Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
diciembre 01/2006
De Goya y de Van Gogh
La cosa me pareció rara desde el principio. Sé que la extrañeza se apoyaba en un prejuicio, pero me costaba creer que en el País del Sueño hubiera gente con el gusto y el espíritu criminal necesarios para planear y ejecutar el robo de una pintura de Goya.
Mi primer impulso fue el de pensar que ese golpe tan artístico debía tener orígenes europeos, dónde era más probable imaginar extravagantes millonarios dispuestos a pagar una fortuna por un cuadro que jamás podrían mostrar más allá de un círculo estrecho.
Cuando un crimen así ocurre, lo confieso, mi ambigüedad es alarmante: son igualmente intensos mi rechazo y la admiración que siento por rufianes tan refinados.
La única emoción pura y clara que tenía frente a esa noticia era el desconcierto cada vez que pensaba que el robo, en efecto, pudo haber sido ejecutado por gente de aquí del País del Sueño. Siempre he pensado que si hay cosas que no le interesan a la gente de aquí, son aquellas que de verdad tienen valor. Por eso me extrañó tanto saber que se habían robado ese cuadro en el que unos niños muy españoles y majos jugaban con una carreta proporcional a su tamaño.
Pensaba escribir sobre esa sensación de desconcierto, cuando conocí otra noticia que devolvió todo a la normalidad: el cuadro, intacto, fue recuperado sin que se produjeran capturas. Los ladrones usaron a un abogado como intermediario para decirle a la policía donde podían encontrarlo.
Según los analistas, la explicación más plausible es que los ladrones no estaban buscando el cuadro en el camión robado, que ni siquiera tenían idea de lo que se estaban llevando. En esta época del año son comunes los saqueos a los camiones que van a las grandes ciudades porque se sabe que transportan mercancías navideñas. Se cree que los ladrones equivocados estaban detrás de la pista de un cargamento de juegos de video, que son los objetos que más pasión y codicia despiertan por estos lados. Todo les interesaba, menos la pintura de unos niños jugando con una carreta. En cuestión de juegos sus prioridades eran claras.
Se ha dicho que el arte es la prueba de la grandeza de los pueblos. Es posible que esa afirmación haya sido cierta algunas veces. Pero en mi opinión, hoy en día, el arte es la medida de nuestra ignorancia.
Nada se asemeja tanto a la historia del traje nuevo del emperador como las apreciaciones sobre el arte. A todos nos gustan Picasso o Van Gogh, no porque hayamos sentido emociones espontáneas frente a sus cuadros, sino porque un bien engrasado aparato ideológico nos ha dicho que tienen que gustarnos. Cada año millones de personas desfilan emocionadas frente a un pedazo de tela verduzca que hay en el Louvre: la señora de sonrisa fruncida y problemas de ortodoncia. Pero muy pocos realmente habrían apreciado esa obra si no hubiera estado antecedida por su fama.
El valor del arte, en nuestro tiempo, es impuesto por aparatos cuyas maniobras es difícil discernir porque arropan casi todas nuestras percepciones. Prueba de ello es que el cuadro más costoso en la historia de la pintura del País del Sueño sea un lienzo donde un señor llamado Pollock derramó accidentalmente varios tarros de pintura: la crítica y un montón de personas que no quieren pasar por brutas han elevado al infinito el valor de ese traje de emperador.
Me he preguntado que pensaron los ladrones del Goya durante esas dos semanas que tuvieron el cuadro. He llegado a imaginar que alguno de ellos se pasaba las horas contemplando la pintura y deseando tenerla en la pared de su cuarto. Pero lo más probable es que esos cazadores de videojuegos sólo hayan podido valorar lo que tenían en las manos cuando los medios les hablaron de su importancia. Entonces comprendieron que se habían encartado y decidieron devolverla.
Hace unos días me encontraba en una sala de espera y mis ojos se deslizaron inconscientes hacia una reproducción de un cuadro de Van Gogh. Mientras recorría el humilde dormitorio del artista pensaba en su vida de sufrimiento, en su oreja, en su pobreza, en la historia de hambre y desesperación que tantas veces nos han contado. Siguiendo con algo parecido a la lástima los perfiles de ese cuartucho, recordé que con el dinero que recibió por sus cuadros Van Gogh no habría podido comprarse un Playstation.
Pero de pronto tuve una revelación. La lástima que sentimos por Van Gogh, la irónica valoración que han tenido sus cuadros, son parte del mismo mecanismo que asigna valor al arte con criterios que poco tienen que ver con la obra.
Mirando aquella reproducción comprendí que si alguien no era digno de lástima en este mundo, ese alguien es Van Gogh. No sólo estuvo más cerca que casi todo el mundo del arte verdadero, sin que alguien le dijera lo que debía gustarle. Como si eso fuera poco, fue la única persona que ha podido darse el lujo de acostarse a dormir con las paredes de su cuarto inundadas de cuadros de Van Gogh.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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