Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
marzo 01/2006
Amargura
Estoy completamente de acuerdo: las generalizaciones son insultantes, los estereotipos niegan la individualidad y se cimentan sobre prejuicios, toda afirmación del tipo: los políticos son unos ladrones, es una generalización insultante (no trataré de determinar quiénes quedan más ofendidos, si los ladrones o los políticos). Pero también es cierto que para efectos de que la comunicación se lleve a cabo –sin que caigamos en la selva espesa de las particularidades y el detalle– algunas impresiones generales resultan saludables.
Creo que este preámbulo resulta suficiente y necesario para dar a entender que lo que me dispongo a hacer aquí es una generalización. Pero antes de entrar en ella quiero dejar algo claro: mi viaje a España –confío en que los lectores recuerden todavía que lo que llevo tratando de hacer desde hace semanas es relatar un viaje– estuvo lleno de experiencias positivas, memorables, de encuentros llenos de sentido, de revelaciones y de hallazgos. Si todo eso no hubiera existido, poco o ningún sentido tendría relatar ese viaje.
Dicho eso, procedo a la generalización.
Si alguien me preguntara cuál fue mi impresión general sobre España y su gente, después de haberla recorrido por cerca de dos meses, respondería que me pareció un país repleto de amargura.
Amargura fue lo que percibí cuando llegué al aeropuerto y mostré mi pasaporte colombiano y empecé a recibir miradas desconfiadas, como si ya hubiera sido declarado culpable y sólo fuera cuestión de tiempo determinar cuál fue mi crimen.
Mientras esperaba a que mi maleta se asomara por la cinta giratoria, pude sentir el escrutinio, las preguntas en el aire: “¿Será narcotraficante? Tal vez podríamos mandar a los perros a que le huelan esa cabeza tan blanca. ¿Vendrá dispuesto a quedarse? Esto se nos está llenando de sudacas. ¿Vendrá como prostituto? Pobrecito el viejito, se va a morir de hambre”.
Eso fue sólo el comienzo, después tuve tiempo para oír las quejas de los españoles comunes por la llegada de tanto inmigrante hispanoamericano, el cansado desprecio con que descalifican los argumentos de los que van llegando: “Con el cuento de que tenemos una deuda histórica con ellos, están viniendo todos a quedarse como si esta fuera su casa”.
Y hasta razón tienen los pobres españoles cuando se quejan de los efectos del bumerang colonial, eso que ahora están viviendo por igual los otros países europeos que se adueñaron de casi todo el mundo; que hasta el mismo Estados Unidos está viviendo, ahora que es un barrio de las afueras de México.
Digo que razón tienen porque España es quizá el ejemplo más patético de un imperio que pudo haber sido, que quizá fue el más grande de todos los tiempos –aquel en donde el sol no se ocultaba– y sin embargo no llegó a disfrutar demasiado de ese poderío desmesurado.
Gran parte de la amargura española radica en el hecho simple de que ya no son lo que eran y fue tan breve lo que fueron que casi ni llegaron a darse cuenta. Todo en España es nostalgia de una grandeza que año tras año es proporcionalmente más pequeña. Porque, si bien es cierto que de América llegaron a la península riquezas incalculables, es un hecho que sólo una parte muy pequeña de esas riquezas se quedó en España, que el resto siguió rumbo a los bancos con los que España había adquirido deudas tambien descomunales.
Así que imagínense el desconcierto de España cuando ve llegar a los sudacas a cobrar por algo que no supo conservar y que tampoco llegó a disfrutar. Es como si a un político –digo, a un ladrón de gallinas– llegara a buscarlo la policía para meterlo a la cárcel, cuando ya otro ladrón le ha robado lo que se robó y está haciendo la siesta por la llenura que le dejó el sancocho. Se amarga cualquiera.
Pero eso no es todo. Hay muchos otros motivos que justifican la amargura de España. Su incapacidad para reconocer que lo mucho que tienen de valioso no es propiamente castellano sino árabe, es otro de ellos. Como bien lo señaló don Américo Castro, el esplendor medieval de la península, y hasta su siglo dorado, fue menos católico y castellano, que judío y árabe, a pesar de inquisiciones y negaciones.
No quiero hablar del eterno complejo de España frente al resto de Europa, porque no es bueno hablar de la soga en casa del ahorcado. Pero si quiero anotar una causa más de la amargura española: el hecho de sentirse los dueños de una lengua que hace mucho dejó de pertenecerles.
Porque lo que se habla en América lo llamamos español por pereza, porque nadie se ha tomado el trabajo de insistir en ponerle otro nombre, a pesar de que dista mucho de ese dialecto golpeado y sin matices al que el contacto con el sufrimiento y la sensibilidad de otros pueblos ha ido sofisticando.
Esa es, tal vez, la mejor explicación de la amargura española: el hecho de que ni siquiera la riqueza de “su” idioma les pertenece. Porque no hay que estar mucho en España para darse cuenta de que lo que allí se habla es deslucido, se acerca con peligro a los ladridos.
Y ahora que recuerdo, ladridos fue justo lo último que escuché cuando abandoné la madrísima patria: los ladridos de la funcionaria que selló mi pasaporte, después de que le recomendé tomar algunas clases de relaciones personales.
A lo mejor con sus gritos me preguntaba por qué me marchaba, por qué no me quedaba para tener a quien odiar, pero no pude entender lo que decía, porque la lengua en la que hablaba era tan muerta como el Latín o el Dálmata.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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