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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
septiembre 13/2006


El campo inexistente de batalla


He perdido la cuenta de las veces que he hablado de "1984", la ya viejísima novela del escritor inglés George Orwell. Sumando menciones aquí y allá, habré dicho ya más de una vez que cuando fue escrita, en 1948, el año que le da título a la obra se veía muy lejano y a nadie se le ocurría siquiera llegar a pensar que la humanidad podría durar tanto.


Recuerdo que tuve el libro cerca mucho tiempo, con la intención de leerlo antes de 1984, y que tal vez hubiera llegado a posponerlo hasta esa fecha, si mi cuerpo no hubiera empezado a revelarme, a comienzos de los años sesenta, una decadencia progresiva, un envejecimiento inevitable y hasta amagos de muerte prematura.


Así es que alguna vez, entre 1948 y 1984, tomé la decisión de salir de esa tarea y ver que tan premonitorio había sido Orwell con esa fantasía que le otorgaba a un buen número de lectores la esperanza de estar vivos para poder comprobar la puntería.


Creo haber dicho medio millón de veces que la obra de Orwell está llena de aciertos, que estamos en el mundo que él predijo, y que tal vez una de las razones por las que ese libro no se lee lo suficiente en nuestros días es porque puede ser peligroso y abrirle los ojos a la gente sobre los mecanismos del poder para mantener a todo el mundo embobado y subyugado.


Admito que se habla del libro, que hay incluso un "reality show" llamado "The Big Brother", en alusión al personaje omnipresente que todo lo observa, que todo lo vigila, y para quien incluso son visibles los pensamientos más recónditos. Pero que se hable del libro, o que se mencione su personaje más impactante, no quiere decir que sus contenidos sean conocidos y, mucho menos, entendidos. La trivialización, como todos los sabemos, es una de las formas de la censura en estos tiempos tan librepensadores y "open minded".


Uno de los temas más representativos de la obra de Orwell es el de la vigilancia y el control del estado sobre los individuos. Menos conocidas son sus reflexiones sobre el lenguaje y sobre el papel de los medios en la alteración de la realidad.


Lo del lenguaje es simple y contundente: los estados totalitarios controlan a la gente reduciendo su lenguaje a formulas cada vez más simples y menos significativas. En otras palabras, si la gente no sabe como expresar lo que siente (especialmente el descontento, la inconformidad, la rebeldía), terminará por olvidarse de que siente lo que siente y hablará y se comportará según las posibilidades que le ofrece un vocabulario cada vez más estrecho. Mientras más bruta la gente (o más embrutecida por los medios), menos posibilidades existen de que se rebele.


En cuanto a la alteración de la realidad, hasta nuestra pobre república bananera parece decidida a darle la razón a George Orwell en sus predicciones. "1984" habla de como el gobierno intervenía los archivos de periódicos para alterar el pasado: a veces, si un personaje caía en desgracia, desaparecía de los archivos de prensa y hasta de las fotografías. Hablar de esa práctica no tiene nada de premonitorio, ya en los tiempos de Orwell lo hacían los soviéticos. Lo que sí resultó acertado fue predecir que la práctica llegaría a ser cada vez más común y refinada.

Pero no sólo el pasado era objeto de reescritura por parte del estado. A veces el presente era alterado de manera constante, se fabricaban guerras y ataques enemigos, para insistir en que el país estaba amenazado por ser demasiado bueno, también para justificar invasiones y ataques en otros lados.


No hay que tener demasiados dedos de frente para saber que eso es lo que ahora hacen los gringos, lo que sí necesita más dedos es darse cuenta de que también lo hace el gobierno colombiano.


Recuerdo que poco antes de las elecciones que llevaron por primera vez al Reyecito al lugar de donde no se quiere ir, el ejército frustró un ataque con explosivos que supuestamente se le pensaba hacer cerca de Barranquilla. Recuerdo el despliegue que se le dio al hecho, la influencia que tuvo en las elecciones. Recuerdo también que se me ocurrió pensar que tal vez podría tratarse de una estrategia de campaña, pero yo mismo me reprimí de hablar del asunto porque pensé que pensar eso era ser muy mal pensado.


Años después me enteré de que mis sospechas tenían fundamento. Los militares que "fabricaron" el supuesto atentado, fueron puestos en evidencia y el Reyecito corrió a censurar un comportamiento como ése.


En los últimos meses han vuelto a ocurrir episodios similares. Se ha sabido de falsos secuestrados a quienes falsos operativos han rescatado. Se ha sabido de falsos ataques y falsos desmantelamientos de bases enemigas, de falsos logros militares, de falsa seguridad y falsos reportes de guerra. De manera puntual el Reyecito ha salido a censurar a los mentirositos, a decir que eso no se hace, y de ese modo, trivializando, ha eludido la responsabilidad que le corresponde en cada mentirita de esas que han fabricado la falsa sensación de seguridad que lo llevó a la reelección.


Porque, en últimas, el único beneficiado de todo eso ha sido él, auque los hechos se manipulen y los periodistas, siempre tan críticos, no hagan las conexiones que permitirían descifrar el entramado.


No necesito que me torturen para confesar que no tengo pruebas de la participación directa del Gran Primo Hermano en cada uno de esos montajes teatrales. El poder es una máquina bien aceitada que borra sus derroteros y sus trazos.


No me imagino al Gran Primo Hermano diciéndoles a sus uniformados: "Queridos uniformados, necesito que me fabriquen espectáculos de guerra que hagan creer a la gente que estamos ganando y que los malos nos amenazan". Las cosas son mucho más sutiles y están explicadas a las mil maravillas en un capítulo de nuestra novela nacional, "Cien años de soledad", cuando alguien le dice al coronel Aureliano Buendía -ya envilecido por el poder- que hay que matar a alguien y él da la orden cuando responde: "No esperen que yo les dé esa orden".


Nuestro aparato de estado no necesita que le den la orden de hacer lo que a los de arriba les conviene que hagan. Saben lo que hay que hacer y lo hacen y reciben premios por ello y, si se dejan coger en la mentira, saben que -como en "Misión imposible"- los de arriba negarán tener conocimiento de lo que hacían.


Más tarde habrá ocasión de recompensarlos por sus méritos en el campo inexistente de batalla.


Posdata: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Mi correo electrónico ha empezado a recibir mensajes. Gracias a esos lectores que se toman el trabajo de mandar unas líneas. Hoy quiero mencionar a una lectora. Después de leer la columna, "De diversas maneras de correr", la señora Alicia Alayón me ha enviado un mensaje lleno de afecto, ha recordado cuando era niña y corría perseguida por la luna, y me ha llamado delicadamente la atención sobre una omisión imperdonable en la columna: la película Forrest Gump. Tiene razón, doña Alicia. ¡Mea culpa! Yo sabía que se me olvidaba una de las mejores.
Gracias por el afecto y el amable recorderis.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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