Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
febrero 15/2006
El ataque
Tal vez alguien recuerde que la semana anterior estaba punto de subir al avión que me llevaría a España. Bueno, esta afirmación no es completamente cierta: subí al avión en el aeropuerto de Newark, a comienzos de diciembre del año pasado. Lo que hice la semana pasada fue contar mis impresiones al empezar ese viaje, antes de subirme en el avión y de cruzar el Atlántico.
Por cierto, alguna vez les hablaré de la extraña sensación de estar hablando de un episodio que semana tras semana se encuentra más lejos en la memoria.
Los pacientes lectores recordarán que poco antes de ingresar en la aeronave me tomé la libertad de hacer unas cuantas digresiones. Digamos que la historia se detiene justo en el momento en que abandono el túnel elevado y estoy a punto de plantar mi zapato en el interior del pájaro metálico.
Para otra ocasión quedarán las reflexiones sobre lo que significa abordar un avión, sobre los cambios en las costumbres, desde el salto y la peripecia por las alas, hasta el túnel del que hablo, pasando por la época de las escalerillas.
Confío también en que habrá tiempo para hablarles de la ocasión en que tuve que descender con un chaleco salvavidas en medio del Atlántico.
Sé muy bien que algunos lectores empiezan a impacientarse. Una de mis nietas, lectora fiel y -al parecer- encargada de compilar mi obra póstuma, me ha dicho que ya está bueno de preámbulos, que empiece de una buena vez a hablar del viaje, que de verdad parezco una tortuga inalcanzable, o mejor, inalcanzante.
Pero dos hechos me obligan a suspender este relato. El primero es la queja de un lector que ha preguntado que diablos hacen mis historias es una página dedicada a opiniones políticas. El "diablos sobraba, señor Aguilar. La pregunta era lo suficientemente clara. No pienso hacer una defensa muy enfática. Creo que, a su manera, cada una de las columnas que he escrito en esta página tiene algo de política. Una frase, una palabra, una simple oración subordinada, puede ser, en ocasiones, el equivalente de un largo y sesudo análisis. Sin pretender con eso demeritar a mis compañeros de página, también es posible hacer una columna de opinión en pocas palabras.
Para la muestra un ejemplo: "El reyecito se está enloqueciendo y, a pesar de lo que digan las encuestas, está cometiendo demasiados errores. Alabado sea el reyecito, que nos está enseñando la manera de librarnos de él".
Esa es mi columna de opinión de esta semana.
La segunda razón por la que no pondré todavía el pie en ese avión, es mucho más personal: el sábado pasado me empezó un ataque.
Tranquilos lectores -¿o será mejor decir: lo siento?-, no pasa nada grave. El ataque que me dio es el mismo que le daba a un amigo muy querido, el escritor uruguayo y magistral Juan Carlos Onetti Borges.
Desde el sábado pasado estoy sufriendo un ataque de escritura que me ha quitado el sueño, que no me deja pensar en otra cosa que en la novela que estoy escribiendo. Me costó casi ochenta años descubrir que la única manera de que algún día terminara las historias que se me ocurrían era aprovechando el entusiasmo, la intensidad, en el momento en que se me ocurrían. Decenas de historias inconclusas son el testimonio de este largo aprendizaje.
Lo que vino a salvarme fue leer una entrevista que le hicieron hace años a Simenon, en la que el escritor francés contaba su manera de escribir sus novelas en once días, entre otras cosas por que su cuerpo no aguantaba más de ese tiempo la obsesión de la historia que debía ser escrita.
Así es que pido permiso para retirarme, el ataque es intenso y aspiro a tener la historia terminada en uno o dos días. Sé que al final quedaré hecho piltrafas, pero feliz. Después de unos días de descanso es posible que reúna las fuerzas suficientes para poder alzar el vuelo.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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