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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
febrero 22/2006


Ronquidos


Tengo la cabeza tan cansada que no sé si logre llegar al final de esta frase. Llegué. Es increíble lo mucho que consigue la persistencia humana. También me pregunto si llegaré hasta el final de este párrafo, pero sólo hay una manera de saberlo.


Volví a llegar. Tantos triunfos empiezan a despertar de nuevo el entusiasmo, a revivir el pensamiento y la obediente diligencia de los dedos. Hasta la memoria parece recobrar su perdido vigor.


Si mal no recuerdo, hace una semana les decía que la historia de mi viaje a España se demoraría un poco, debido a la súbita presencia de un ataque de escritura. Se me había metido en la cabeza una novela y sabía que la única manera de llegar a terminar de escribirla alguna vez era sentándome a escribirla de una vez.


Al principio pensé que la cosa sería fácil, que un esfuerzo aplicado y continuo me llevaría sin tropiezos al final de la empresa en tres o cuatro días, pero no tenía idea del lío en el que me metía. Empecé a tener idea al descubrir que el sueño me abandonaba, que casi no podía comer ni dormir, por la obsesión que tenía con la historia narrada.


Cuando me decía: “Ya está bueno, por hoy. Me voy a dormir”, cuando iba hasta mi cama y me acostaba, empezaban a zumbarme como moscas las ideas que tenía que apurarme a poner en la novela antes de que se me olvidaran. Y entonces me levantaba.


No es de extrañar que en medio de un proceso como ése me hubiera invadido una especie de locura moderada. La única vez que salí a la calle, cuando definitivamente tuve que buscar jugos, pan y huevos, entendí que el esfuerzo continuado y el encierro me tenían mirando el mundo de manera rara. Me pareció extraño que la gente tuviera dos ojos, que moviera como serpientes despelucadas esas rarezas inexplicables que son las manos. Pagué con esos papeles mágicos y corrí a encerrarme, a terminar la novela antes de que ella se adelantara y me acabara.


Acabo de terminarla. Tuve una versión primaria el viernes pasado, pero de inmediato sentí la necesidad de imprimirla y revisarla con ojos de agudeza demencial. El domingo en la mañana ya tenía una versión más depurada. Pero al volver a leer empecé a recordar algunas ideas que se me había olvidado dejar en el papel.


Esta mañana le di la última revisión. Usé el buscador para ver cuáles palabras eran las que más se repetían. Ese proceso fue toda una lección. Aprendí que sentir y sonreír son mis verbos preferidos. Vi también en qué pasajes dormía Homero y traté de despertarlo.


A eso de las dos y treinta de la tarde comprendí que si seguía corrigiéndola podía llegar a arruinarla y supe que era la hora de enviársela al editor. Cuando le hice click a ese mensaje con archivo adjunto sentí de pronto el peso horrible del cansancio acumulado. Sentí que el proceso no sólo había tenido lugar en los últimos días, sino desde años atrás, cuando viví muchas de las historias que al final fueron a dar a mi novela.


Pensé de inmediato en mi columna y me pregunté si podría inventar alguna excusa para no hacerla. Pero tenía la cabeza tan cansada que me resultaba más fácil escribir la columna que inventar la excusa. Así que empecé a escribirla y miren lo lejos que hemos llegado.


Como habrán visto, nada se ha hablado del viaje que me llevó a España. Para no privarlos de información sobre ese trayecto, les diré que fue un viaje incómodo porque cada vez que trataba de dormirme me despertaban los ronquidos del hombre que iba en mi silla. Hay gente a la que no deberían permitirle dormir en público.


Tampoco he opinado sobre política esta semana. A menos que valga como opinión recordar lo que pensaba san Juan de la Cruz sobre las reelecciones de autoridades en los conventos: que no eran buenas porque volvían sumisos con sus superiores a los reelegidos y los llenaban de preferencias con sus subordinados.


Bueno, parece que hasta aquí he llegado, el cráneo me palpita de cansancio. Después de darle click al mensaje que se llevará esta columna me iré a dormir a mi cama. No habrá poder humano, ni siquiera mis ronquidos, capaz de despertarme.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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