiento general, a esos gestos de sorpresa cada vez menos sorprendidos con que recibimos las noticias de nuestro bang de cada día.


He pensado también que a la violencia no se la combate con reproches y lamentos, con desgarrados -y a veces legitimadores- testimonios realistas sobre los ríos de sangre; sino con dosis inmensas de cosas completamente distintas, como la poesía.


Pero lo que hace que la muerte de los payasos sea particularmente impresionante es el trasfondo simbólico en que se produjeron los asesinatos. Igual puede decirse de la muerte de los turistas italianos. En ambos casos lo horrible, lo monstruoso, se ve mucho más aterrador cuando se consideran los significados implícitos.


Cuando un crimen tiene carga simbólica, está dirigido a todas las personas que atribuyen valores similares a ese símbolo. El ataque a las torres gemelas, por ejemplo, no sólo fue dirigido a un par de edificios, sino a toda una sociedad, a un cierto tipo de valores y economía.


En el caso de los turistas asesinados, el impacto radica en que nos devuelve una imagen de nosotros mismos que no nos gusta. En ese episodio lamentable se materializan nuestra ignorancia y nuestra condición de sociedad enferma. Todos encarnamos el error de no entender el viejo refrán que dice que no hay que morder la mano que nos alimenta. Aquel día no sólo murieron esos dos ancianos que, tal vez, llegaron horas antes a sentirse en el paraíso. También murió la ingenuidad con que nos mirábamos a nosotros mismos.


El hecho de que el crimen haya sido cometido por un niño establece un vínculo tenebroso con la masacre en el circo.

El payaso es una figura de claroscuros. Además de su vínculo con la alegría y con la risa, tiene también una serie de connotaciones sombrías: los payasos tienen que reír cuando están tristes, algunos niños se asustan con sus caras pintadas. Pero su sentido principal sigue siendo bastante claro.


Matar a un payaso en el escenario no es solamente matar a un ser humano, es matar a una sociedad que encontraba en la risa y la alegría su refugio contra la insensatez. Es transformar el más humano de los gestos en una mueca desencajada.


Aquella noche en el circo no solamente murieron los dos payasos, murió también la inocencia de los niños que vieron lo ocurrido, quienes tal vez pensaron que el disparo en la cabeza era parte del espectáculo.


No es difícil pensar que algunos de esos niños pueden salir en unos años a matar turistas o cualquier otro tipo de parroquianos. Pero tampoco ellos fueron las únicas víctimas de la masacre en el circo. Al elegir el escenario, el momento de las risas, para el disparo, esas manos que no saben lo que hacen se volvieron instrumentos de una conjura empeñada en humillar nuestros sueños, en matar nuestra alegría, en pisotear con sevicia los restos de dignidad que aún pudieran quedarnos.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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