Información

Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
marzo 22/2006


La pelota de letras


Me siento como los malabaristas que tratan de sostener tres o cuatro objetos en el aire. Supongo que algunos de ustedes están esperando que prosiga con la relación de ese viaje que ya empiezo a olvidar. Mientras otros no han llegado a hacerse ilusiones y ni siquiera a tomarse la molestia de leer mis necedades semanales. Imagino que quienes siguen leyendo no encontrarán demasiado censurable que algunas veces me aleje de la relación del viaje para opinar sobre otros asuntos que me resultan más inmediatos e interesantes. Esta semana, por ejemplo, quiero hablar de un objeto curioso que ha llegado a mis manos.


Hace un par de domingos fui con mis nietos a un restaurante en Queens, en busca de comida colombiana. Para los que apenas se enteran de las geografías de ultramar, Queens es uno de los distritos de la ciudad de Nueva York y entre sus características está la presencia de la colonia colombiana más numerosa y compacta en todo el País del Sueño.


Caminar por el sector colombiano de Queens es como trasladarse al país de los colombios: abundan los tricolores, las ofertas gastronómicas regionales, las agencias de viajes y los negocios para envíos de dinero. Como la nacionalidad colombiana se sustenta esencialmente en la comida, la oferta más visible es la de platos que engañan al estómago y le hacen creer que uno ha vuelto al país al que tal vez ya nunca vuelva.


Por todos lados ve uno gente comiendo buñuelos, manjar blanco o empanadas, con rostros derretidos de deleite y de nostalgia. Las bandejas típicas son descomunales, con unas carnes a las que no se les ve el horizonte, con unos fríjoles y chicharrones que parecen estar retando a los comensales.


Bueno, pero no era de la comida de lo que quería hablarles, sino de algo que llegó a mi mesa mientras batallaba con una enorme tajada de plátano.


Como es de suponer, si el sector es colombiano, allí el rebusque también forma parte del paisaje. Por eso no fue de extrañar que un hombre se acercara sigiloso y ofreciera videos y discos piratas, lo más selecto de la música colombiana. Como a mí no hay bambuco ni vallenato que me conmueva, los intentos del hombre por hacer lucrativa mi nostalgia estaban fracasando.

Le pregunté si tenía "Ay que orgulloso me siento de haber escapado de mi patria" y pude ver en sus ojos más decepción que rabia. Entonces, un destello en su mirada me hizo saber que se le había ocurrido algo, como cuando a los dibujos animados se les encienden bombillos encima de la cabeza.


"Tengo la pelota de letras", me dijo y no dijo más nada.


Yo no sabía lo que era la tal pelota, pero confieso que su oferta sin explicaciones despertó mi curiosidad. Le pregunté qué era y me dijo que era el mejor retrato que se había hecho de los colombianos.

Le di un mordisco lento a mi chicharrón, mientras calculaba mi próxima jugada, pero ya tenía claro que el hombre había ganado.


Esa noche me reí durante tres horas seguidas, casi siempre al borde de las lágrimas, viendo ese monólogo en el que un muchacho de agudeza extraordinaria retrata nuestra enfermiza identidad.


Ahí estamos todos reflejados, con nuestros espíritus de esclavos, programados para cortarnos las alas unos a otros, educados desde la cuna para la resignación y la derrota, alienados de la conciencia, de la libertad, del derecho inalienable a decidir nuestras vidas.


Me reí como loco con el retrato que Andrés López -creo que así se llama, escribo ayudado por mi mala memoria- hace de las distintas generaciones de colombianos, cada una jodida a su manera, herida, sometida, al parecer perdida sin remedio. Y mientras reía lo que de verdad sentía era una profunda tristeza.


Después de ver la pelota de letras (he vuelto a verla un par de veces más, cada vez con más tristeza) empecé de repente a ver que en todas partes se hablaba de ella, me enteré de que es uno de los éxitos más grandes en Colombia.


Al principio la idea me pareció fenomenal. Pensé que por fin los colombios llegaríamos a enfrentar nuestros fantasmas, los frustrantes mecanismos de nuestra identidad. Pero después pensé que el éxito es una de las tantas formas de la trivialidad. Que la pelota de letras llegará a ser tan popular que perderá su gracia y pasará de moda y será olvidada.


Cuando eso ocurra, cuando la pelota de letras haya dejado de despertar interés entre los colombios, habremos perdido una oportunidad maravillosa para tratar de ser algo distinto a lo que somos.


Y espero estar vivo cuando eso ocurra para poder decirles: "Se lo dije" o "Hagan lo que se les dé la gana".


email: wenceslaotriana yahoo.com




Reforma tributaria 2007

enero 26/2007


Como todos los fines de año, el Gobierno, prepara un cúmulo de normas financieras, que aplican para el siguiente período, lo cual se traduce en nuevas cargas para los contribuyentes u obligados a reportes contables o fiscales , así , como a los contadores y revisores Fiscales.
Presentamos a través de 6 Boletines la incidencia y efectos en las obligaciones con el Estado y minimizar el impacto de riesgo, por omisión en las aplicaciones por parte de la Empresa
...

Articulo completo...



Columnas de
Wenceslao Triana


15/02 La patria imbécil

8/02 magia del engliñol

1/02 La marcha atrás

25/01 De tetas y poesía

18/01 Feliz Año

Mostrar/Ocultar
Columnas de 2007


Mostrar/Ocultar
Columnas de 2006







REGISTRESE
¿Recuperar contraseña?