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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
agosto 23/2006


De distintas maneras de correr


No sé si son los años, o siempre ha sido así, pero tengo la impresión de que ahora son más comunes mis reacciones retardadas. Alguien me cuenta un chiste y a veces me demoro tanto en entenderlo que ya es imposible que el contador del chiste se entere de que me pareció bueno.


Mi velocidad de reacción me ha ahorrado también unos cuantos problemas. Cuando alguien ha querido buscar en mí discusiones o peleas, se ha tropezado con una sonrisa distraída y hasta con palabras agradecidas. Cuando por fin entiendo, el candidato a contendiente se ha alejado hace rato con los brazos caídos y los insultos en la boca.


¿Por qué era que les estaba diciendo todo esto?


Ah, sí. Resulta que la semana pasada les estaba contando un sueño que tuve en el que salí corriendo. Al principio no le di mayor importancia al sueño, o se la di por razones más históricas y menos atávicas. Pero dio la casualidad de que en los días siguientes me tropecé con dos películas en las que había gente corriendo.


Uno de los que corrían huía de una explosión de un auto y el otro de una horda hambrienta de caníbales. Recuerdo que cuando vi al que huía de los caníbales sentí que allí había algo divertido, curioso, importante en esa escena. Pero me olvidé muy pronto del asunto y sólo volví a pensar en eso cuando vi a otro sujeto, muy distinto al primero, corriendo para huir de la explosión de un auto.


Entonces fue cuando algo en mi cerebro me hizo click. Primero mi reflexión fue cinematográfica. Recordé que correr es uno de los motivos más comunes del cine, quizá sólo un poco menos común que el de enfrentar el peligro. Recordé a Indiana Jones, huyendo de una bola enorme que parecía no ofrecerle alternativas a ese héroe culto y apacible.


Pensé en otros clásicos del cine en los que correr ha sido un tópico notable: "Marathon Man", "El fugitivo", "Corre Lola, Corre", y llegué a la conclusión de que existía toda una tradición.


Luego pensé en los dos correlones más recientes y me dio por pensar en lo distintas que son las vidas de esos dos, en las opuestas caras del éxito que encarnan, y me pareció notar que todo lo que eran en la vida real estaba reflejado en la manera que tenían de correr.


Tom Cruise corre como un atleta tecnificado. La tensión de los músculos está precisamente controlada, la posición y el balanceo de pies y manos parecen el resultado de complicados cálculos de computador. Pero lo más revelador de todo es el gesto de su rostro, paradójicamente porque no refleja nada.


Tom Cruise en Misión Imposible es una máquina que no siente nada, que no teme porque sabe que saldrá del peligro sin problemas, que tiene todo en su vida calculado: el amor, los contratos, los hijos, los divorcios, la imagen pública y privada, hasta el punto de dar la sensación de que detrás de todo eso hay menos vida que en el planeta Plutón.


Johnny Depp, en cambio, corre con verdadera desesperación, con la dificultad adicional de estar corriendo en el agua, corre con braceos desesperados como si quisiera salir volando, y al hacerlo nos está diciendo que ama la vida, que la adora, que es su tesoro más preciado.


Después de verlos correr, no hay que preguntarse demasiado cuál de los dos disfruta más, cuál se encuentra más cerca de la felicidad.


En esas estaba, en admirar a Johnny Depp, en valorar su talento, su filosofía de la vida, su desparpajo de niño maloliente y desgreñado (que es retrato de la infancia de todos los que miramos), cuando en mi cerebro ocurrió otro click.


Supe entonces que esas imágenes nos fascinan porque nos remiten a uno de nuestros horrores más primarios. Ahí sí, pude caer en cuenta de que los sueños en los que uno corre de algo aterrador e innominado, son la variedad más común de pesadilla en la especie humana. Correr del peligro es tan humano como nuestras manos o la capacidad para hablar pendejadas.


Pero lo que nos fascina de esas imágenes en el cine es que resuelven el enigma que en nuestros sueños jamás encuentra respuesta. Sentados cómodamente en el teatro, o en nuestra casa, podemos ver al cliente que corre, y a aquello que lo persigue, vemos por fin el rostro de lo que viene detrás y sabemos que, al menos por esta vez, el héroe se va a salvar.


Esa es la función de esas imágenes: mandarnos tranquilos a la cama, creyendo que el peligro está conjurado, ignorantes de que si uno de esos sueños vuelve a tocarnos, tendremos que correr desesperados, ahogados, sufrientes, como con fuego en el rabo, porque nadie nos garantiza que aquello -que ni siquiera podemos volvernos a mirar porque sería perder tiempo precioso- que ni siquiera sabemos que tan cerca está de alcanzarnos- que aquello, decía, no va al alcanzarnos.


Allá, en medio de las yeguas de la noche (tal es el nombre de las pesadillas en inglés), el peligro es siempre inmenso e inminente y uno corre con la forma de correr que le ha tocado, alentado por la fuerza que le entregan las ganas de vivir.

email: wenceslaotriana yahoo.com




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