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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
julio 19/2006


La brújula mágica


Tendremos que acostumbrarnos, por fin
A la ternura de la nada
Gustavo Ibarra Merlano


Siempre me han interesado los artefactos mentales que el hombre se ha inventado para descifrar la realidad. No hablo del universo ni del mundo, ni de todos los rostros que asume lo material, al menos no hablo sólo de eso. Me refiero a todo lo que es, será y ha sido, incluidas las fuerzas intangibles e insondables que hay detrás… y las de más atrás.


Los mitos son las respuestas más comunes del hombre frente a la inmensidad. Incapaces de asimilar en cabezas tan pequeñas misterios tan grandes, los relatos reiterados de los mitos nos han servido para procurar sosiego a la inquietud del pensamiento. Las religiones, con sus rituales y normas, han dado no sólo explicaciones y directrices, sino también sentido a la vida de los hombres. No es gratuito que fuera justamente la crisis de las religiones, sitiadas por el engreimiento de la ciencia, la que diera lugar a las crisis de sentido: el mal del siglo de los románticos, el existencialismo del siglo XX.


Las ciencias son por excelencia el espacio donde se han creado artefactos mentales. Pero su gran error ha sido ignorar o malinterpretar todo lo que no puede ser percibido o medido. La prueba de ese error, o de esa incapacidad, se encuentra en las ciencias humanas, en la psicología por ejemplo, donde es inevitable la especulación o la charlatanería, con el deplorable resultado de que los errores se multiplican y todos terminamos -como ovejas detrás de Freud, el macho cabrío - acusando a los deseos incestuosos de la infancia de nuestras brutalidades actuales, y al temperamental y triste falo de todos los conflictos de poder.


El interés del que hablo está orientado a artefactos más arriesgados e integrales, a aquellos que quieren explicarlo todo, incluido lo inexplicable. Pienso por ejemplo en los 64 hexagramas chinos de I ching, que aspiran a sintetizar con los ciclos de la vida, todas las situaciones posibles en el mundo. Pienso en la cábala, en su árbol de la vida que desciende desde Kether hasta Malkuth -o viceversa, que asciende de éste hasta aquel, si se quiere: desde el principio generador vital representado por los genitales, hasta la inmaterialidad de la corona donde reside aquello que algunos llaman dios.


He dedicado algunas temporadas de mi vida al estudio del Tarot, como otro de aquellos artificios que el hombre ha diseñado para explicar los avatares de la vida. Allí parecen sintetizarse todos los pasajes de la vida, adornados con la imaginería y los símbolos de decenas de culturas distintas.


Pero al final del viaje he concluido que el mejor de los artefactos posibles, la única brújula útil para internarnos en el misterio, es algo mucho más sencillo en apariencia, pero a la vez más profundo, que todos los sistemas mencionados.


Hablo de la paradoja. No se necesitan demasiados libros para ir por la vida, no son necesarios sistemas muy elaborados y complejos (acabo de leer un libro de un hombre que identifico las doscientas diez mil ciento cuarenta y un situaciones dramáticas en que se pueden ver envueltos los seres humanos), sólo el entendimiento de la condición paradojal de la existencia sería suficiente para moverse sin problemas por el mundo.


Hay seres que jamás han estudiado y tienen un entendimiento más claro de las cosas del mundo, porque el mundo es un curso constante de paradojología. Pero el hecho de que las lecciones estén en todas partes, de que la verdad se revele en cada situación, no significa que las paradojas sean fáciles de entender. Una de las paradojas esenciales de la humanidad consiste en que teniendo la capacidad para entender, nos neguemos sistemáticamente a hacerlo. Otra, muy citada pero poco comprendida, es que el sentido común es el menos común de los sentidos.


Tener sentido común es, justamente, moverse por el mundo entendiendo su condición paradójica: que lo que nos ata es lo que nos libera, que lo pequeño es lo más grande, que el que ríe de último ríe mejor, que la vida no es alegre y la muerte no es triste…la lista es infinita y puede ser de poca utilidad para entender en que consiste una paradoja, cual es la raíz de su poder.


Dudo que pueda explicar en una sola columna mis ideas sobre la paradoja. En los últimos años he considerado la idea de escribir un libro sobre el tema. Por lo pronto quiero solo decir que el motor de ese curioso mecanismo es el absurdo. Y que la gran lección que nos enseña es que sin la ternura de la nada, no existiría todo lo que existe.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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