Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
septiembre 28/2007
El mundo puede caerse
A veces me siento culpable cuando escribo sobre cosas distintas a los problemas urgentes de nuestra sociedad. Desde que visité Cartagena, hace un par de meses, he estado con la idea de escribir una columna titulada "Cada vez más ajena", donde derramaría la pena que me dejó ese viaje, la sensación de que la ciudad se ha convertido en un antro repleto de bajeza, donde impera la ley del "sálvese quien pueda" y donde sólo se salvan los que han aprendido las mañas más feas y las formas más cínicas de abusar. Pero me he alejado de mi intención de escribir esa columna y creo que ya nunca voy a hacerla.
Ahora siento que debería decir algo sobre las conversaciones en la catedral, sobre esa turbamulta indecorosa donde la clase política de la ciudad -bajo la mirada de un Cristo que estuvo a punto de bajarse y expulsarlos del templo- desplegó las razones por las cuáles Cartagena de Ávidos está como está.
Pero la verdad es que no me nace ahora hablar de esos asuntos. Sinceramente no se me ocurre una solución a nuestros problemas, que no sea un cataclismo universal. Un diluvio como el que le tocó a Noé, enrumbaría a la ciudad y al mundo en direcciones más propicias.
Ignoro cómo hace Dios para recibir sugerencias. Lo único que sé es que si uno quiere hacer que se ría sólo tiene que contarle sus planes. Pero estoy dispuesto a asumir la tarea de recoger animales en parejitas, ponerlos en una embarcación a prueba de diluvios y esperar a que pase la limpieza general.
Como tampoco se trata de que se acabe la especie humana, haría provisiones para que me acompañara una mujer excepcional. Lo curioso es que ahora mismo no tengo que pensarlo demasiado, no tengo que romperme la cabeza para saber quién es esa mujer. Estuve con ella el lunes pasado, respiramos el mismo aire, todo yo llegué a ser parte de las vibraciones de su voz. Hicimos el amor.
La madre de la nueva humanidad se llama Björk.
Sí, mis queridos dos o tres, me siento culpable pero la culpa dura poco. El destierro tiene sus ventajas y una de ellas ha sido la ventaja inmensa de ver esta semana, en el Madison Square Garden, a la mujer más mujer que hay ahora mismo en esta tierra, verla moverse como niña de tres años, gozando desde el alma -porque tiene y es inmensa- el milagro de la música, el milagro de la vida.
Hace años decía en una de estas columnas que Björk tenía voz de ángel. Ahora mismo, cuando escribo, siento todavía en todas partes las profundas emociones que ha dejado ese mi encuentro con el ángel.
Pero siento también que la vejez me está volviendo vago. El señor fríjol hizo una película excepcional, pero no supe transmitir la excepcionalidad. Björk es más tesa que la Virgen María y me temo que no sabré explicar por qué. En ambos casos, pero en especial en el último, he incurrido en el error de poner en palabras algo que yo mismo no he podido digerir.
Olviden lo del diluvio, hay mucha gente que merece ser salvada. Olviden incluso lo que les dije de Björk, como la nueva madre de la humanidad. Sean compasivos y olviden todo lo que va hasta aquí de esta columna.
Lo único que de veras he querido decir es que el lunes pasado fui feliz y que un instante como ése justifica haber vivido.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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