Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
noviembre 10/2006
Ser otro en otro lado
Cuando era niño solía preguntarme cómo sería mi vida si hubiera nacido en otra familia, en otra ciudad o en otro país. Los días que andaba ocioso y trascendental empezaba a desenredar el ovillo de casualidades que me habían traído a ese sitio preciso de la tierra, a ese grupo preciso de personas, a ese tiempo en el que parecía llegar tarde a muchas cosas y demasiado temprano para otras.
Me preguntaba por qué no había nacido en la China, por ejemplo, y me dedicaba a imaginar lo que sería ser un chino preguntándose cómo sería su vida si hubiera sido colombio.
Rara vez encontraba con quien hablar de mis preocupaciones existenciales. Mis hermanos mayores eran demasiado mayores para compartir mi ocio, los menores apenas verbalizaban, y mi madre rara vez estaba de humor para conversaciones del tipo “¿por qué venimos al mundo?” Si la acorralaba con preguntas me decía: “Mijito, no sufra tanto que a usted lo recogimos en la calle”.
Supongo que algún trauma me habrá quedado después de oír una respuesta tan descarnada. Pero con el tiempo empecé a restarle importancia a esa y otras de sus salidas, especialmente cuando supe que era natural entre hermanos que jugaran cruelmente con los menores a decirles que eran adoptados o recogidos, también a sugerirles que eran hijos del lechero, el padre de la patria.
He vuelto a pensar en todo eso al conocer esta semana una historia asombrosa. Empezó en Cartagena hace veintinueve años, cuando médicos y enfermeras distraídos entregaron dos bebés a los padres equivocados. Desde entonces los dos niños vivieron la vida que no les correspondía, amaron a los padres que no los habían engendrado, pelearon con los hermanos que no tenían que pelear y hasta disfrutaron o padecieron la situación económica que no les había sido asignada en el reparto genético y social.
Si se piensa bien, la cosa es épica y tragicómica. Me atrevo a decir que es una de las historias más interesantes que ha dado el país de los colombios en los últimos años. Estoy seguro de que en este mismo instante debe haber una legión de periodistas buscando escribir ese libro y sólo espero que caiga en manos capaces de valorar las sutilezas, la ironía y hasta el humor contenido en esa metáfora de lo que somos como nación.
Para empezar, hay que ser sensibles y profundos para entender la sensación de estafa cósmica que experimentaron esos dos hombres cuando descubrieron la verdad. Cada instante de sus vidas vividas hasta entonces cambió de significado. Cada risa, cada llanto, cada abrazo, cada regalo de cumpleaños o navidad, cada pelea con los hermanos, cada bus de Turbaco o cada fiesta en Bocagrande, dejaron de ser lo que habían sido para empezar a ser algo así como un sueño remoto y casi olvidado. El paisaje del mundo cambió para siempre al descubrir que habían vivido hasta con nombres prestados: Rancis llamándose Carlos Mario, Carlos Mario llamándose Rancis.
Según los reportes de prensa, el hallazgo fue hecho hace ya tres años, los dos chicos trocados han llegado a ser amigos e incluso han empezado a tejer lazos de afecto con sus familias naturales. La razón por la que ahora son noticia es la demanda por dos mil millones de pesos que las familias han entablado contra el hospital que les cambió las vidas. Ignoro cuánto cuesta un error como ese, pero el precio se me antoja más simbólico que justo. Esta historia no parece de proporciones humanas.
El cronista que se atreva a contarnos esta historia tendrá que ser un Shakespeare exaltado, capaz de ver la luz y las tinieblas en lo que nos está contando. Tendrá que recordarles a sus lectores que los hechos ocurrieron en una ciudad acostumbrada a pisotear la dignidad del cuerpo humano: el puerto de los esclavos, de las reinas de belleza, de los niños prostituidos por lo que cuesta un par de zapatos.
El tejedor del relato tendrá que entender la diferencia abismal entre las historias de los dos hombres, hablar de clases sociales y de razas, de formas de ver el mundo, para explicarnos por qué no es lo mismo saber que uno venía a un hogar pobre en Turbaco y fue a dar entre los ricos de Bocagrande, que haber soportado mucho tiempo la broma del lechero para descubrir que uno era el hijo del dueño de la pasteurizadora. La historia es muy triste, pero si a todos nos preguntaran qué suerte preferiríamos, por primera vez elegiríamos la suerte del negrito.
Pero hay mucho más en todo esto. Un cronista certero hablaría del mercado de carne que son nuestros hospitales, sin olvidar al mismo tiempo las implicaciones metafísicas que nos llevarían a preguntarnos si no hay en lo ocurrido una secreta justicia, si acaso no estarían esos dos y sus familias pagando o recibiendo recompensas por crímenes perdidos entre las ramas de la genealogía.
Tal vez sea imposible precisar aquellos crímenes, pero no será difícil encontrar en esta historia una metáfora de lo que somos los colombios: hijos de una de las tierras más ricas del planeta, viviendo convencidos de que somos paupérrimos.
Pero no todo en esta historia es trágico e injusto. En medio del dolor y el desconcierto, en medio del desajuste emocional que no podrán reparar en lo que les queda de vida, Carlos Mario y Rancis, o Rancis y Carlos Mario (ignoro si se devolverán los nombres que les correspondían) pueden considerarse entre los seres más afortunados que ha habido en este mundo. En ellos se ha cumplido la secreta fantasía de todo ser humano: aquella de ser otro en otro lado.
Y además van a pagarles por ese lujo tan raro.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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