Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
enero 12/2007
Matando muerte en vida la has trocado
Oh cautiverio suave
Oh regalada llaga
Oh mano blanda, oh toque delicado
Que a vida eterna sabe
Y toda deuda paga
Matando muerte en vida la has trocado
En la poesía, las palabras nos regalan todos sus jugos, traen con ellas siglos de significados y acepciones, posibilidades cercanas y remotas, sonoridades misteriosas. El poema completo es la suma de todas esas posibilidades, pero agotarlas puede tomar toda la vida.
Uno podría quedarse varios meses hablando de la primera estrofa de "Llama de amor viva". De hecho no he dejado de volver a ella desde la tarde en que la memoricé. Uno podría señalar en ella, por ejemplo, la curiosa capacidad que tiene a veces la poesía para hablar de cosas distintas al mismo tiempo, para abrirse como senderos que se bifurcan.
"Llama", por ejemplo, puede ser también un mandato o un pedido. El verso, entonces, se convierte en otra cosa, se asoma entre el fuego una presencia femenina a la que la voz lírica le pide que haga un llamado, pero no cualquier clase de llamado, sino el llamado específico que sale de los labios cuando el amor nos llena de vida.
Pero en algún momento, porque existe una cosa a la que llamamos tiempo, tenemos que viajar hasta la segunda estrofa. Será preciso dejar ese sendero para que otros lo recorran. Aquí ya tenemos tarea suficiente para comprimir los siguientes seis versos en unos cuantos párrafos.
A primera vista, todos podemos sentir con claridad el cautiverio suave del que habla el primer verso. La lógica es la misma de las heridas tiernas. Todos sabemos que el cautiverio y las heridas en general son cosas que a nadie le apetecen. Si alguien nos preguntara: ¿Quieres una herida?, ¿quieres perder tu libertad? No tendríamos que pensarlo demasiado para responder que no y que gracias.
Todos sabemos, sin embargo, que existen cautiverios y heridas que llenan de dicha. Alguien a quien pocos escucharon escribió que la libertad no es la posibilidad de hacer todo lo que nos venga en gana, sino la de elegir a qué o a quién entregarnos. Ser libres es elegir la clase de cautiverio que queremos y creo que no existe en este mundo uno más suave y delicioso que el que se tiene estando en otro ser, siendo con otro ser, presos de su amor y su deseo, sintiendo en nuestra piel su palpitante tiranía.
Podríamos seguir el sendero que nos abre una palabra que yace escondida en cautiverio: cauterio, esa herida de fuego que sana los tejidos, pero tenemos prisa y estamos ya "con ansias en amores inflamados".
A estas alturas del poema no puede sorprendernos la llaga regalada. Este segundo verso de la segunda estrofa recoge las imágenes que hemos ido cosechando: el fuego y las heridas, el dolor fascinante. Este heptasílabo desnudo contiene en su entrega abierta, gratuita, generosa, todas las contradictorias sensaciones del poema.
Después de una imagen como esa uno podría preguntarse qué más puede haber. Uno se dice inquieto: "este monje es demasiado". Entonces ocurre algo extraordinario. Cualquier persona con una vista normal notará que la medida de los versos del poema se alterna de manera regular: después de dos versos de arte menor sigue uno de arte mayor. También es fácil notar que ese tipo de estructura representa el movimiento del deseo: una espera, una contención, que anteceden a una expansión, una liberación. Si uno mira más en detalle puede notar que los versos largos, en especial ese que dice: "oh mano blanda, oh toque delicado", tiene una estructura espasmódica, está lleno de cortes, de campanilleos, de alteraciones… es, para dejarnos de rodeos, la prefiguración del final, del clímax que nos aguarda en la tercera estrofa.
Tampoco debemos ignorar que en este verso hay un aparente sosiego, una disminución de la pasión con que veníamos. Después de los primeros desafueros, de los llamados para que las telas se rompieran, después de cautiverios y heridas regaladas, regresamos de repente a la escena inicial del contacto entre los seres: la mano y la caricia, la sensación sublime y misteriosa de tocar y ser tocados…o mejor, el vértigo supremo de saber que tocar es ser tocados.
Todo el que haya sentido hambre de ternura, sed de contacto, soledad de cuerpo y alma, sabe el poder de estremecer que tiene un toque delicado. La simpleza de esa imagen es sobrenatural. Por eso no nos cuesta creer entender y compartir la idea de que esa caricia única de la que habla el poema tiene sabor a vida eterna y hasta consigue librarnos de nuestras deudas.
La cosa, en principio, parece prosaica. Veníamos lo más de trascendentes, hasta que aquello de lo que habla el poema (y cada vez sabemos menos lo que es) se dedicó a pagar nuestras tarjetas de crédito y a mandarles cheques a nuestros acreedores. Pero es necesario recordar que las deudas que tenemos en la vida sólo se acaban por completo cuando se acaba la vida. La etimología es un arte fascinante y, si uno le pide ayuda, corre a decirnos que la palabra "difunto" justamente significa aquel que no debe nada.
Las prefiguraciones son resonancias previas, y a veces inconscientes, que nos preparan para eventos posteriores. "Llama de amor viva" es un poema lleno de prefiguraciones. Una de las más sutiles es la prefiguración de la muerte al final de este quinto verso, cuando un toque delicado nos deja difuntos, justo antes de que la muerte aparezca en una forma insólita.
Pues sí, señoras y señores, la muerte habita este poema del mismo modo que habita toda la poesía. Estábamos pasando delicioso, jugando con velitas, arrancándonos cascaritas, gimiendo y saboreando eternidades, pero habíamos olvidado una advertencia elemental que nos hacían los mayores: que no hay que jugar con fuego. Leyendo este poema uno corre grandes riesgos de morir consumido por las llamas.
Antes de llegar al último verso quiero hacer una observación general sobre nuestro recorrido. Uno de los rasgos generales del poema es la pugna en busca de la denominación correcta. La voz lírica ha llamado de muchas maneras distintas al ser amado, aquello misterioso a lo que le habla. Le ha dicho "llama", "cautiverio", "llaga", "mano", "toque". Se ha cuidado de no darle un solo género: puede ser hombre o mujer, si queremos darle una dimensión humana. Se ha cuidado de no materializarlo por completo, ni de hacerlo completamente abstracto. Todo este esfuerzo por nombrar es un despliegue sublime de la incapacidad del lenguaje para nombrar. Es difícil seguir mucho más allá en esta consideración, pero es importante tener en cuenta, a estas alturas del poema, que el sujeto del poema, ese que ha hecho todo lo que ha hecho y aun le queda por hacer, es de una complejidad que se escapa a nuestro lenguaje y nuestro entendimiento.
Eso, lo que sea, matando muerte en vida la ha trocado.
La idea general parece clara. Una de las propiedades de "Llama de amor viva" es la de hacernos creer que entendemos todo lo que leemos. Todos conocemos la idea muy antigua de que la muerte significa renovación, que unas cosas mueren para que la vida siga viva. Si todavía seguimos apasionados podemos recordar también que los franceses llaman al orgasmo la "petit morte" (la muerte pequeña), que muchos han comparado esa experiencia con la de la muerte, con la única y "petit" diferencia de que uno puede volver a levantarse después de haber expirado. Algunos instruidos pueden también establecer de inmediato una relación con la tradición mística que dice: "vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero".
Casi todos nuestros saberes sobre la vida son refritos, cosas que otros dijeron, lugares comunes que hemos asimilado sin pensar mucho en ellos. Pero con un poco de esfuerzo es posible recuperar el asombro inicial, el temblor palpitante de las revelaciones, y descubrir que todo lo que llamamos vida no es más que una muerte colorida, una larga inconsciencia en la que hemos sido despojados de la verdadera realidad.
Yendo y viniendo a lo largo del último verso de la segunda estrofa, pasando los ojos incrédulos por "matando muerte", una de las conjunciones de palabras más audaces y complejas que se han escrito jamás, asistimos a la revelación de que el amor del que aquí se habla no es la gimnasia periódica y muy frecuentemente negociada a la que muchos nos hemos entregado.
Hundidos en la negrura de una muerte asesinada descubrimos, sin embargo, que no estamos por completo excluidos de la dicha. Todas las resonancias que el poema produce en nosotros son como una promesa construida con los múltiples fragmentos de felicidad intensa que hemos ido recogiendo a lo largo de la vida.
Con paciencia suficiente para asomarse al horror de este verso es posible llegar a comprender que la llama de amor vivo demanda sacrificios, para que la muerte lenta a la que llamamos vida ceda el sitio, finalmente, a la vida verdadera.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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