Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
septiembre 27/2006
El cazador de cocodrilos
Al principio la noticia de la muerte de Steve Irwin, el cazador de cocodrilos, me sorprendió como me suelen sorprender las noticias que recibo de la muerte de personas medianamente cercanas: con ese estupor callado que nos obliga a pensar una vez más en lo frágil que es la vida, en lo vulnerables que somos con nuestra armadura de piel y nuestra estructura de huesitos.
Hice, sin entrar en demasiados detalles, el recuento de los lugares comunes y de los no tan comunes que vuelven a rondarnos cuando la muerte se asoma. Pensé en esa frase rotunda que encontré escrita en las páginas de La Celestina y parafraseada, cien años más tarde, en el Coloquio de los Perros, de Cervantes:
“Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año
Ni tan joven que no pueda morir mañana”.
Volví a pensar que nacemos para la muerte, que lloramos al nacer porque entendemos que acabamos de caer en una trampa de la que nadie sale vivo.
En fracciones de segundo pensé también en la envidia que los dioses sienten por los hombres -según el decir de Aquiles- porque sin la sombra de la muerte la eternidad es monótona y carente de alegrías.
Pero de pronto me sorprendí pensando cosas no tan convencionales, como que el tipo ese se tenía merecido lo que le había pasado, que lo venía buscando desde hacía varios años.
Supe del cazador de cocodrilos por la afición que mis nietos tienen a los programas sobre animales. Un día me sacaron de mis meditaciones más profundas en el patio para obligarme a ver la manera como ese tipo jugaba con serpientes venenosísimas, sin mostrar el menor signo de temor.
Después tuve ocasión de verlo acercarse a cocodrilos -su especialidad- a escorpiones, a tarántulas y a toda clase de animales a los que no se acercaría alguien con un poco de apego por la vida.
El tipo, sin duda, era valiente, tenía además cierto sentido del humor, pero había en él algo que no terminaba de convencerme por completo.
Hace dos semanas, cuando filmaba un documental sobre animales acuáticos, una manta raya le clavó su aguijó en el corazón, el cazador de cocodrilos cometió el error de arrancarse el aguijón, y murió antes de que pudiera llegar cualquier ayuda médica al lugar.
La cosa parecía un chiste. Según dicen los expertos, las probabilidades de morir de ese modo son menores que las de morir achicharrado por un rayo. El cazador de cocodrilos estaba filmando la manta raya, un animal inofensivo, porque las condiciones del clima no le habían permitido seguir con el rodaje de un documental sobre animales marinos mucho más peligrosos.
Tras la muerte del cazador de cocodrilos las reacciones fueron encontradas. Algunos hablaban de él como un eximio defensor de la naturaleza, como una especie de san Francisco moderno. Otros, sin embargo, lo tildaban de payaso que atormentaba animales para hacer un espectáculo, y que había recibido la venganza de una naturaleza callada y sabia.
Yo no conseguía decidirme por una de las dos escuelas de pensamiento hasta que llamé a mis nietos a darles la noticia. También ellos se sorprendieron. También reaccionaron con silencio y profundas reflexiones (al fin y al cabo ellos no están tan familiarizados con ese asunto), pero después de poco tiempo, el más joven llegó a una conclusión definitiva, antes de irse a jugar fútbol con sus amigos: “Él se lo buscó”.
Sin duda el cazador de cocodrilos se buscó su muerte. No es de extrañar que en algún remoto momento de su vida -quizá desesperado- haya optado entre suicidarse o hacer dinero corriendo riesgos innecesarios. Elegir lo segundo le había dado resultado. Había llegado a ser un hombre famoso, con mucho dinero y una larga cadena de éxitos y de accidentes menores que lo volvieron legendario.
Es probable que hubiera, con el tiempo, llegado a sentirse invulnerable. Imagino también que llegó a encariñarse con la vida de lujos y prestigio que su temeridad le había proporcionado. Es posible pensar que al acercarse al aguijón definitivo se sentía un hombre pleno, que ni siquiera pensó demasiado en el peligro. Es posible imaginar la excesiva confianza, la falta de cuidado con que este sobreviviente a miles de peligros se acercó al enorme y hermoso animal, como quien se sienta en un escritorio para empezar a trabajar. He llegado a creer que al ver el aguijón traspasarle el corazón, Steve Irwin ya no era ni la sombra del hombre que años atrás había vuelto un negocio sus ganas de morirse.
Algo me dice que la muerte le llegó cuando menos la esperaba y la quería y que, mientras se desangraba, tuvo tiempo de aprender esa última e irónica enseñanza que la vida le ofrecía.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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