Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
enero 05/2007
Oh llama de amor viva
Oh llama de amor viva
Que tiernamente hieres
De mi alma en el más profundo centro
Pues ya no eres esquiva
Acaba ya si quieres
Rompe la tela de este dulce encuentro
Al principio me sobraba distracción. Tenía encima una carga pesada de cosas inútiles: la vanidad del turista refinado que valora lo que otros no pueden valorar, el jolgorio un poco mecánico de aquellos que aprecian el regreso a los juegos de la infancia, la erudición apresurada de quienes creen que conocer un poema es saber de su existencia.
Por eso mi atención fue mediocre cuando leí el primer verso. Ahora puedo asegurar que aquella vez ni siquiera lo leí. Me costó poco trabajo memorizarlo, era uno de los famosos. ¿Quién, que hubiera frecuentado la obra de San Juan de la Cruz, podía ignorar esas cinco palabras, esas primeras siete sílabas poéticas de la lira?
Pasé los ojos por sobre las letras: Oh llama de amor viva, y algo dentro de mí exclamó escéptico y sabihondo: "Sí, claro, es el tópico clásico del fuego como símbolo que expresa la pasión".
Así que no le presté mayor atención y seguí apresurado hacia la segunda línea: que tiernamente hieres. Tampoco fue difícil memorizarla. A primera vista, se trataba de una paradoja simple, de una antítesis, donde la acción de herir estaba acompañada de un adverbio extraño, pero no tan infrecuente. Todo aquel que de niño hubiera disfrutado del dolor de arrancarse costricas de sangre conoce la sensación. Incluso una lectura distraída permitía adivinar que aquel poema apuntaba a emociones iniciales, primarias, a momentos únicos de aquellos que suelen ocurrir en los primeros años de la vida.
Las llamas invitan a recordar los juegos intemporales con las velitas de la virgen. Los rostros teñidos del color que tuvieron en las noches por millones de años. Ese estupor meditabundo con que veíamos fluir las llamas hacia arriba, como cascadas amarillas que se alteraban a veces si movíamos el aire, que ni siquiera nos quemaban si pasábamos las manos por ellas con suficiente rapidez.
Sí, las heridas de esas llamas eran tiernas y no era claro el límite donde empezaba el dolor. Era posible relacionar ese poema de San Juan de la Cruz con experiencias propias, las imágenes me resultaban familiares, parecía posible entenderlo en ese tiempo que restaba para que abrieran la capilla que guardaba sus restos.
Al llegar al tercer verso, el primer endecasílabo, debí recurrir a mi vieja destreza para restituir hipérbatos. El verso en sí mismo es intrincado: De mi alma en el más profundo centro. Pero si se retoman los versos anteriores, la idea parece iluminarse: Oh llama de amor viva que tiernamente hieres en el más profundo centro de mi alma.
Con iluminación y todo, aquí las cosas empiezan a complicarse. Nuestra experiencia con el fuego, nuestros juegos con velitas cuando niños, sólo sirven para proveernos con las imágenes, con los referentes y metáforas corporales del poema. Pero ya la llama no es sólo la llama. La llama es también todo lo que significa y ha significado: la conquista prometeica que iluminó la mañana de la civilización, el poder vital del sol, el primer gran triunfo de la especie humana.
Pero esta llama del poema es mucho más. Es una llama de amor, es una combinación de fuegos de distinta índole. Es la pasión del abrazo, repetida y alentada por la memoria y la imaginación.
Pero además es una llama viva. No es el reseco olor a humo que levantan las cenizas. No es fuego simple y material. Es un fuego consciente que arde a voluntad, es el instante presente de la revelación y del encuentro, es la experiencia de estar vivos en su mayor intensidad.
Se trata también de una llama de proporciones desproporcionadas, es una llama que hiere tiernamente el alma, pero no cualquier parte del alma, sino el centro mismo de ella, y no cualquier centro o cualquier parte del centro, sino el más profundo centro. Es la llama entre las llamas, es el fuego más fuego de todos los fuegos.
Confieso que muy poco de lo que ahora digo lo entendí aquella tarde frente a la placa de mármol donde estaba el poema. Entonces, sólo forcejeaba con mi débil memoria, trataba de rescatar viejos métodos mnemotécnicos, para llevarme conmigo esos veinticuatro versos.
Cualquiera diría que no había prisa, que el poema podía encontrarlo y memorizarlo en otro momento. Pero sentía el apremio de hacerlo durante esa hora. Un entendimiento superior a mi entendimiento me decía que todo lo ocurrido, incluso esa espera frente a la capilla, tenía una razón que yo tal vez jamás comprendería.
Así que seguí con mi tarea, cada vez más gozoso, cada vez más ignorante de la razón para hacerla. A la altura de la segunda parte de la primera estrofa supe que debía tomar los versos en grupos, para atrapar la idea junto a la musicalidad. Había una correspondencia entre los tres primeros versos y los tres últimos de cada estrofa, las rimas eran claras, la extensión era también precisa (dos heptasílabos y un endecasílabo), las aliteraciones se repetían con sutil precisión.
En el cuarto verso se habla de una dificultad ya superada. Yo mismo, mientras me armaba de valor para hablar de este poema y ponía a mis dos o tres lectores a esperar, pensaba en el valor de la espera, en su función necesaria para apreciar el encuentro. Decían los antiguos que sólo quien espera encuentra lo inesperado. Sé también lo intensos que son los abrazos y los besos cuando están antecedidos por un aplazamiento. Nos resulta difícil valorar aquello que nos llega con facilidad, sin hacerse esperar, sin hacerse desear.
La espera está escrita en otros poemas de San Juan de la Cruz, en la Noche oscura, por ejemplo, está la ansiedad, la carrera, y la placidez que sucede al encuentro, pero no está el encuentro. El encuentro está aquí en este poema donde la llama de amor viva, lo que quiera que ella sea, ya no es esquiva, ya no se hace esperar, y hace que su amado o amada le diga, con una pasión que las letras de mármol no pueden enfriar: Acaba ya si quieres, rompe la tela de este dulce encuentro.
A estas alturas del poema, muchos lectores empiezan a inquietarse. Parece intolerable la proximidad que se vislumbra entre la mística y el sexo. Pero la única manera como los niños en materia mística podemos entender lo que sugiere el poema es si nos habla de nuestras experiencias más profundas.
El mundo se ha confabulado para robarnos la intensidad de nuestras experiencias sexuales. Las ha teñido de vergüenza. Las ha sitiado con preceptos. Ha hecho hasta lo imposible para convertirlas en mercancías. Pero por más que se empeñe, aún le queda mucho recorrido para salir airoso en el despojo. Aún hoy, en nuestros días, besar, abrazar, unirse sexualmente con un ser al que se ama, siguen siendo experiencias religiosas.
Acabar, todos lo sabemos, es una de las denominaciones más simples del orgasmo. Romper una tela es una alusión casi directa a la ruptura de la virginidad. Pero no es de la virginidad de lo que aquí se habla, al menos no de la virginidad fisiológica o social. Aquí, el encuentro, el dulce encuentro, ya está ocurriendo. La tela que ha de romperse es otra tela. El orgasmo, como las llamas, es otro tipo de orgasmo.
Al final de la primera estrofa del poema el alma está ardiendo deliciosamente entre las llamas y gime de placer y pide al ser amado que termine, por fin, porque es casi dolor lo que se siente. Perdida en la dulzura y la ternura le suplica que rasgue, que desgarre, que haga trizas cuanto antes la tela que, al mismo tiempo, es y nos separa del encuentro.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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