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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
julio 12/2006


La lección de Zidane


Los lamentos parecen ser unánimes: que Zidane la cagó, que al hacerse expulsar dejó a su equipo sin la posibilidad de quedar campeón mundial, que concluyó su carrera de la peor manera que podía terminar, que no actuó como un buen modelo para los niños y que no debió ser declarado el mejor jugador del campeonato.


Me dan ganas de agarrar a cabezazos a los que dicen eso.


En mi inmodesta opinión, el gran Zinedine no sólo no la cagó al derribar al suelo a Materazzi sino que cambió la historia del fútbol en una forma más definitiva y auténtica que si hubiera quedado campeón.


Permítanme me explico, antes de correr a llamarme senil.


El Mundial fue de Zidane casi en su totalidad. Ante la falta de estrellas, ante la lóbrega actuación de los brasileros y de los otros llamados a destacarse, Zidane brilló con luz propia. En los cuartos de final bailó a los brasileros, le hizo sombreritos a Ronaldo, se sacó a tres y cuatro con sus gambetas, mostrando siempre una imperturbabilidad del gesto que hacía aun más brillantes sus jugadas.


Cada juego, desde el partido con Brasil, podía ser el último y esa fue la gran emoción que ofreció el Mundial en sus instancias finales: el adiós inminente y siempre aplazado de uno de los mejores, de los más talentosos, de los más misteriosos y admirados.


A medida que las rondas avanzaban, eran más los que soñaban con un adiós lleno de gloria para Zidane. Muchos lo imaginábamos alzando la copa y despidiéndose del fútbol desde la cima más alta, encarnando un raro sueño de perfección del que, en cierto modo, nos sentíamos partícipes.


Pero a diez minutos del final del último tiempo extra, poco antes de la lotería de los penales, ocurrió algo que nadie habría previsto, ni siquiera el propio Zidane. Varios mundiales atrás, la escena habría pasado desapercibida. Sin la acuciosidad de las cámaras, habría sido casi imposible captar ese instante, habría quedado la duda sobre si Zidane hizo lo que hizo. Al ver a Matterazzi en el suelo muchos habrían pensado que trataba de hacer tiempo.


Pero ahora no hay gestos ocultos en la cancha. Cada movimiento, cada roce, cada intención o accidente quedan registrados por ese argos omnipresente que son las transmisiones televisivas.


Así pudimos ver la escena en casi su totalidad: Vimos el roce, el diálogo y la reacción sorpresiva de Zidane: embestir el corazón de un rival que había estado diciéndole cosas que aún no conocemos.
La primera reacción de uno al ver ese gesto es reprobarlo, decir que eso no se hace, que esa no es forma de retirarse de las canchas. Pero cuando pasa el tiempo uno empieza a preguntarse qué pudo haberle dicho el italiano a Zinedine para arrancar ese gesto. Entonces se descubre una faceta del fútbol que ha sido poco explorada: la de las mañas imperceptibles, la de los trucos invisibles que a veces llevan a un equipo hasta el triunfo.


Maradona confesó hace poco que el gol contra Inglaterra hace varios mundiales lo hizo con la mano, Bilardo confesó que en un partido contra Brasil le dio agua con drogas a los brasileros para entorpecerlos. Todos sabemos que las canchas están llenas de agresiones verbales, de insultos humillantes, pero esa dimensión del juego sólo ahora ha empezado a hacerse evidente. Podría decirse que empezó en un momento preciso, el momento en que Zidane arrojó por la borda un retiro sonriente porque pensó que había recibido una ofensa frente a la que no podía quedarse impávido.


Ignoro que pase en los próximos días. Vaticino que la atención del mundo se dirigirá con mayor atención hacia lo que Materazzi pudo decirle a Zidane. Es posible incluso que lo dicho no ameritara la reacción. Pero a partir del partido del domingo el fútbol no volverá a ser el mismo.


Esa fue la lección de Zidane, con su espectacular retiro, al darle la espalda al fútbol, al marcharse en silencio y proscrito, nos enseñó que el fútbol es un juego sucio, que no son suficientes los discursos contra el racismo antes de los partidos, que hay faltas y lesiones, aquellas que se hacen con las palabras, para las que aún no hay atención y, mucho menos, castigo.


Pero eso no fue todo. Antes de retirarse por la puerta más grande por la que se ha retirado un futbolista, el gran Zinedine nos enseñó también que es legítimo perder los estribos si alguien ha herido nuestros sentimientos, si alguien ha estrujado hasta el dolor nuestra dignidad humana.

email: wenceslaotriana yahoo.com




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