Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
diciembre 08/2006
La hora del balance
Una de las ventajas del tiempo circular que nos hemos inventado los humanos, para hacer más tolerable la inmensidad del universo, es que la vida nos ofrece momentos especiales que invitan a los balances.
Los fines de semana ayudan a veces a poner un poco de orden en las numerosas servidumbres que la vida acarrea. Uno planea los días venideros en grupos manejables, escribe en agendas o confía a la memoria las tareas urgentes, las cuentas por pagar, las llamadas o compromisos del futuro inmediato. La persistencia de los meses y las fechas también trae rituales periódicos, permite que se cumplan los plazos medianos, evita la sensación de estar dejando la vida regada y olvidada a cada paso.
Pero hay olvidos inevitables estando, como estamos, atentos a cumplir con las obligaciones inmediatas, a responder solícitos los llamados incontables que los días nos hacen. Allí es donde resultan necesarios los finales de año.
Cuando vivía en el país de los colombios era mucho más consciente de la llegada de diciembre. Pasadas las fiestas de noviembre en la ciudad de los crepúsculos, la tibieza del aire parecía traer esencias relajantes, empezaba un período de tomar las cosas con más calma, llegaba la hora de sentirnos familiares, contentos, y de hacer los balances.
Aquí en el País del Sueño me cuesta hacerme a la idea de que ha llegado diciembre. A pesar de que ahora mismo puedo ver por la ventana la nieve todavía novedosa, a pesar de que los alumbrados y adornos navideños están en todas partes, desde el primero de noviembre, me cuesta convencerme de que ha llegado esa época que para mí siempre ha sido la mejor parte del año.
Hoy me tomó por sorpresa el día de las luces. Las temperaturas bajo cero no permiten prosperar la costumbre de las velitas. La virgen aquí no está tan cotizada. Sólo mientras escribo, empiezo a convencerme de que ha llegado el fin, la hora de clausurar un nuevo círculo de tiempo.
Por muchos años tuve la costumbre de escribir al final de cada año un balance de todas las cosas importantes, buenas o malas, que me ocurrieron a lo largo del año. Cuando me vine al País del Sueño perdí la costumbre. Las veces que intenté hacer el balance no pasé de unos simples titulares. Tal vez la extremada vejez tenga que ver con la parquedad del inventario, pero esta vez tengo el deseo de volver a intentarlo.
Sé que cuando uno empieza a recordar, los recuerdos llegan en racimos como las uvas o los plátanos. Sé que, si me lo propongo, puedo llegar a sentir que este año estuvo lleno de regalos. Mi visita a Colombia en el verano me llenó de sonrisas y de abrazos, abonó y remojó la semilla del regreso. Sé que algunos "ataques" de escritura quedarán para siempre unidos a este año como hechos especiales. Este año pasará a formar parte de mi historia personal como el año en que por fin pude liberarme de servidumbres agobiantes. Pero en el fondo sé también que todo lo vivido a lo largo de esta nueva voltereta se resume en un poema.
Alguno de mis dos o tres lectores recordará que a comienzos de este año reanudé esta conversación que había estado interrumpida por casi tres años. Tal vez ese alguno recuerde que cuando empecé me disponía a hablar de un viaje que hice a Europa en diciembre y enero pasado.
Alcancé a hablar un poco de ese viaje, de un encuentro donde nace el acueducto romano de Segovia, de un estremecimiento frente al dedo de una santa, de los cambios en la gastronomía y de atropellos aeroportuarios. Pero nunca llegué a hablar del momento más importante de ese viaje, tal vez porque nunca me sentí con la claridad y la disposición necesarias para abordar esos instantes.
Ahora siento que es la hora de cumplir con lo pospuesto. He llegado a pensar que esta vida que he vivido fue tan larga porque habría sido incompleta si una tarde de enero no me hubiera encontrado ese poema, si no hubiera vivido todo el año envuelto en el influjo de sus versos.
Algunos pensarán: "¿Por qué no dice cuál poema?, y salimos del asunto".
Pero este es un asunto del que jamás se sale y apurar un poema es tan injusto como apurar un beso o un abrazo.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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