Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
marzo 08/2006
¿Paella o hamburguesa?
He ahí el dilema. La historia parece un capítulo más de las batallas incontables que se libran por esa fantasía llamada capital, dinero, money, mosca: porque no es sino abrir la mano para que salga volando.
España es hoy en día un campo de batalla entre la cultura tradicional de la comida y la producción en serie, de manera industrial, por parte de multinacionales como MacDonalds y Burguer King.
Colombia no ha sido testigo de batallas así por la simple razón de que ir a un Mac Donalds todavía es un lujo (he sabido que a algunos niños los premian o les celebran el cumpleaños llevándolos a un lugar de esos) y el almuerzo corriente sigue costando mucho menos que el menú de papas, hamburguesa y bebida carbonatada.
Pero en España las cosas son a la inversa. Por más que los artesanales paelleros se esfuercen por disminuir ingredientes y enflaquecer precios, siempre quedan por encima de lo que cuestan los menús en las cadenas de comida chatarra. La chatarra parece estar ganando la batalla, al menos en las zonas más turísticas de España.
Basta mirar el local de Mac Donalds justo al frente de la estación de Atocha, ver las filas hasta la calle, para darse cuenta de que es prácticamente imposible competir con ese mecanismo tan bien engrasado.
Y engrasado es una palabra que no podría usarse en un lugar más preciso, porque lo que allí se vende es grasa y azúcar -también hormonas que nadie sabe qué mal producen-, justo las cosas que el cuerpo menos necesita en tiempos de sedentarismo. Por cierto, hace un tiempo vi un documental de un hombre que se dedicó a comer sólo hamburguesas y productos de Mac Donalds y, al poco tiempo, estaba al borde de la muerte. Como es de suponer, documentales como ése rara vez son populares, porque las distribuidoras y los empresarios son como extremidades de un mismo monstruo con varios tentáculos.
Uno podría preguntarse cuál es la razón del éxito de esos mecanismos, pero es posible confundir las consecuencias con las causas. Algo que salta a la vista es la facilidad con que se entregan los pedidos. Uno no ha terminado de decir quiero esto o aquello, cuando ya esto o aquello está listo para ser digerido. La comunicación se ha reducido a convenciones muy elementales y, a veces, con sólo saber decir un número es posible hacer un pedido lleno de complejidad.
La pregunta es: ¿la gente prefiere este tipo de contacto personal porque no le gusta hablar o la gente ha llegado a encontrar innecesario el habla porque existen estos mecanismos? Cualquiera que sea la explicación, el habla siempre sale resentida.
Lo mismo ocurre con la ausencia de espera. Atrás han quedado las largas esperas en los restaurantes que daban pie a la infaltable broma sobre el mesero al que mandaron a pescar, a degollar una vaca o a sembrar una mata de cebolla. La espera, es cierto, podía ser molesta. Pero la gente siempre encontraba la manera de hacer llevaderos y, en ocasiones, fructíferos los minutos: allí se divulgaban secretos, se elaboraban planes, se cambiaban las leyes y los países, se establecían reformas para que los meseros usaran chaleco salvavidas cuando iban a buscarnos los pargos rojos.
La pregunta sería: ¿Desapareció la espera por falta de tiempo o el tiempo desapareció por falta de espera? Cójame ese trompo en la uña.
Lo que se va con las formas tradicionales y artesanales de alimentación no es sólo la salud de la gente (uno de los principales problemas que afronta España hoy en día es el de la obesidad, una plaga cuyo contagio vino desde el País del Sueño), también es la desaparición del contacto humano que acompañaba el acto misterioso de comer, un contacto que era tal vez la parte más nutritiva de todo el ritual.
Hace unos años, cuando me vine a vivir al País del Sueño, uno de los primeros golpes bajos que recibí fue el sabor de la primera hamburguesa que me comí. Sabía a caucho la condenada. Después me he ido acostumbrando a aceptar de vez en cuando esa brea de origen desconocido y a imaginar que tiene sabor a carne.
Pero desde aquel remoto día supe que había locos empeñados en convertirme en uno de esos monstruos insensibles y sin vida, esos pollos de seis alas y ocho patas que ahora mismo están muriendo, sin saber que habían vivido, para que alguien se los coma y los expulse horas más tarde con idéntica ignorancia de la vida.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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