Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
noviembre 3/2006
Feliz día, difuntos
Mis pocos contertulios suelen enarcar las cejas y elevar la mirada cuando me entusiasmo a hablar sobre la muerte con la pasión y el entusiasmo con que podría hablar de un partido de fútbol memorable.
"Morbid", dicen mis allegados anglosajones, desconcertados frente a la aparición de un tema al que le temen como a la peste y para el cual no han sido provistos de lenguaje ni se han dado la oportunidad de formarse un criterio.
En el País del Sueño no se habla de la muerte del mismo modo que está prohibido que aparezcan pezones en la televisión y la gente debe esperar a tener más de diecisiete años para volver a ver en el cine aquello que era pan de cada día cuando eran bebecitos.
Hay muertes, sí, muertes a manos de sicópatas, crímenes pasionales, accidentes terribles, guerras cruentas, pero la muerte simple y cotidiana la esconden como una vergüenza mayor. Rara vez vemos representada la lenta y agónica partida de los hospitales, la irreversible traición del cuerpo, el apagarse sin gracia, sin drama y hasta sin últimas palabras, que es la más común manera de partir. En otras sociedades los riesgos son distintos, la muerte llega a un grado tal de deshumanización que es como si no existiera. Aquí, en el País del Sueño, es un tema tabú. Cualquiera que sea el método usado para borrar la idea de la muerte, las consecuencias son lamentables. Una sociedad que se olvida de la muerte se encuentra, al mismo tiempo, olvidada de la vida.
Por eso me entusiasmo más de la cuenta cuando hablo de la muerte, recito con deleite los versos donde el poeta está tan impaciente por morir que muere porque no muere y hablo del hombre desesperado en la novela de Rojas Herazo que eleva su mirada al cielo y grita: "Quiero partir".
Si mis contertulios aguantan más, les recuerdo las primeras páginas de su libro clásico, Moby Dick, donde el protagonista se descubre a sí mismo mirando con ojos soñadores los desfiles funerarios y, si todavía pueden asimilar una dosis de trivialidad literaria, les hablo del ensayo de Chesterton donde dice que un libro sin muertos es un libro sin vida.
Cuándo veo que empiezan a preocuparse por mí o por ellos, me apresuro a decirles que mi afición por la muerte nada tiene que ver con el suicidio. Hace siglos resolví ese problema filosófico y decidí quedarme hasta los créditos finales.
Mi propósito con tanta necedad es hacer natural el tema de la muerte en la vida cotidiana. Estoy convencido de que sólo quien mantiene presente la idea de la muerte es capaz de valorar y de vivir intensamente los instantes que la vida le regala. Sólo la gente verdaderamente sana es capaz de renegar en un momento de la vida, decir "quiero morirme" en medio del fragor de la existencia y al instante siguiente arrepentirse fieramente de haber dicho esas palabras. Sólo los mentalmente equilibrados pueden admitir que han deseado la muerte de alguien y que al instante siguiente le dijeron a Dios: "ni se te ocurra cumplir lo que te pedí".
Estar vivos es cometer errores, decir brutalidades, cambiar de opinión, caerse y levantarse, moverse todo el tiempo al borde del precipicio, arriesgarse a morir a cada instante. Sólo los muertos son seres "acabados", tienen ideas inmodificables y convicciones finales. Sólo los que ya fueron tienen toda su vida asegurada.
A veces, cuando me invitan a fiestas, suelo proponer el tema de la muerte entre los que no se animan a la rasquiña pública del baile. Sólo unos pocos llegan a resistir la tentación de levantarse y hubo una ocasión en que abandoné la fiesta esposado en el asiento trasero de una patrulla policial.
Pero a veces da uno con colegas de sordidez y se arman tertulias apasionantes. Todavía recuerdo la ocasión en que un grupo de invitados decidimos hacer una "polla" y apostar qué día de la semana moriríamos y cuál sería la causa. Yo dije que un jueves, dormido y soñando que amaba. Cómo resultaba difícil decidir como premiar a los ganadores, alguien tuvo la ocurrencia de decir que el premio sería que todas sus preocupaciones y sus deudas serían borradas. Nos reímos tanto aquella noche, que a los que bailaban se les enredaba el zapateo y se preguntaban desconcertados qué era lo que tanto nos entusiasmaba.
Alguna vez le pregunté, a un viejo amigo cardiólogo, qué era lo más importante que había logrado aprender después de haber visto tantos corazones abiertos y cerrados, tanta gente ahora viva y en uno o dos días liquidada. Mi amigo guardó silencio un momento, pasó su mirada por decenios de ejercicio profesional, trató de verbalizar la suma de intuiciones, la enseñaza final de ese libro sangriento y sin palabras, y me dijo: "Que casi todos nos morimos de enfermedades hereditarias".
Desde ese día he vivido más tranquilo y he sido menos cliente de médicos y emporios de medicinas. Tranquiliza saber que nuestro asesino fue nuestro tatarabuelo y que el condenado ya había pagado por su crimen cuando nacimos.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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