Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
octubre 12/2007
Pablo y Virginia
Dicen que la vida imita al arte. Abundan los hechos que parecen copiados de las obras literarias. Hace poco descubrí que Colombia fue escenario de uno de esos misteriosos plagios. Dos personas muy famosas representaron sin saberlo el argumento de una novela escrita dos siglos antes y hasta los nombres eran iguales.
"Pablo y Virginia" (1787) fue la novela más exitosa del escritor francés Jacques-Henri Bernardin de San Pierre. Nutrida por el romanticismo, la novela contaba la historia de una pareja de enamorados que crecieron juntos en una isla tropical y que se amaron como pocos, hasta que la sociedad y la tragedia acabaron con su dicha. Pablo y Virginia eran modelos de una sociedad justa y armónica. Aunque tenían esclavos, les daban un trato lleno de consideración. Eran la personificación de las mejores virtudes de los seres humanos.
Doscientos años más tarde, al sur de aquella isla, hubo también una pareja compuesta por un Pablo y una Virginia. Pablo era la personificación del primer mandamiento de la raza antioqueña: "Consiga plata, mijo", y acató ese mandamiento como nadie. Virginia era hermosa y acató como pudo el segundo mandamiento: "Consiga marido con plata, mija".
Como sus predecesores literarios, el Pablo y la Virginia contemporáneos también eran generosos -daban a los pobres las casas y las canchas que los otros esclavistas no les daban- y eran modelos de una sociedad más próspera. Todo el mundo los admiraba, en público o en secreto. Todos tenían que ver con ellos. Pero ocurrió la tragedia. Pablo murió asesinado, Virginia cayó en desgracia.
He recordado la historia de Pablo y de Virginia a raíz de las declaraciones que ha hecho Virginia Vallejo, en un libro, sobre la admiración que Pablo Escobar tenía por Álvaro Uribe y sobre los servicios que, al parecer, el futuro presidente le prestó a la prosperidad del narcotráfico.
Todos sabemos que Uribe tiene muchos enemigos, pero pocos sabíamos que él mismo era uno de esos enemigos. Al aclarar que no fue amigo de Escobar, Uribe ha hecho una de las defensas más pobres de que se tenga memoria. Es probable que Pablo nunca haya tenido verdaderos amigos. Ser admirado por alguien a quien muchos admiraban tampoco es algo que pueda ser reprochable. Uno no puede escoger sus admiradores. La única falta que las revelaciones le atribuyen al presidente es que no se le ocurrió pensar que la bonanza de aeropuertos y aeronaves que pasó por su escritorio -cuando era director de la Aerocivil- no era el resultado de un súbito interés de los campesinos por dedicarse al turismo.
Con el resurgimiento de la historia de Pablo y de Virginia, Uribe tuvo una oportunidad inmejorable de poner sobre la mesa los complejos dilemas éticos en que todos nos hemos visto metidos con el narcotráfico. Pero prefirió sumarse a las masas que ahora rechazan unánimes lo que un día celebraron.
Lo bueno para Uribe es que ni él mismo es capaz de derrumbarse. Los principios tutelares de la patria: "conseguir plata" y "poseerlo todo" están allí para protegerlo, hasta de sus propias ganas de salir corriendo.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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