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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
octubre 27/2006


Plegarias atendidas


"Son más los que lloran por las plegarias
atendidas, que por las desoídas"

Teresa de Ávila

Hace unos diez años, más o menos, comenté con asombro la noticia de que un hombre había decidido separarse de su mujer porque ella le estaba siendo infiel a través del internet.


La cosa en su momento parecía una curiosidad más, un hecho aislado y sin verdadera trascendencia. Lejos estábamos en aquel tiempo de considerar una infidelidad virtual algo tan grave como una de verdad. Lejos también estábamos de llegar a imaginar que, en un plazo muy breve, no sólo la infidelidad navegaría a lomos de internet, sino también todo ese extraño devaneo al que llamamos amor.


Ya hoy en día resulta una rareza que la gente se conozca y se enamore a la manera tradicional desde que vivíamos en cavernas. En menos de una década todo el ritual del pestañeo y la mirada, todo el escozor inquieto y la magia de la presencia y el movimiento quedaron suplantados por la locuacidad de los teclados y el color de las pantallas.


El cambio parece favorable y lleno de posibilidades. Cuando pienso en los tiempos remotos en que me sentí muy solo -y el internet no existía ni en los relatos de ciencia ficción-, cuando pienso en el nudo en la garganta que me ahogaba cuando llegaba a la conclusión de que no tenía interlocutores -y mucho menos afecto-, lo que ahora vivimos parece una bonanza.


Si en aquellos tiempos desenredados algún viajero del futuro me hubiera descrito las características del invento, yo habría concluido sin dudar que aquel prodigio era justo lo que necesitaba para aliviar mis penas y ser feliz para siempre.


El viajero del futuro me habría dicho: "Puedes decidir como es la mujer de tus sueños y el invento se encarga de encontrarla", y yo habría pensado, alentando al mismo tiempo una incipiente esperanza: "Éste sí habla mucha paja".


Mi improbable contertulio me habría dicho que podría comunicarme al mismo tiempo con personas que estuvieran en Europa, el Matto Grosso y en la China, y al oír esas palabras sentiría mi cabeza reventarse con la idea.


Todo lo que me hubieran dicho de aquel invento me habría resultado, en la distancia, desmesurado y maravilloso. Pero es que en la distancia todo es bello. Ahora que el invento ha llegado y se ha instalado entre nosotros, sin la pompa y la magia que habría sido de prever, resulta un asunto más bien deprimente.


Según una encuesta realizada en el País del Sueño, treinta y cinco de cada cien personas adultas no tiene pareja y, de esas treinta y cinco, sólo diez han salido o hablado -más allá del saludo- con alguien en los últimos tres meses.


Es de suponer que el resto han estado en sus casas mirando televisión o conectados al internet, manteniendo la ilusoria ilusión de que están unidos al resto de la gente a través de un incesante intercambio de kilobites.


Uno de los negocios más prósperos que existen hoy en día es el de las alcahuetas virtuales, páginas que ayudan a la gente a encontrar parejas con quienes al parecer el flechazo será inmediato y el amor será eterno como el sistema solar. eHarmony, una de las alcahuetas más exitosas, afirma que entre el 2004 y el 2005, facilitó el matrimonio de más de 33 mil de sus miembros.


La cosa parece éxito total, hasta que uno descubre otras cifras en sus informes: cada día doce mil personas se inscriben en esa página y responden el larguísimo cuestionario que les permitirá encontrar su alma gemela. Alguien con una buena calculadora podrá inferir que 33 mil matrimonios, entre 8'760.000 usuarios, no es que sea tan exitoso. Es como si en Cartagena sólo los habitantes de diez cuadras hubieran encontrado a su pareja. Si a eso se le suma que casarse no quiere decir mucho en estos tiempos, el método parece todavía menos eficaz. Pero el amor no es lo que está en juego en esos lugares. De todas maneras los señores de esa empresa se están llenando de dinero con la soledad de los solitarios.


La razón del fracaso triunfal de eHarmony parece obvia: sus estudios de compatibilidad parten de la premisa de que la gente sabe realmente lo que quiere y lo que busca, descartan de plano el factor sorpresa y piensan que las semejanzas son el principal criterio para formar una pareja.


Sobre las lucrativas ruinas de eHarmony empiezan a construirse otros imperios. Chemistry.com toma como base para sus búsquedas estudios antropológicos liderados por Helen Fish, la principal experta del país en la química del deseo y del amor. En lugar de preguntarle a la gente qué busca, Chemistry.com trata de inferir por sus respuestas si la gente tiene un predominio de testosterona, feromonas, dopamina o estrógeno. A partir de esos hallazgos deciden cual antropoide tiene más probabilidades de gustarle hasta el punto de querer pasar la vida a su lado.


Las cifras de Chemistry.com no parecen tan lucrativas, por ahora. Pero el hecho de darle mayor importancia al encuentro directo, y a la reacción corporal ante el otro, hace suponer que su éxito será desmesurado. Al menos los solitarios podrán hablar con alguien de vez en cuando.


Con más de setenta millones de clientes potenciales (sin contar infieles), el futuro del celestinismo virtual es luminoso como la pantalla del computador. Existen páginas para casi todo tipo de complicidades: amigos, intercambios sexuales, gente con enfermedades venéreas, bomberos, aventureros intergeneracionales y hasta exclusivistas, como goodgenes.com, donde personas que se consideran superiores genéticamente se buscan unas a otras.


Todo parece mejor en estos tiempos. Y sin embargo la soledad resulta ahora más aterradora y el amor parece tanto o más perdido e inasible que antes de la llegada del invento. El hombre o la mujer de nuestros sueños se veían mejor -y estaban a salvo- cuando existían menos riesgos de llegar a conocerlos.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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