Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
marzo 15/2006
La mano dura
Amigos preocupados me preguntan en qué planeta vivo. Cómo es posible que no comente nada sobre las elecciones que acaban de pasar y sobre las que se avecinan. No tengo mucho para decir. Lo que pienso de las farsas electorales lo dije hace años, cuando todavía vivía en el país de los colombios y la propaganda oficial me envolvía y me hacía pensar que eran importantes esas cosas que no son tan importantes.
Hace unos meses habría pensado que Colombia no se le mediría a la reelección, pero el país del sueño me ha demostrado lo contrario. Si aquí fueron capaces de votar por ese señor que se le ríe a todos en la cara, nuestro país no hará otra cosa con quien representa a las mil maravillas el refrán: "Pide y te será dado".
Recuerdo que por años escuché en todos lados decir: "Este país lo que necesita es mano dura". Y mano dura es justamente lo que ha logrado. Una mano que controla medios masivos, que controla ideologías, que se impone y se desliza por todos lados creando la sensación de que hasta puede adivinar lo que estás pensando.
La mano dura es sofisticada. Conoce a la perfección los discursos que constituyen al hipotético "ciudadano ejemplar": trabajo, responsabilidad, disciplina, sentido patriótico, valores tradicionales. Los representa todos ellos porque domina, con refinamiento histriónico, la doble moral que caracteriza la vida política en las ex colonias españolas.
Pero en el terreno ético las cosas no funcionan como en las matemáticas. También un criminal puede ser trabajador (hay delincuentes francamente dedicados a su oficio) y responsable. Es posible asesinar a millones por amor a la patria. Los valores tradicionales pueden ser canalladas legitimadas por el tiempo.
La mano dura dice mentiras y, cuando la descubren, conoce la manera más simple de salir del apuro: "Es cierto, me equivoqué, y de paso miren qué bueno soy reconociendo mis errores".
La mano dura logra lo que por mucho tiempo no lograron los políticos tradicionales: que la gente se sienta representada, defendida, protegida por su gobierno. Ésa es quizá la característica más preocupante de la mano dura, que parezca haber conseguido adormecer la desconfianza natural que los colombios tenían frente a los políticos. Qué muchos ni siquiera se pregunten qué intereses hay detrás (o delante, porque en este caso, como en la carta robada de Poe, no esconder parece ser la mejor forma de ocultar).
Pocos se dan cuenta de que los monstruos contra los que la mano los defiende son creaciones de ella misma. La mano dura se alimenta del miedo, del aire de crisis, de la fabricación de sus adversarios y de estratégicos golpes de opinión en horarios de máxima sintonía.
La mano dura, como cualquier otro opresor, se nutre del miedo de sus oprimidos, de la fascinación, de la adhesión irracional que despierta en todos ellos. Todo buen opresor sabe que la mejor manera de mantener a alguien jodido es haciéndole creer que nos debe favores, que nos debe hasta la vida, que sin nosotros no sería nada, que ni podría ir de paseo los domingos. También evitando que se reconozca a sí mismo como sometido.
Eso es justamente lo que percibo y es por eso que ni me animo a hablar de política (también me da miedo de la mano dura, puede apretar muy duro mis frágiles huesos y de nada me serviría ser saludable si ella decide apretarme el cuello con su dureza). Pero cuando amigos y parientes me piden que aterrice, toca volverse parabólico y hablar de cosas tan viejas como la costumbre de cagar agachados.
Hablar de la mano dura podría dejar la sensación de que no existe esperanza, de que tendremos mano dura para siempre, pero opino lo contrario.
Mientras más dura la mano, menos dura.
Borges decía en un olvidado ensayo, "Nuestro pobre individualismo", que tal vez sea necesario dejar crecer el poder del estado hasta proporciones intolerables, para que la gente sepa que se las puede arreglar con un mínimo de gobierno.
En nuestra situación, lo que habría que hacer es esperar a que la mano dura se llene de vanidad y prepotencia, dejarla que se embriague de poder, dejar que prospere en su pensamiento la idea de que todos sus protegidos son fácilmente engañables.
Después de un tiempo, después de muchos errores y mentiras, es posible que la gente llegue a entender que la realidad está en otro lado, no en esa aburrida película de vaqueros que la mano dura nos está mostrando.
Pero si el cansancio no ayuda, si la torpeza no consigue quitarnos el velo, tal vez lo consigan las lágrimas. Porque a "pide y te será dado", le siguió siempre una apostilla sabia: "son más los que lloran por las plegarias atendidas, que por las ignoradas".
Y llorar mucho cansa mucho y deshidrata.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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