Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
noviembre 17/2006
Todos los sueños
Mi cerebro parece haber empezado a hacer corto circuito. En los últimos días, los hechos de mis sueños me resultan más vivos que los de la vigilia. El tiempo transcurrido entre el café de la mañana y el ajuste del gorro de mi pijama se ha vuelto una tranquila y predecible pradera de episodios bajos en emociones; mientras el tiempo que paso con los ojos cerrados es intenso, colorido y, a veces, salvaje.
No es que el asunto me moleste, soñar siempre ha sido una actividad importante para mí, he sido conciente de que pasamos un tercio de vida en esos parajes inciertos, he llenado cuadernos con anotaciones sobre mis sueños, llegué incluso en un tiempo a comer platos pesados antes de irme a dormir para tener aseguradas las pesadillas, pero no dejan de resultarme interesantes los hallazgos que he hecho, ahora que soy un durmiente más despierto.
Primero me dio, como suele darme cada cierto tiempo, el arranque de buscar en los sueños respuestas a las incertidumbres cotidianas. Mi principal incertidumbre consistía en querer saber porque mi vida reciente estaba tan falta de incertidumbres. Así que me fui a dormir un día dejando una libretita y una pluma a la mano, para arrojarme a escribir todo lo que recordara apenas asomara la mirada al nuevo día.
Fue difícil adquirir la disciplina. Los primeros días aplacé las anotaciones para después del café, pero cuando abría la libreta y me disponía a escribir, descubría que había olvidado las ultimas ocho horas de mi vida. Poco a poco fui logrando resultados. Al principio sólo conseguía recordar el último sueño, el que transcurría justo antes de que me despertara. Después fui recordando más y hasta empecé a escribir también en las despertaditas ocasionales para cambiar de posición o a deshidratar, como dicen los De la Espriella.
Si quisiera hacer un recuento de los hechos más importantes de mi vida, tendría que incluir algunos sueños. Todavía recuerdo a la mujer que me hizo despertar con una flor humedecida en la pijama. Recuerdo también aquel sueño de caída en el que llegué hasta el fondo del abismo y comprendí que si me quedaba ahí, en esa ausencia de color, jamás regresaría a la vigilia. Sé que me perseguirá hasta el final ese otro anuncio extravagante del que salí sacudido por alguien que me traía la peor noticia que he recibido en mi vida.
Por eso me entusiasmó tanto haber vuelto a hacer contacto con mis sueños, haber desarrollado nuevamente la habilidad para rescatar muchos de ellos al regresar a ese sueño recurrente y aburrido que llaman la vigilia. Pero la alegría empieza a disiparse y a convertirse en preocupación a medida que los progresos continúan.
Dicen los que han estudiado esas cosas, que todo el mundo sueña y que todos soñamos más de lo que es posible recordar. Pero también que olvidar es necesario. Siempre tuve la sospecha de que la actividad nocturna es casi ininterrumpida. Ahora estoy a punto de confirmar esta sospecha. La primera señal de anomalía la detectó mi estómago, que veía cada vez más pospuesta la hora del café. A medida que desarrollaba mi habilidad para recordar, me tomaba más tiempo poner todo aquello por escrito y, a veces, debía resignarme a resumir con titulares secuencias prolongadas. Por suerte, ahora que la sensibilidad y la memoria están atentas, puedo comer, hacer otras cosas, para regresar a escribir un reporte que está empezando a ocuparme casi los días completos.
Pero no es la longitud de los reportes lo que me preocupa, son las cosas extrañas que están ocurriendo lo que me ha puesto a pensar que mi cerebro, en algún lado, tiene unos circuitos entreverados.
Un día tuve un sueño extraño como todos los sueños. Soñé que conducía y que detrás de mi viajaba una patrulla policial. Al soñar sentí incomodidad, me pregunté si me estaría persiguiendo, si yo habría cometido alguna infracción y en cualquier momento encenderían sus luces escandalosas y me pedirían que parara.
Para evitar la sensación, o confirmar la sospecha, doblé a la derecha en una esquina y comprobé con alivio que la patrulla seguía de largo. Las calles en las que había doblado eran estrechas y tenían aspecto de bazar hindú y las recorrí aliviado hasta que salí a algo como un parque y empecé a ver una multitud de personas que corría enloquecida en muchas direcciones. Podría seguir contándoles el sueño, pero no quiero que se duerman. Al menos, no por ahora.
Lo que quiero decirles es que al día siguiente, cuando salí al supermercado, descubrí que detrás de mi auto viajaba una patrulla policial. La cosa no habría pasado de ser una casualidad si al doblar en una esquina no hubiera notado que la radio me hablaba de las noticias de Calcuta. Sonreí ante la coincidencia y me decidí a anotarla en el cuaderno. Pero cuando llegué a casa y encendí el televisor mi sonrisa se disipó, la pantalla mostraba una multitud en un campo de béisbol celebrando y corriendo en todas direcciones. Quizá no esté de más decirles que las coincidencias continuaron y que el resto de ese día estuvo prefigurado por los sueños de la noche anterior. Así llegué a uno de los hallazgos más interesantes de los últimos días: nuestros sueños anuncian todo lo que va a ocurrirnos al día siguiente y son generalmente esos sueños los que no recordamos porque el cerebro quiere evitar que enloquezcamos. De más está decir que los días siguientes la prefiguración se cumplió con rigor y obediencia.
Las cosas se han vuelto cada vez más complejas. He llegado a soñar hasta las primeras páginas de los periódicos. Soñé, por ejemplo, los titulares sobre la muerte de un escritor famoso. Pero lo más inquietante es que ahora, como paso casi todo el tiempo escribiendo mis sueños, mi vida parece un laberinto de espejos.
Anoche, por ejemplo, soñé que estaba contándoles a las criaturas de mis sueños los sueños que tuve la noche anterior.
Hoy, en la tarde, alguien me miró asombrado, me dijo: "¡Qué curioso! Soñé que te encontraba y que hablábamos un rato, justo como ahora estamos", y lo peor es que no pude evitar hablarle de mis sueños.
Después de lo ocurrido resulta comprensible que les diga que no estoy muy seguro de estar escribiendo esto. Bien puedo estar soñando que lo escribo y no lo escribiré hasta que despierte de este sueño ya ocurrido.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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