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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
mayo 04/2007


Un hombre iluminado


Hace cerca de un año visité Cartagena de manera apresurada. Mi dispersa atención no podía aferrarse a todo lo que ocurría: el calor y los ruidos, las sonrisas y el agua, los recuerdos y emociones que intentaban formarse pero se diluían con la prisa.


Sólo cuando regresé al rincon donde ahora transcurre mi vida, pude mirar hacia atrás y vivir, por fin, aquellos pocos días llenos de intensidad.


Ampliar fotoPero el País del Sueño impuso sus propias exigencias, nuevos hechos pidieron atención, y algunas de las cosas ocurridas en el viaje quedaron aplazadas para pensarlas luego o, probablemente, nunca.


Esta semana recordé de repente un encuentro que tuve durante ese viaje. No he querido preguntarme demasiado por qué había evitado ese recuerdo. Las razones ahora me parecen muy obvias.


Ocurrió durante una visita que hice a las instalaciones de El Universal. Tal vez algunos de mis dos o tres lectores recuerden que buena parte de mi vida como columnista transcurrió en ese diario. Por casi diez años publiqué allí mis boberías. Durante aquel tiempo, tambien, llegué a entablar algunos vínculos profundos, capaces de durar toda la vida.


Volver a El Universal es casi siempre, para mí, disfrutar de una rara popularidad. Dudo que haya otro lugar de la tierra donde yo sea tan conocido. Desde que llego a las porterías estoy repartiendo saludos y sonrisas, regalando síntesis de los últimos años de mi vida, preguntando por las vidas y familias de aquellos que me saludan.


Cuando quiero imaginar lo que sienten García Márquez o alguna estrella deportiva, pienso en lo que me ocurre durante mis visitas a El Universal y lo multiplico por tres millones. En esas estaba, recorriendo el lugar de la tierra donde soy celebridad, tratando de no ofender a nadie ignorándolo, demostrando con mi afabilidad que el País del Sueño no me ha cambiado, cuando me encontré con Eduardo Herrán.


Con Herrán las cosas eran distintas. Por un lado, la alegría de verlo tenía razones especiales: era una de las personas que yo más quería en ese lugar, durante meses había seguido desde la distancia los pormenores de su lucha contra el cáncer y el balance, al momento de verlo, era bastante positivo. Por otro lado, con Herrán no funcionaban las sonrisitas de vedette, su mirada sonriente penetraba las máscaras, veía directo en el alma de la gente.


"Maestro", le dije. "¿Todavía se le sigue disparando la cámara?"


Eran mis expresiones favoritas para saludarlo. Lo de maestro surgió desde las primeras veces que tuve contacto con su arte. Bastaba ver algunas de sus fotos para saber que Eduardo Herrán no era un reportero común, hasta sus fotos más simples tenía una dimensión que ahora se me ocurre llamar mística. Donde otros veían y mostraban un problema social o un evento deportivo, él captaba la aventura del hombre sobre la tierra, nuestros avatares de criaturas perdidas en la inmensidad.


Como siempre he sido un fotógrafo aficionado, muchas veces hablé con él sobre el arte de hacer fotografías. Me sentaba con él a mirar sus trabajos, esos proyectos secretos y de largo aliento que él sentía llamados a perdurar. Ahora que lo pienso, muy pocas veces hablamos de detalles técnicos, nos limitábamos a mirar en silencio, él con orgullo y yo con reverencia, esas fotografías que decían más que cien mil palabras.


No recuerdo cuándo empecé a bromear con él diciéndole que era muy afortunado, porque la cámara se le disparaba en el momento preciso para captar lo extraordinario. Al principio él pareció no entender el chiste y su orgullo de artista se sentía ofendido. Pero pronto comprendió que era mi manera de admirar la rara perfección de su trabajo.


Todos los que trabajaron con él pueden dar testimonio de la dulzura de su carácter -no recuerdo haberlo visto nunca enojado-, su voz fue siempre serena y se movía por el mundo con una sonrisa pícara que entendía los absurdos de la vida. Yo puedo dar testimonio de que era un artista inmenso que sabía el valor verdadero de su arte, la prueba estaba en la indignación que se dibujaba en su sonrisa cuando yo le atribuía al azar la dimensión sobrenatural de lo que hacía.


Aquel día de hace un año volvimos a hacer lo mismo. Fuimos a la oficina de los fotógrafos y le pedí que me mostrara sus últimos trabajos. Vi con arrobo la negra silueta de una paloma blanca en medio de una arquitectura solitaria, vi a unos niños flotando como ángeles en medio de la luz, vi la serie de autorretratos con los que Eduardo iba siguiendo la evolución de un cuerpo que, al mismo tiempo, lo traicionaba y le revelaba las profundas dimensiones de la vida. No recuerdo haber sido capaz de comentar sobre el nuevo rumbo que estaba tomando su arte. Había un cambio en su obra que sólo ahora he podido comprender.


Esta semana, cuando salió en el periódico la noticia de su muerte, tuve oportunidad de ver una de sus últimas imágenes: un raro paisaje marino al atardecer, un horizonte casi monocromático que podría pasar desapercibido si no se mirara con verdadera atención.


Era una extraña foto a color que renunciaba a los engaños ilusorios del color, era un lienzo de tonos pastel donde se veían por igual unas gotas elevadas por la rompiente y el horizonte inmenso del mar, era también un paisaje de ese otro mar inmenso que se extiende sobre nuestras cabezas, era lo minúsculo y lo inmenso condensado: la pequeñez de nuestras vidas y la enormidad del universo.


Mirando aquella imagen pude al fin comprender que Eduardo era consciente de que cada disparo de su cámara era una despedida. Supe que aquellos meses que fueron tan difíciles para él y su familia, fueron también una oportunidad para explorar en los profundos misterios de la existencia. Perdido en esa minuciosa inmensidad pude saber que la inminencia de la muerte elevó su arte a dimensiones que aun nos cuesta comprender. Ahí están el dolor y la paz de la partida. El desapego sereno del artista que ha cumplido su tarea con la mezcla de humildad y atrevimiento de los que saben que son parte de un milagro.


Navegando en esas olas que quiero seguir viendo, que pondré en una pared de mi casa para que me acompañe la mirada de mi amigo, sentí la gratitud de haber podido conocer a un raro monje que solía sonreír como los budas serenos y que había decidido ser fotógrafo porque su propio destino era el de ser iluminado y darle luz a quienes fuimos bendecidos con el don de conocerlo.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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