Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
julio 05/2006
Narradores del encuentro
Por andar de un lado a otro en estos días me ha tocado ver el Mundial de Fútbol de manera accidentada, entrecortada y fugitiva. Me he perdido partidos y jugadas que los analistas han considerado históricos, he dejado de ver alegrías y derrotas que resumen en segundos toda la aventura humana.
Pero no todo han sido pérdidas. El partido de Italia y Alemania esta semana, por ejemplo, me parece uno de los más intensos e interesantes que he visto en años. Las derrotas de Brasil y de Argentina me han parecido aleccionadoras. Al momento de escribir esta columna sueño con una final en la que Portugal encarna la viejísima historia del pequeño que se hace grande a punta de coraje e inspiración.
Pero no es del Mundial propiamente de lo que quiero hablar, no de lo que ocurre en la cancha, sino de los que cuentan lo que ocurre en las canchas mientras miramos lo que nos están contando o mientras lo seguimos por la radio.
Un amigo de Barranquilla fue quien empezó a sensibilizarme sobre el asunto. Íbamos en su auto a conocer la famosísima Cueva, el antro donde se reunía el Grupo de Barranquilla (por cierto, si en Colombia se hicieran siempre las cosas con tanto gusto seríamos un destino turístico de primer orden), y mientras hacíamos el recorrido escuchábamos la transmisión de un partido. Pero era una transmisión insípida, del tipo: "La tiene Holanda, ahora la tiene Togo, ahora vamos a comerciales, ahora la tiene otra vez Holanda".
Lo que saltaba a la vista era que el narrador no se había tomado siquiera el trabajo de averiguar los nombres de los jugadores, que seguramente confiaba en que los oyentes estuvieran viendo el partido por televisión y que lo único que le interesaba a esa emisora eran los anuncios comerciales.
En Colombia los narradores de televisión eran mejores. Uno incluso llegaba a comerse el cuento de que en Colombia somos lo máximo en esa y otras cosas, porque el ritmo era más intenso, los gritos más apulmonados y las emociones más subrayadas con el cambio de intensidad.
Pero mi opinión sobre el arte de narrar ha cambiado radicalmente ahora que he regresado al País del Sueño. Aquí el canal que transmite los partidos es Univisión y tiene varios equipos de narradores y comentaristas que andan por Alemania como loquitos. El primer grupo que escuché narrar daba ganas de llorar y hasta contribuyó a mi nostalgia de Colombia. Llegué a considerar preferibles las transmisiones del canal gringo de ESPN, una cosa antiséptica y soporífera, repleta de estadísticas, en la que los narradores no alzan la voz cuando hay gol y uno se preguntas si es que en ese canal todos los goles son anulados por los árbitros.
Pero este martes ocurrió la gran revelación. El equipo de Univisión que transmitía el partido de Italia y Alemania estaba conformado por un par de mexicanos. El narrador se llama Alfonso (o algo así, prometo confirmar el dato) y es un verdadero poeta del fútbol. A ese hombre no hay quien le siga el paso diciendo lo que ocurre en una cancha.
Uno a veces no sabe lo que necesita hasta que lo descubre. A mi me ha ocurrido esta semana descubrir que no necesitaba narradores gritones convencionales, que no necesitaba voces comerciales, que no necesitaba toneladas de estadísticas, que lo único que le hacía falta a mis partidos, y a las transmisiones de fútbol, eran narradores ingeniosos, creativos, que convirtieran en historias, las escenas que desfilan ante los ojos.
Cuando un jugador de Italia se negó a recibir la mano del alemán que lo había tumbado y ahora se ofrecía a levantarlo, el narrador se inventó un diálogo: "No soy tu amigo, no quiero esa mano que acaba de tumbarme". Cuando el portero de Alemania le protestó al juez de línea, el narrador puso en palabras del central: "Ese hombre de la bandera es amigo mío y lo que es con él es conmigo".
Este hombre era un mago que convertía en pequeños relatos los incidentes más simples. El salto de un jugador sobre otro se convirtió en la invitación: "Súbete y te llevo". La voladora de un arquero "plasmó la figura del aire y demostró que el hombre puede volar".
La lista es infinita: el asombro de los jugadores extenuados ante la frescura del que acababa de entrar, los pensamientos de los jugadores, las reflexiones sobre las almas que abandonaron los cuerpos del estadio después de un susto grande.
Sólo recuerdo un narrador similar, el prodigioso Andrés Salcedo, con esa capacidad para volver épica el esfuerzo de los jugadores en la cancha. Esa es la manera de narrar. No el pálido recuento que pretende dar cuenta de la realidad, sino esa magia narrativa que hace de la realidad el más apasionante de los cuentos.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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