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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
noviembre 2/2007


Novela finalista del Premio Herralde de Novela 2007


El origen del mundo (sinopsis)

El origen del mundo es la historia de un hombre que encuentra su placer en ver mujeres escribiendo. Magnífico Delgado enseña español en los Estados Unidos y eso lo hace sentir como el abanderado de una lengua de inconformes. Magnífico no puede evitar enamorarse de sus alumnas, especialmente cuando escriben. Tampoco puede evitar imaginarse "sus rostros verdaderos", ese paisaje íntimo que Gustave Courbet retrató, como nadie lo había hecho, en la pintura que da título a este libro. Pero enseñar no es lo más importante en la vida de Magnífico. Vivir tampoco importa. Su aspiración es escribir un libro libre de él, una obra que lo eleve por encima del simple patetismo de su vida. La poesía, el amor y sus secretas fantasías lo redimen y alimentan su tarea creativa. El cuadro de Courbet sirve de fondo a este relato que nos muestra, entre otras cosas, un verano inolvidable en la vida de Magnífico.


El origen del mundo (fragmento)


Por Auriparus Flaviceps (pseudónimo de Wenceslao Triana), Colombia


Lo descubrió por accidente, un día en que jugaba a las peleas, y lo primero que pensó era que estaba enfermo. Se alejó estremecido, buscando soledad, para encontrar que aquello incluía una sustancia misteriosa.


Volvió a sentirlo una noche de fiesta, después de la fiesta, cuando los invitados se marcharon.


Era la primera comunión de su hermana y entre quienes se quedaron a dormir, para ayudar al día siguiente a organizar la casa, estaba la secretaria de su padre. Su nombre era Luz. Era casi una niña cuando había empezado a trabajar con su padre. Delgado solía ir a la oficina, los sábados en las mañanas, para ayudar, para aceptar la invitación de su padre a que apreciara el valor del trabajo. Pero como su padre rara vez estaba allí, pasaba aquel tiempo hablando con ella de todo y de nada.


Le encantaban sus labios enormes, también la manera de inclinarse a buscar en los archivos, pero nunca se atrevió a insinuarle algo. Lo cierto es que no tenía idea de lo que podría haberle insinuado. Sentía una urgencia de acercarse a tocarla, pero no sabía qué más podría hacer. Entonces ignoraba que ella y su padre eran amantes, sólo vino a saberlo después de la tragedia, cuando tuvo todo el tiempo del mundo para leer las cartas firmadas con las huellas de los labios.


La noche de la fiesta, Luz había bebido unos tragos de más y se quedó charlando y riendo hasta tarde con sus primas y su hermana. Él se había ido a dormir cuando los últimos invitados se marcharon. Estaba agotado de tantas impresiones, de tantas emociones y personas, de ser él mismo tantas personas distintas. Se quedó dormido pronto, pero volvió a despertar al poco rato. Trató de escuchar lo que hablaban, pero sólo eran distinguibles las carcajadas. Volvió a quedarse dormido.


Al despertar otra vez, seguía siendo de noche y todo era silencio. Entonces vio la silueta junto a su cama. "¿Me dejas dormir contigo?" Magnífico fue incapaz de modular, pero se movió hacia el borde opuesto de la cama. La mujer se metió bajo las cobijas y se acomodó muy cerca, sin llegar a tocarlo. Yacían de lado, frente a frente, se miraron. "Sólo podía pensar en ti, en ese sofá", dijo ella y soltó una risa nasal. Magnífico se apresuró a sorber ese aliento alicorado, a preguntarse si podría, si debía, si estaba autorizado a besarla. Tardaría casi el doble de sus años para entender la belleza de ese instante. Sintió junto a su pecho el calor de esos pechos que tampoco lo tocaban. Sintió junto a su sexo la oscura tibieza de la nada. Pensó por mucho tiempo que había sido sólo miedo lo que sintió aquella noche, como si su cuerpo todo llorara sin consuelo. Nunca más regresó a la oficina de su padre.


Tenía quince años y lo ignoraba casi todo. Cuando niño vivió intrigado por saber lo que tenían las mujeres detrás de los calzones. Si una mujer llegaba a visitar a su madre, él se hacía invisible, se ponía a jugar, muy juicioso, con carritos en el suelo, y esperaba con paciencia de entomólogo a que se sentaran en la mesa del comedor para escurrirse hasta las sombras, para atisbar el misterio.


Cuando tenía doce años, durante un recreo, supo por fin lo que había -o al menos tuvo una idea que lo confundió aun más. Un compañero de escuela les mostró el recorte de revista que llevaba en su billetera. Todos se apretujaron para ver. A Delgado ese interés le parecía indecoroso, no le gustaba que los otros fueran testigos de su curiosidad. Pero nadie miraba a nadie, todos dirigían los ojos aterrados hacia esa criatura que la mujer desplegaba sin reservas. "Miren", dijo uno, "lo cerca del culo que está". Delgado tomó aire, se levantó por sobre hombros y cabezas decidido a mirar. "Qué gallo tan grande", dijo otro. "Parece cantar". Delgado sólo pudo soportar esa visión por un instante y se alejó del tumulto. Deseó que el recreo terminara pronto, que ese día de clases fuera cosa del pasado, para poder estar a solas y pensar. Pero, cuando finalmente pudo encerrarse en su cuarto, había olvidado por completo los detalles, e incluso los aspectos generales, de aquella siniestrísima visión.


Ignoró por mucho tiempo que existía una cosa llamada masturbación y, cuando pudo enterarse, tardó todavía varios meses para entender y aplicar el mecanismo. Nunca se sintió con la confianza necesaria para preguntarle a un compañero cómo se hacía. Se limitaba a escuchar los testimonios entusiasmados de los viajeros y a ocultar la secreta humillación que le producían las historias de los que decían ya haber tenido sexo con amigas, con mujeres mayores y empleadas domésticas.


Intentó varias veces por su cuenta, había conjeturado que la mano se movía de cierto modo, pero sólo consiguió sentir dolor e irritación. Mucho después, después incluso de aquella noche con Luz en la oscuridad, pudo ver una película en casa de un amigo (otra vez, todos miraban con fascinación y con terror; otra vez, nadie juzgaba la inexperiencia de los demás) y entender que ciertos pliegues cumplían una función.


Dedicó mucho tiempo a perfeccionar aquel arte. Pasó tardes enteras en el baño y en su cuarto, calculando trayectorias, probando resistencias, llegando hasta los límites, como un místico entregado a la oración.

Pronto supo que esa búsqueda necesitaba apoyarse en imágenes para poder proseguir. No bastaba con robarse el escote de la bibliotecaria o las nalgas de la directora de disciplina. Ya entonces era uno más que circulaba por las calles, que salía de su casa sin dar explicaciones, que podía ir a lugares dónde era poco probable que alguien lo conociera, para comprar las revistas necesarias. Tenía entonces tiempo de sobra para mirar muchos sexos de mujeres, para establecer constantes, para notar variedades. Aprendió inglés leyendo los relatos eróticos, las cartas de seres que vivían en un mundo en el que las mujeres siempre estaban deseosas, dispuestas a acostarse a toda hora, ávidas de beber líquidos seminales.


Años después, mucho después de regresar de la muerte, Delgado pensó escribir una versión contemporánea del Quijote donde la locura de Quijano se debiera a la lectura de relatos pornográficos. Pero comprendió que una empresa como ésa se salía de sus manos.


Con el tiempo, sus estudios sobre el sexo empezaron a alejarlo de la realidad. Quijano mismo -digo, Delgado- se preguntaba qué utilidad podía tener saber tanto sobre sexo, sobre la manera y la intensidad de las caricias, sobre las funciones y el lenguaje de los cuerpos y el deseo, si apenas era capaz de dirigirle la palabra a una muchacha: las amigas de su hermana eran tan niñas y las chicas que se cruzaban en su camino eran tan pocas y se parecían tan poco a las mujeres de las revistas. Le atribuía su timidez al hecho de haber estudiado en un colegio de hombres. En los poquísimos bailes, llegó a hacer el esfuerzo para seguir el ritmo con torpeza, para tocar la mano y la cintura de su pareja sin que se le notaran la ansiedad y la impaciencia; pero nunca llegó a tener una conversación cercana a la naturalidad y jamás, en aquel tiempo, llegó a encontrar una mujer dispuesta a tener sexo.


Entonces llegó a la conclusión de que tendría que pagar por la experiencia. Poco más había ocurrido en varios años: el olor de unas braguitas sin lavar, una mano sigilosa que se había deslizado hasta un pubis agreste y se había regodeado en la aspereza, poco antes de escapar con la ilusión de haber llegado lo más lejos que era posible llegar.


Estuvo varios meses planeando la ocasión, imaginando eventualidades y variantes, confiriéndole estatura de ritual. Pero no llevaba ni un minuto sumergido en ese sexo que no podía ver y penetrar al mismo tiempo, no había llegado a convencerse de la trascendencia del evento, cuando la mujer dejó de mascar su chicle para decirle: "Apúrese, mijito, que no hay tiempo". Todo fue tan irreal, tan fugaz, tan decepcionante, que se olvidó de su obsesión y se hundió de cabeza en los estudios literarios.


Su tendencia a la soledad lo había acorralado desde niño contra los estantes de los libros. Allí encontró consuelo y compañía. Muy temprano trató de escribir, en las últimas páginas de su cuaderno de español, una versión de tres páginas de El conde de Montecristo. A los catorce escribió un cuento que mandó a un concurso juvenil. Así tuvo su primera experiencia como artista incomprendido. Sólo a los diecisiete empezó a escribir cuentos en forma compulsiva, uno detrás de otro, cinco o seis en las noches más frenéticas.


Antes de la tragedia, volvió a comprar sexo un par de veces, pero las experiencias no fueron mucho mejores. La frustración, sin embargo, cada vez le hacía menos mella. Si la realidad era tan pobre, eso era problema de ella. Muchas veces fantaseó con la idea de que sería un escritor lleno de fama y que montones de mujeres harían fila para acostarse con él, sin prisa, con tiempo, rebosantes de amor, hechizadas con la magia de sus palabras. Le encantaba la historia de Buda encerrado en un palacio con once mil mujeres. Así empezó su interés en los estudios orientales.


Era ya un estudioso dedicado, un aprendiz disciplinado del arte de escribir, cuando sus padres y su hermana fueron asesinados. Estaban en un centro comercial, un carro bomba hizo bum, y colorín colorado.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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enero 26/2007


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