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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
febrero 2/2007


Abrazados


El periódico de hoy trae una noticia extraordinaria. En Mantúa, la vieja Valardo de los Romanos, fueron hallados los restos de una pareja de enamorados que vivieron hace casi seis mil años.


Sus cuerpos están entrelazados en un abrazo que aún refleja la ternura.


Según los arqueólogos, es la primera vez que se encuentran los esqueletos de dos personas de edades similares abrazadas. También fue hallado un par de cuchillas primitivas, una cerca del cuello del hombre y otra junto al muslo de la mujer.


Acostumbrados a pensar que la sociedad determina todos los gestos de la gente, ciegos a la poesía del libre albedrío, los científicos han puesto a circular la pobre conjetura de que estamos en presencia de un rito funerario, común en otras culturas, en el que la esposa era sacrificada tras la muerte de su esposo y enterrada junto a él.


Tal vez tengan razón, tal vez eso fue lo que ocurrió con esa pareja cuyo abrazo es anterior a la historia de Roma, anterior a los etruscos y a los griegos, anterior a las civilizaciones de que tenemos memoria.


Pero aun si ésa fuera la explicación, es necesario señalar que tenemos grandes riesgos de malinterpretar la hermosura que acabamos de encontrar. A nuestro tiempo de amores propios exacerbados le resulta imposible concebir que el ritual se cumpliera con plena aceptación de la persona sacrificada. Eso lo sabía muy bien Stefan Sweig. Pero ocurría, ocurría con frecuencia, y era uno de los gestos simbólicos más sublimes de que han sido capaces los humanos. Eso no nos cabe en la cabeza. Por mucha que sea la traga, nadie se anima hoy en día a meterse en la tumba con el amado.


En mi modesta opinión de pésimo arqueólogo y peor enamorado, se me ocurre que la explicación de ese abrazo milenario es más simple, y a la vez más profunda, que la que ofrecen los científicos.


Basta ver la posición de esos amantes para saber que no hubo fuerzas humanas, ajenas a las suyas, en la disposición de aquel abrazo. En el entrelazado de las piernas, en las manos que acarician, en la proximidad de aquellos rostros fascinados, es posible leer la intención, los sentimientos, el anhelo de estar juntos y ser uno.


No hay que ser un cirujano de alto rango para saber que por el cuello y por los muslos pasan venas que se desangran con presteza. No es necesaria ni siquiera una imaginación enfebrecida para suponer los últimos instantes de esos seres que entendieron -y no pudieron soportar la tristeza del hallazgo- lo que tarde o temprano todos entendemos: que el amor es eterno, pero sólo reside por muy poco tiempo en los seres humanos.


El mismo periódico trae la noticia de una astronauta lunática que viajó cientos de millas para matar a la mujer que le quitaba a su amante. Esa viajera interestelar estaba muy enojada. Quería, como dice el refrán, "matar y comer del muerto", o de la muerta, para ser exactos. Su historia es un ejemplo de la crueldad y la impotencia a las que puede conducirnos la experiencia del amor.


Las dos historias tienen rasgos comunes, los fuegos que las alientan tienen afinidades. Ambas, en cierto modo, son representaciones de la locura. Pero la enseñanza que nos dejan es que hay tipos distintos de locura y que algunos son infinitamente preferibles a los otros.


El amor está en todas partes, a todos nos toca de algún modo, es capaz de convertirnos en místicos sublimes, nos hace sentir el rebullir de la creación en las oscuridades más profundas de lo que somos. Pero su eternidad sigue de largo y nos abandona a nuestra suerte de seres humanos, acuciados de apetitos, aterrorizados y tiránicos.


Entonces queremos perpetuar la maravilla, domesticarla y apropiárnosla. Volverla nuestro objeto de uso personal.


Y mientras más procuramos revivir el milagro, mayor es la distancia que se abre entre el amor y lo que somos. Mientras más grande es el miedo de perder lo que queremos, mayor la tiranía.


Por eso es hermoso ese abrazo que la eternidad ha querido regalarnos. Porque nos recuerda sin palabras que el amor no se pide o se exige, se ofrece. No se toma, se entrega. No nos ata, libera. Nos abre la celda de huesos y piel y emociones, destruye las sombras de la soledad.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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