Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
agosto 30/2006
Abusados
Mi vida social aquí en el País del Sueño podría considerarse reducida si no fuera porque la vida social de los americanos suele ser más reducida todavía. Así que soy un ser más o menos privilegiado, tengo amigos, salgo de paseo, hablo y comparto con la gente, así al hacer el censo una mano resulte demasiado.
Entre mi grupo de amistades se encuentra una amiga que se autoproclama feminista. Yo he hecho todo lo humanamente posible para sacarla de esa escuela de pensamiento (o al menos de la idea de que pertenece a esa secta), pero confieso que ya empiezo a darme por vencido.
Cuando le digo que las feministas odian a los hombres o los ven como animales primarios y violentos, mi amiga me dice que esas eran las feministas radicales del comienzo, que era natural una etapa de resentimiento, pero que las feministas modernas son más consideradas con los varones.
Cuando le digo que entonces las feministas "modernas" no son feministas, que es como hablar de Nazis que aman a los judíos, me dice que le proponga un término mejor, pero descarta con una sacudida del cabello la propuesta de que se autoproclame "mujerista".
De nada sirve que le explique que el movimiento de liberación de la mujer sacó a las mujeres de la libertad del hogar, allí donde les resultaba posible decidir destinos y vidas, para entregarlas inermes al capitalismo, convertidas en obreras que no son dueñas ni de la aguja con la que cosen.
Vanos han sido mis intentos de recordarle que el feminismo fue uno de los principales impulsores de la planificación familiar, no porque se quisiera mejorar las condiciones de vida de los que al final sí nacían, sino por el propósito macabro de permitir que ciertos grupos humanos "mejorados" se reprodujeran y otro, "desmejorados", fueran perdiéndose poco a poco de la superficie de la tierra.
Admito que los discursos del feminismo se han refinado, que se han tomado su tiempo para tener respuestas listas a todas las objeciones que se les hagan, pero creo que en el camino han empezado a volverse totalitarios.
Hablar hoy mal del feminismo, criticar su premisa divisoria, es casi un equivalente del suicidio intelectual. Sin embargo es necesario decir que el feminismo ha creado en ciertos ámbitos las condiciones para que criticar o cuestionar las actuaciones de una mujer sea abusivo, violento y reprobable, mientras resulta completamente legítimo criticar a los hombres por su torpeza, su rudeza, por su animalidad sin remedio.
No pretendo descalificar las luchas que el feminismo ha adelantado por la defensa de los derechos de las mujeres, en muchos casos su intervención ha sido necesaria, vidas e integridades se han salvado por su ayuda; pero a veces resulta inevitable pensar que la reivindicación que ha buscado es las del derecho a cometer los mismos errores que por siglos han cometido los hombres. Pensando en algunas de sus banderas me dan la sensación de que se trata de un grupo de marinos que se abre paso a codazos para subirse a un barco que está naufragando.
Buena parte del piso moral en que se sustenta el discurso feminista viene de la condición de víctimas que padecen muchas mujeres. Pero a veces esa condición, sumada a un inteligente manejo de las estadísticas, termina por convertirse en la excusa para el ejercicio de un privilegio, sutil, refinado, pero privilegio al fin y al cabo.
Entre las consecuencias de ese privilegio se encuentra la poca atención, y hasta la falta de lenguaje, para designar otras formas de abuso en nuestras sociedades. El abuso contra los hombres es una de ellas. Uno podría alzar la voz y hacer notar que las mismas estadísticas que hablan de mujeres abusadas dicen que el porcentaje de hombres abusados por mujeres es casi igual (y en ocasiones superior) y que lo que marca la diferencia son las formas de abuso (el abuso psicológico, el chantaje moral, los hijos usados como rehenes, son menos visibles en una comisaría) y el hecho de que la misma cultura previene al hombre de denunciar los abusos que recibe, para que no se cuestione su hombría.
Pero denunciar esa forma del abuso es caer en el ping-pong ideológico en que nos ha metido el feminismo desde hace casi un siglo. Acusar a las mujeres de abusar de los hombres es tan peregrino como acusar a los hombres de abusar de las mujeres. Abusivos hay de todos los tamaños y condiciones y, generalmente, los que más abusan son los que menos se ven en esa feria de acusaciones.
La pelea entre hombres y mujeres desvía la atención sobre las cosas esenciales y nos hace olvidar que el abuso no tiene en cuenta género, que su capital son la ignorancia y los sofismas, que vivimos en un mundo donde unos cuantos pícaros abusan y se lucran de hombres y mujeres por igual, mientras ellos se distraen buscando al victimario entre otros sometidos.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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