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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
mayo 11/2007


Una maravillosa creación


Hace un par de semanas habíamos dejado a nuestro amigo, el coronel Nicholson, caminando a tropezones pero orgulloso, rumbo a una multitud alegre de soldados cuya dignidad había salvado con su actitud adamante.


Para quienes recién llegan a nuestra transmisión, me permito informarles que hablamos de "El puente sobre el río Kwai", porque ya casi no se cuentan historias como ésa y mi vida ahora transcurre entre películas viejas.


Dediqué casi toda aquella columna a hablar del coronel Nicholson porque es una de las figuras centrales de la historia y porque el actor detrás del personaje se da el lujo de darnos una colección de momentos memorables.


Nicholson y sus hombres habían llegado a un campo de prisioneros de guerra donde no se respetaba a nadie y donde la crueldad llenaba tumbas como en cualquier Colombia. La crueldad tenía un nombre, el coronel Saito, quien había decidido encerrar a Nicholson en el horno, una caja de latas de zinc bajo el sol inclemente de Sri Lanka (Burma, en la historia), para reducir su grupo de soldados a la condición de esclavos. Su objetivo era ponerlos al servicio de los ingenieros japoneses encargados de la construcción de un puente de gran importancia estratégica.


Pero Nicholson impuso sus condiciones. Resistió el encierro, el calor, la tortura, la amenaza de fusilarlos a todos y de dejar sin medicinas el hospital, y al final logró convencer a Saito de que la única forma de que el puente se construyera sería permitiendo que los soldados británicos estuvieran bajo las órdenes de sus propios oficiales.


Cuando Saito termina por ceder y Nicholson se reune con sus soldados, uno tiene la tentación de pensar que los temas de esta épica son la importancia de defender los propios principios a toda costa y el valor de estar unidos como grupo frente a las fuerzas que intentan despojarnos de nuestra dignidad.


Nicholson ha tenido algunas actitudes que tal vez son excesivas: un comentario racista -cuando dice que sus soldados no serán tratados como coolies, la casta baja de los hindúes-, una quizá excesiva terquedad -al no ceder ni cuando todos sus oficiales están a punto de ser fusilados-, pero el resultado de su actitud borra esas minucias y lo erige como un héroe.


A partir de ese momento, Saito se convierte en una sombra, llora a solas por la humillación, se deja manejar por Nicholson como un títere y esta a punto de cometer Sepuku, el suicidio ritual de los japoneses.


Nicholson, mientras tanto, se asesora con los ingenieros de su tropa, organiza los turnos de trabajo, restituye la mística en su grupo y se propone hacer un puente que perdurará por siglos. "La gente recordará que fue un puente construido por británicos y sentirá orgullo por eso", decía Nicholson. Un día la guerra terminará y miles de personas se beneficiarán con este puente". La figura de Nicholson se vuelve monumental, mientras el médico del campamento le advierte tímidamente que ese gesto podría tomarse como colaboración con el enemigo.


La historia tiene otro personaje que también es importante, Shears, el americano individualista que sólo piensa en escapar. Shears ve con desconfianza tanto despliegue de heroísmo y aprovecha la primera oportunidad que encuentra para emprender un viaje, por ríos y selvas, al que nadie antes ha sobrevivido.


Cuando el puente está terminado, con un esfuerzo extremo de los soldados, ocurre un encuentro memorable entre Nicholson y Saito. Es un atardecer de colores encendidos en medio de las montañas de Lanka. Nicholson está acodado en la baranda del puente, embriagado de un orgullo que ya es soberbia. Ese día ha puesto una placa que dice que los soldados británicos lo construyeron. Se siente un héroe de proporciones homéricas.


Saito camina por el puente a sus espaldas y dice:

"Qué creación tan maravillosa."


Sin dejar de mirar el agua, Nicholson responde:

"Sí, es maravillosa. Fue un esfuerzo muy grande pero lo logramos".


Lo que Nicholson ignora es que Saito no está mirando el puente sino las montañas de los alrededores, que la creación que está admirando no es la de los hombres que se creen dioses. Justo en ese momento salimos de uno de los muchos errores a los que nos induce esta historia. Nicholson se ha perdido en su propio orgullo. El hombre que al principio era el más cruel resulta más sensible a la grandeza de Dios.


Nicholson sigue elogiando la tarea y en un momento de exaltación deja caer su bastón de mando al río, pero la misma embriaguez del triunfo no lo deja leer ese signo. Así empieza el final de la película.


No quisiera entrar en demasiados detalles, por si algún día se animan a ver esa película. Pero es inevitable decirles que Shears, después de escapar, termina siendo el guía de un comando británico encargado de ir a destruir el puente.


La ironía es clara. Los británicos van a destruir lo que construyeron los británicos. Después de colocar los explosivos, los británicos encargados de la destrucción deben esperar a que terminen los desfiles en el puente de los británicos encargados de la construcción. Ninguno de los dos grupos conoce las intenciones del otro.


Cuando Nicholson invita al médico a unirse a las celebraciones, éste prefiere quedarse al margen y verlo todo desde las montañas.


El final de esta historia afloja quijadas. En unos pocos minutos ocurren montones de cosas, quizá la más irónica de todas es que Nicholson cae muerto sobre el artefacto que activa los explosivos, provocando la destrucción de su puente destinado a ser milenario.


Sólo al final, en medio de un reguero de cadáveres, entre el humo de las explosiones y los restos de una locomotora japonesa, en medio de la destrucción humana y la exhuberancia de la creación divina, descubrimos finalmente la perspectiva de la historia.


Aterrorizado y lleno de desconsuelo, Clipton, el médico, camina repitiendo la palabra "madness", locura, la palabra impotente que repiten los sensatos en medio de los paisajes de la muerte.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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