Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
febrero 2/2007
Sentido
Empiezo a sentir nostalgia del poema. A una estrofa del final, consciente de que sería intolerable dar la vuelta y regresar al primer verso con todo lo aprendido en el primer recorrido, empiezo a enfrentarme a la idea de que debo regresar al mundo y sus sucesos sucesivos, al transcurrir y el olvido.
Pero antes de la ternura enamorada, antes de esa unión definitiva y trivial y tranquila de los últimos versos, quiero reflexionar un poco sobre la palabra que se encuentra en las profundidades más profundas del poema: la palabra sentido.
Puedo, en primer lugar, tomarla separada del contexto y considerar un poco sus… sentidos.
Sentido es aquello que nos pone en contacto con el mundo, son esas fronteras misteriosas, esas telas celulares que nos separan del mundo pero que al mismo tiempo nos asoman al mundo, son el encuentro y la distancia entre el universo y la conciencia.
Dicen los que saben de esas cosas, que cada sentido está prodigiosamente diseñado para captar vibraciones de frecuencias distintas, porque todo -olores y colores y sonidos y sabores y asperezas o tibiezas- son vibraciones del mundo, son rebullires de átomos, es la materia danzando al ritmo de músicas más o menos intensas.
Sentido también puede ser -para dejar lo mejor para el final- la condición de un sujeto de sensibilidad herida, alguien afectado por el mundo o por los otros, un ser que ha encontrado en la memoria del dolor una curiosa forma del placer.
Sentido es algo sincero, hecho con intención y voluntad claras y decididas.
Sentido es la luz de la lucidez, es aquello que perdemos cuando se nos apaga la cabeza.
Sentido es cierta forma de entender. Es también una precisa habilidad, como cuando decimos que alguien tiene sentido musical.
Sentido también es propósito.
Sentido, finalmente, es el asunto central de esto llamado realidad, cuando tiene la ocurrencia de procesarse a sí mismo a través de esa intangible maquinaria llamada la mente humana.
Charles Taylor, un hombre de mirada panorámica, explicó que cada vez que buscamos el significado de algo -el sentido-: de un texto literario, de un gesto, de un hecho, de una presencia o una ausencia, estamos buscando el sentido de la vida.
Cada vez que nos preguntamos el sentido de un poema, estamos indagando por el sentido de la vida.
Los seres humanos son las únicas criaturas que se hacen ese tipo de preguntas. Ni una piedra, ni una nube, ni un repollo, ni un gato se preguntan por qué son lo que son, qué secreto designio, que invisible propósito, los hace lo que son.
Los humanos en cambio vivimos preguntándonos qué significa todo lo que pasa, de tiempo en tiempo sentimos el zumbido de la duda, de la oscuridad y el sinsentido, y a veces -porque la falta de sentido resulta intolerable- logramos inventarnos escapes capaces de anestesiar la incertidumbre.
Pero en algunos obstinados, la búsqueda no termina, no se resigna a los engaños de las "verdades" que proponen los caminos.
Un texto significa muchas cosas. Tiene muchos sentidos. La vida significa muchas cosas. Tiene muchos sentidos. Hay un sentido diferente para cada uno que lee o se pregunta. Hay sentidos comunes a una época o a una determinada sociedad. Hay incluso sentidos comunes a toda la especie humana.
La palabra amor, por ejemplo, tiene tantos significados como personas hay en el mundo. Tiene, sin embargo, acepciones dictadas por los tiempos que vivimos, por las ideologías que nos envuelven. Tiene incluso un centro de sentido común a todo ser humano: en algún lugar de esa palabra conviven la generosidad y las canalladas.
Pero hay un sentido que jamás nos será dado comprender: el sentido que tiene lo escrito en el momento de su creación.
Ni siquiera el autor de un poema es capaz de explicarnos lo que hizo. Puede, como el mismo San Juan, intentar domesticar la inmensidad volviendo alegoría lo expresado: "el alma es la amada, Cristo es el amado". Puede, como el mentiroso Poe, señalar el proceso que dio origen a cada palabra. Pero lo cierto es que un poema rebasa la experiencia de su autor, de todos y cada uno de sus lectores, desde el primero hasta el último que ingrese en su espacio ceremonial. Porque la creación escrita es el reflejo de un misterio primero y anterior.
El poema es como una foto instantánea de la creación, es una celebración del instante en que la existencia se abre paso desde la nada, es una síntesis del significado y el propósito del universo y de la vida, es la escritura de Dios.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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