Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
agosto 16/2006
Regreso al horror
Escribo en un estado semejante a la postración. Hace poco logré escapar de un sueño vívido y terrible: veía de cerca el impacto de uno de los aviones a las torres gemelas de Nueva York. Pude ver a los desconcertados funcionarios de oficinas asomados a las ventanas de la primera torre, tratando de mirar hacia arriba para saber lo que pasaba, ignorantes, más allá de la muerte, de lo que estaba ocurriendo. Vi a algunos asomados al vacío preguntándose si lo mejor sería saltar: eligiendo entre el fuego y el vacío lacerante. Alentando por un instante la ilusión alucinada de que podrían volar. Vi a otros emprender indecisos un descenso condenado al fracaso.
Me vi también descendiendo apurado escaleras infinitas, buscando la calle, corriendo como un endemoniado al saberme fuera, pero todavía cerca de los edificios. Entonces recordé que yo sabía algo que las verdaderas víctimas no sabían: que estar fuera de los edificios no era garantía de supervivencia, que había que alejarse y alejarse para tener alguna opción de seguir con vida.
Eso, el no saber, el ignorar lo que ocurría, fue la situación común entre las casi tres mil personas que murieron hace cinco años durante los ataques terroristas al World Trade Center. Reflejar esa ignorancia es uno de los aciertos de la película de Oliver Stone que acaba de aparecer en los teatros, el primer intento de Hollywood por retratar los episodios traumáticos.
La cinta ha aparecido en medio de reservas. La gente se pregunta si el País del Sueño está preparado para enfrentar el trauma de su tragedia más grande. Se piensa en la dignidad de las víctimas, en la inevitable carga ideológica, en el riesgo enorme que se corre con un tema como ése. Después de ver la película queda la sensación de que la película era necesaria y de que sus propias fallas terminan siendo aciertos, porque es materialmente imposible hacer una película perfecta sobre algo tan horrible.
La representación de los marines como máquinas de salvar es quizá la manipulación más ostensible en una cinta donde el oportunismo de los políticos y las explicaciones de los medios quedaron reducidas a lo mínimo.
La película nos muestra el sufrimiento desde adentro, desde los seres comunes, desde aquellos que al final quedaron silenciados. Mientras el mundo entero tenía una visión completa, e interpretada, de lo que ocurría. Adentro la gente, esa multitud que terminaría casi completamente sepultada entre escombros, se movía errática, atontada, desconcertada. Muchos ni siquiera se enteraron de la naturaleza de los ataques. Muchos jamás llegaron a saber que se trataba de unos ataques. La noticia del segundo avión fue sólo un rumor en medio de esa atolondrada multitud que evacuaba con exasperante lentitud, porque ignoraba el desenlace.
Mientras se repetían en las pantallas una y otra vez la secuencia de eventos: el primer avión, el segundo avión, la expectativa aterrada y el inesperado derrumbamiento, adentro la gente tan sólo ignoraba. Algunos morían con dolorosa lentitud, algunos se quitaban la vida.
Uno de los grandes aciertos de la película de Stone fue el haber humanizado esa multitud. La historia se centra en dos de las veinte personas que fueron sacadas de entre los escombros: los policías John McLoughlin y Will Jimeno (de origen colombiano), quienes permanecieron aprisionados en el concreto más allá de toda esperanza.
Allí, en lo pequeño, en la terrible aventura detenida de esos dos policías que se obligan mutuamente a seguir con vida, radica la grandeza de la película de Stone. En esas reflexiones sobre el dolor, en esa búsqueda de razones para seguir aferrándose a la vida, está el alma de esa historia que sigue transcurriendo en la mente de muchos, como lo prueba el impacto, los sueños que despierta la película.
Tomará todavía mucho tiempo digerir los hechos, hay imágenes y emociones que se niegan todavía a ser vistas y nombradas, pero creo que este primer homenaje a las víctimas de los ataques al World Trade Center está a la altura de las circunstancias y permite, por primera vez en años, suspiros y llantos necesarios.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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