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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
noviembre 23/2007


El honor de la cucaracha


Mis cero o un lectores han hecho oír sus voces de protesta por la haraganería que me ha mantenido ausente de estas páginas. En más de una ocasión me vi tentado a ceder a sus pedidos, pero me faltaba algo importante para poder dar el paso decisivo. Me faltaba entusiasmo. Ni siquiera tenía ánimo para llamar por teléfono a esa multitud tan singular e inexistente.


El ruido general no ayudaba para nada. Primero vinieron las elecciones, donde lo único interesante fue que el resultado final lo decidió un autobús repleto de dinero que no llegó a su destino. Luego vinieron una serie de desastres naturales: las lluvias, los reinados y las fiestas de noviembre.


Me parecía una necedad estar hablando y opinando en medio de tanto alboroto. Era como intentar hablar en una discoteca. Se afecta la garganta, nos zumba la cabeza y al final sólo queda una terrible sensación de soledad.


Pero en fin, la costumbre es una fuerza poderosa y aquí estoy nuevamente, pero no para hablar de la realidad, ni de los problemas del país, ni de nuestra sociedad, sino del placer egoísta y ocioso que ocupa este tramo final de mi existencia: las películas viejas.


Creo haber dicho, hace algunas columnas, que el cine de otros tiempos ha venido a ocupar y a llenar de emociones esta vida en la que ya pocas cosas ocurren. Hablé de viejos amores de celuloide, de directores y artistas predilectos, de los ciclos de ensueño que he programado en la sala de mi casa, gracias a que las películas me llegan por correo.


Pero como la vida sedentaria es enemiga de la salud, soy consciente de que no es bueno quedarse todo el tiempo encerrado, y a veces salgo a buscar en la calle un poco de vida, la cual encuentro, siempre sin falta, en los teatros donde presentan viejas películas.


No son muchos, lo admito. La mayoría de las salas de cine, aquí en el País del Sueño, están empeñadas en ofrecer las efímeras novedades que pasaran al olvido en dos semanas. Salvo una que otra película, como "El amor en los tiempos del cólera", donde nuestro interés está lleno de razones personales, la oferta de los cines comerciales es prescindible, no justifica salir a la calle.


Por suerte hay algunos lugares donde suelen reunirse los amantes del buen cine. El Museo de la Imagen en Movimiento, en Queens, es uno de esos oasis.


Allí llegué con mis nietos menores, el sábado pasado, a cumplir una cita largo tiempo aplazada. Volví a escuchar la explicación sobre la persistencia retiniana, vi viejos aparatos, vi trajes y fotos de estrellas hace tiempo apagadas. Con los juegos del museo, que permiten a los niños hacer sus propias películas-reales o animadas-, que les permiten agregar bandas sonoras y diálogos a clásicos del cine, me di el gusto de saber que mi pasión por las películas no moriría conmigo.


Creíamos haber disfrutado mucho la visita, creíamos haber sido todo lo felices que era posible ser en ese Museo, cuando al marcharnos descubrimos que aún nos quedaba por vivir una maravilla. Por el precio de la entrada teníamos derecho a ver la película del día.


Ese día la proyección era todo un privilegio. Después de búsquedas eternas en archivos, después de extenuantes esfuerzos de restauración, se exhibía ese día en el Museo, por primera vez después de setenta años, la película que había cambiado la historia del cine, el abigarrado experimento que había alentado a los grandes estudios a invertir en la producción de cine a color.


El título sonaba como una tierna melodía de la infancia: "La cucaracha". Mis nietos entraron a la sala entusiasmado, recordando las versiones que conocían de la canción. Entonces empezó ese milagro de veinte minutos donde la gente se ponía roja de la rabia o verde de la envidia, ese estruendo de trajes, esa fiesta donde tres de cada diez palabras eran en español.


"La cucaracha" es una rara mezcla de drama, comedia y musical. Pasa de todo en veinte minutos. Mis nietos estaban felices y se miraban incrédulos cuando descubrieron que la versión de la canción a la que se refería la película era la que terminaba con "Marihuana que fumar". Yo sentí un raro orgullo al comprobar que el color había llegado al cine con la cultura hispanoamericana, que había sido nuestra cultura popular la que había abierto las puertas del arco iris.


Pero esa no fue la mayor satisfacción de aquella noche. Cuando salimos del teatro, traté de explicarles a mis nietos el raro privilegio que acabábamos de tener. Traté de hacerles entender que ellos dos eran las personas más jóvenes del mundo entero que habían visto esa película, después de tanto tiempo, y que algún día podrían hablarles a sus nietos de ese día. Y, a juzgar por sus sonrisas pensativas, creo que me entendieron.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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