Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
octubre 04/2006
Anousha y las estrellas
Cuando era muy niña, Anousha Ansari solía extasiarse ante el cielo nocturno de Teherán y soñar con que un día viajaría a las estrellas. Uno de los primeros recuerdos de su vida es la imagen de un hombre dando pasos ingrávidos sobre la superficie de la luna y su sensación de extrañeza al ver la manera inadvertida como la gente camina por la tierra. Después de aquello miró con más fervor hacia la noche y hasta creyó distinguir al hombrecito con su enorme traje blanco, temeroso de alejarse demasiado de su nave.
Su serie preferida era "Viaje a las estrellas". Semana tras semana seguía con fanatismo las extrañas aventuras de unos hombres que viajaban por las inmensidades del cosmos. Imaginaba ser un miembro de la tripulación, un mediador necesario entre el corazón desatado del capitán Kirk y la racionalidad helada del orejudo mister Spock.
El camino a las estrellas no fue fácil y directo. Muchas veces llegó a olvidarse de su propósito de infancia, pero todo parece indicar que ese propósito jamás se olvidó de ella.
Alos 17 años, cuando su país empezó a ensombrecerse con fanatismos religiosos donde pensar y ser mujer eran crímenes graves, Anousha decidió viajar al País del Sueño, ese sitio donde casi todos duermen y unos pocos consiguen hacer realidad sus sueños.
Anousha estudió aquí y allá, se graduó en ésta y aquella universidad, hizo la carrera tecnológica que los tiempos requerían y entró a hacer su aprendizaje en los subfondos jerárquicos de una enorme compañía.
Un día Anousha le dijo a Hamid, su novio, que quería independizarse, crear su propia compañía, y lo invitó a acompañarla en la aventura. Decidieron casarse y crear una empresa juntos. El riesgo valió la pena, en pocos años Anousha y Hamid pudieron vender su negocio en 200 millones de dólares y embarcarse en aventuras industriales de mucha mayor escala.
Fue justo por esos tiempos cuando se hizo el anuncio del inminente principio del turismo espacial. Por veinte millones de dólares algunos privilegiados paseadores podrían dar unas cuantas vueltas fuera del planeta tierra.
Anousha Ansari no lo pensó dos veces, su esposo la apoyó con la única condición de que él se quedaría en la tierra. Es de suponer que Anousha se haya sentido contrariada cuando supo que hubo otros que dudaron menos que ella. Al final, sólo un empresario coreano la separaba de su turno.
La espera fue larga y debió ser tensa. Muchas decisiones -incluso la de ser madre- quedaron supeditadas al tan esperado viaje. Pero como no hay plazo que no se cumpla y sólo quien espera se encuentra lo inesperado, Anousha recibió un día la noticia de que el impaciente coreano no había pasado los exámenes médicos y que ella era sería la primera mujer en hacer un viaje turístico espacial en la historia de la humanidad.
Lo demás lo hemos visto, leído o escuchado en las últimas semanas. Anousha se dio el lujo de diseñar su propio traje espacial y pasó nueve días allá afuera, disfrutando como una niña chiquita, y haciendo lo que no habían hecho cientos de astronautas que han salido del planeta en los últimos cuarenta años: sintiendo como humanos la extrañeza de su viaje.
Sus impresiones del viaje, sus testimonios, sus reacciones, han sido por completo diferentes. Tal vez fuera por el hecho de que Anousha no viajaba al servicio de un gobierno, atada por algún tipo de reserva profesional, o con alguna clara misión científica; quizá porque su viaje fue el primero que una mujer hizo por placer; tal vez, incluso, fuera por su sensibilidad o su pasión por las estrellas; cualquiera que sea la razón para explicar la diferencia, lo cierto es que el viaje de Anousha parece más importante y trascendente que los viajes anteriores de tantos desquiciados y olvidados astronautas y de dos o tres turistas apurados.
A Anousha le debemos que los viajes espaciales sean algo real. Además de ser la primera turista del espacio, fue la primera persona en mantener un blog personal desde la inmensidad. A través de ese espacio virtual compartió, con quien quisiera leer, el impacto imborrable de su primera visión de la tierra, las curiosidades del efecto 'menta fresca' que tienen los astronautas cuando deben tragarse la crema dental por la imposibilidad de escupir, las indecibles peripecias de la higiene, las sensaciones del dormir pegados al techo como los murciélagos y hasta la falta de maquillaje.
La suerte de Anousha parece no tener límite. Suya sigue siendo la opción para el próximo viaje de turismo espacial y todo parece indicar que sacará otros veinte millones de dólares de su bolsillo para repetir el paseo.
El dinero no parece ser un problema, con el libro que seguramente publicará, con la versión cinematográfica de su vida (donde nos enteraremos al fin de sus dificultades y tristezas), es seguro que al final tendrá más dinero del que tenía antes del viaje.
Pero no es por su habilidad para hacer dinero que Anousha Ansari pasará a la historia, ni siquiera por el tesón con que materializó su sueño. El verdadero mérito de su viaje, tal vez aquello que lo hace más humano, fue la sensibilidad de Anousha para informarnos lo que cientos astronautas fueron incapaces de revelarnos: que el universo huele a galletas de almendra que se están quemando.
Gracias a Anousha ahora sabemos que Dios es una anciana desmemoriada.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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