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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
agosto 9/2006


Las brisas imaginarias


Le gustaban los cuartos del hotel Northern Boulevard, no por lo minuciosos, por su modestia digna y anacrónica, sino por que le daban completa oscuridad.


Cada uno o cinco meses dejaba los trayectos cotidianos, salía sin decir adónde iba, se permitía el lujo de ir en taxi, llegaba y se instalaba convencido de que se merecía aquellas horas, después de tantos días sin gracia e intranquilos.


No hacía mayor cosa. Dejaba el maletín con las tres mudas, se ponía unos zapatos deportivos que rara vez usaba para estar en la calle, se escondía detrás de una gorra de béisbol y unas gafas oscuras, y salía a caminar por los alrededores.


La zona no era hermosa. Fue elegante hace mucho, de enormes restaurantes, de tiendas de buen gusto; pero ahora era un barullo repleto de ansiedad, un bazar de locales diminutos donde los inmigrantes se sentían menos solos gastando el poco dinero que no enviaban a sus sitios de origen.


Había recorrido aquellas calles complacido con su invisibilidad, pero también consolado con la secreta sensación de no ser completamente como ellos. A través de los años había caminado entre esa multitud buscando distintas cosas: la ilusión del amor, la emoción de un encuentro, la premura sombría de caricias compradas, el impulso imprevisto de cometer vilezas, anónimas, pequeñas.


Ahora no buscaba, se movía sin prisa, miraba. Observaba la ruina de los cuerpos, la belleza pasajera, casi lista para dejar de ser. Miraba esas infancias atontadas, casi podría decirse que animales. El trasegar enfático de todas las miradas, leyéndose, buscándose, catalogándose.


Lo primero que hizo fue invitarse a una cena generosa. Comió con lentitud, dedicándole tiempo a lo sabores, mirando con ojos apacibles el transcurrir de la calle, el ir y venir de la mesera que se hacía merecedora a la propina sonriéndole, preguntándole si todo estaba bien, si se le ofrecía algo más. Terminó de comer, dio una propina generosa y siguió caminando.


Se detuvo un buen rato para hacer una fila y comprar un helado. Ignoró las disculpas de la vendedora por el tiempo que tuvo que esperar. La supuso preguntándose por qué alguien como él podía darse el lujo de perder media hora esperando un granizado. Se sentía ligero y sin prisa.


Invirtió casi una hora en una librería, mirando cada libro, descartando, sintiendo el placer de no necesitar tanto palabrerío. Pero al final vio un libro que lo obligó a llevárselo: unos raros ensayos de Alan Watts, editados en Argentina. Era viejo, las hojas se le habían puesto amarillas esperando, y sin embargo era evidente que nadie lo había leído. Había sido publicado treinta y cinco años atrás y el hombre se entretuvo imaginando el largo viaje hasta sus manos. No dejó de notar que en la primera página tenía el sello de una librería de la zona que ya no existía. Le imaginó bodegas y traslados, esperas eternas, ilusiones efímeras, desencantos. Casi creyó escuchar que le decía: "Por qué tardaste tanto".


Cuando sus pies empezaron a quejarse, se dirigió al hotel, se recostó a leer, pero sentía los ojos cansados y prefirió hundirse pronto en su adorada oscuridad. Le pareció un inconveniente que el interruptor no estuviera cerca de la cama, pero no le prestó atención al contratiempo. Quería oscuridad y la buscó junto a la puerta de entrada. Luego se acercó a la cama tanteando el aire con los dedos abiertos. Se desnudo arrojando las ropas al suelo. Se tendió sobre la cama sin destenderla, en posición fetal.


Un rato después volvió a ser consciente y estuvo preguntándose si había dormido. No podía saberlo, sentía que había hecho un viaje prolongado, hasta niveles profundos de sí mismo, que había asistido a una disección de su ser, ilustrativa, explicativa; pero sentía también que todo aquello había tomado sólo unos pocos segundos.


Volvió a hundirse de nuevo y su cabeza se llenó de palabras, de frases apremiantes, que lo acosaban, que le decían: "Escríbenos, porque si no lo haces mañana te habrás olvidado de nosotras". Estuvo luchando con ellas, ignorándolas, espantándolas como a moscas, olvidándolas a ratos y durmiendo de veras, hasta que entraron a escena unas ganas terribles de orinar.


Se incorporó con un suspiro, caminó tanteando las tinieblas, maldijo cuando se golpeó los dedos en la pata de una silla, llegó al baño y antes de entrar deslizó el brazo como un asesino sigiloso, buscando el interruptor en la pared.


La orina era gruesa, amarilla, interminable, repleta de sales misteriosas. Pensó en sus pobres riñones adoloridos, en su organismo abrumado por la tarea de procesar basuras. Sintió que podría quedarse allí orinando horas y horas hasta quedar vacío.


Apagó la luz del baño antes de salir y calculó el recorrido hasta la cama, se movió con cautela, recogiendo los dedos de los pies para evitar impactos. Cuando volvió a tenderse supo con claridad que moriría, que todos los seres que había visto ese día morirían, que la única verdad era la muerte.


Alargó la mano hasta el suelo y encontró su estilográfica. Buscó con los dedos en la mesa de noche y encontró el libro de Alan Watts. Recordaba que la última página estaba en blanco. En la primera estaba el sello de la librería inexistente.


Situó la punta en el papel y se cuidó de hacer las letras grandes, espaciadas, para no superponerlas. No era la primera vez que había escrito en la oscuridad, pero al emprender la frase sintió que su vida había sido una preparación para ese instante.


"Somos bolsas de tiempo que se están derramando", escribió.


No se preocupó por comprobar si la frase había quedado escrita con claridad. Dejó el libro y la estilográfica en el suelo. Suspiró. Pensó que nunca vería la claridad de ese jueves. Jueves también sería. Había nacido un sábado y siempre se había preguntado que día de la semana moriría. Había vivido con la secreta intuición de que sería un jueves, pero había terminado por convencerse de que esa intuición era sólo una vana tentativa del miedo.


Ahora sus claves se le revelaban en la oscuridad y se sentía cansado, sin ganas de volver a buscar ese papel y decir algo más. Volvió a dormirse sintiendo la frescura que traían las brisas imaginarias.

email: wenceslaotriana yahoo.com




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