Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
diciembre 15/2006
El día de no hacer nada
Una tarde de enero no muy fría, cuando empezaba a sentir que mi periplo terminaba, decidí hacerle frente a lo aplazado. Ya los pies empezaban a dolerme de tanto zapateo por ciudades, ya mi cuerpo crujía en las mañanas cuando intentaba levantarlo a seguir devorando paisajes.
Aquel, tal vez, sería el último día tranquilo de mi viaje. Después empezarían las despedidas, las compras, el forcejeo con las maletas para que acogieran todo el equipaje. "No haré nada ese día", pensaba desde una semana antes, y cuando abrí los ojos estaba convencido de que era cierto y justo que dedicara una jornada a la vagancia.
Estaba en Segovia, en esa hermosa superposición de tiempos que unía en un terreno reducido las historias de Hércules, de los Romanos con su acueducto perdurable, los ires y venires de Moros y Castellanos, el alcázar repleto de fantasmas donde Alfonso el Sabio se dedicó a acaudalar sabiduría, la catedral donde Isabel la Católica fue coronada, las calles estrechas, la fortaleza milenaria rodeando la ciudad.
Sólo me faltaba algo que había estado aplazando desde mi llegada a España. Con tanto turismo casi me había hecho a la idea de que otra vez sería, que me quedaría sin visitar la tumba de San Juan de la Cruz, a pesar de que antes del viaje la perspectiva de esa visita era lo que más me había motivado para elegir a Segovia como mi principal lugar de permanencia.
Había decidido consolarme con las reliquias del santo que había visto en Ávila, al lado del dedito de santa Teresa. Pero aquel día, después de comprender que era incapaz de quedarme sin hacer nada, supe por fin que el día de no hacer nada estaba destinado a ser el día de la visita más importante de mi viaje.
Había preguntado a muchos habitantes de Segovia donde estaba la tumba de San Juan de la Cruz y nadie había sabido darme una respuesta útil. "Está por allá", era la respuesta más o menos general, "en una capillita fuera de las murallas de la ciudad, en la carretera que pasa por la universidad". Nadie en Segovia parecía haber visitado la tumba de uno de los tipos más maravillosos que han pisado la tierra. De Isabel la Católica sabían todos, de los romanos compartían especulaciones similares, pero del santo entre los poetas, del poeta entre los santos, nadie sabía nada.
Decidí entonces, aquella tarde, enfrentar lo aplazado y tratar de descifrar un mapa poco comunicativo. Supe entonces que debía descender por una callecita estrecha para salir de los muros de la ciudad, que debía después caminar unos dos kilómetros siguiendo el borde de la carretera, bajo la sombra de la ciudad en la cumbre, con el alcázar allá arriba, como una proa imponente.
No fue difícil llegar a la capillita. Era pequeña, silenciosa, perdida en medio de un terreno quebrado por donde seguramente el santo solía perderse para entregarse a la oración. Era evidente la intención que tuvieron los constructores de crear un contraste con la arquitectura de la ciudad que se erigía allá en la cumbre. Frente a la ostentación arquitectónica del poder, la capillita era como una invitación a la humildad. Hice aquel recorrido hasta la capilla pensando en la demencia exaltada de San Juan. No hacía mucho tiempo había leído la biografía suya que escribió Gerald Brenan y todavía me impresionaba el retrato de esa exacerbación constante que cualquiera habría confundido con la locura.
San Juan de la Cruz fue un hombre pequeño, medía menos de uno cincuenta, cetrino, amigo de la soledad, trabajador y orador infatigable, que muchas veces se vio en problemas con las instituciones eclesiásticas, pero que tuvo también protectores poderosos como santa Teresa.
Para las personas de nuestro tiempo su vida puede parecer cosa de locos si decimos que sólo dormía dos horas cada noche, que se autoflagelaba porque quería sufrir tanto como Cristo sufrió, y que llevó casi toda su vida un par de cilicios, esos atroces cinturones de cuero con agujas que torturan la carne más allá de lo soportable.
Cuando se intenta en nuestro tiempo representar el fanatismo religioso, la autoflagelación es una de las prácticas mostradas (¿vieron "The Da Vinci Code"?). En nuestros tiempos de cheveridad estamos muy lejos de entender las razones de aquellos que hacen cosas como esas. Hacemos otras cosas también de locos, pero no las censuramos por no ser dolorosas (al menos no para nosotros). "Están locos", decimos y nos olvidamos del asunto.
Pero cuando pensamos en el loco del que les hablo, no hay que desligar unas cosas de las otras al afirmar que esa extraña forma de vivir fue la que le dio origen a la poesía más hermosa que se ha escrito en lengua castellana.
Puedo mencionar títulos que tal vez les digan poco a los lectores: "La noche oscura del alma", "Vivo sin vivir en mí", "Llama de amor viva". Probablemente muchos han leídos esos poemas y después se han ocupado de otras cosas.
Yo mismo, lo confieso, no había leído a San Juan de la Cruz con la atención que merecía. Pero esa tarde de enero ocurrió algo que lo cambió todo.
Turista desorientado, llegué a la capillita a la hora de la siesta, cuando estaba cerrada. Según un horario que estaba junto a la puerta, tendría que esperar dos horas para que abrieran de nuevo. Por un momento consideré la idea de regresar a la ciudad, sabiendo que si eso ocurría no tendría el ánimo ni el tiempo para volver a caminar hasta la capilla.
Ya estaba en medio del suspiro con el que me marchaba, cuando descubrí en una pared lateral una placa enorme con un poema de San Juan. Muchas veces lo había leído, muchas veces lo había juzgado genial, más por la tradición, por lo que dicen los críticos, que porque verdaderamente lo hubiera entendido y sentido.
Entonces ocurrió la revelación.
Supe que, como siempre, nada ocurre por cosas del azar. Supe que esas dos horas de espera tenían un propósito en mi vida. Y aunque en ese momento me resultaba imposible entender ese propósito, empecé, sin pereza, con pasión y entusiasmo, a memorizar en cuerpo y alma los veinticuatro versos de un poema que no parecía escrito por unas manos humanas.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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