Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
junio 14/2006
Reporteros del misterio
He dedicado las últimas semanas a leer en Bogota sobre la vida y la obra de un novelista del siglo XIX que hoy se encuentra virtualmente olvidado. Felipe Pérez fue un protagonista de la historia política del país, pero también fue el autor de más de treinta novelas, de las cuales solo una, "El caballero de Rauzán" fue reeditada en el siglo XX.
Su orientación política fue una de las razones por las que la obra de Pérez fue sepultada. Otra razón, fue el hecho de que Pérez situara sus novelas en lugares tan diversos como la India, Finlandia o la España del siglo XIV, y raras veces en la Colombia de su tiempo.
En miles de páginas, Felipe Pérez se dedico a desarrollar la metáfora que Jorge Luis Borges sintetizaría en una frase: "Ser colombiano es un acto de fe". Al dedicar sus obras a todo, menos la vida nacional, Pérez denuncio la irrealidad de la historia colombiana, el carácter ficticio de nuestras verdades oficiales.
Si Pérez viviera y escribiera en nuestro tiempo, seguiríamos ignorándolo, seguiríamos prefiriendo el elogio de turno sobre un asesino. Somos un país que rinde culto al realismo. Pensamos que la literatura debe tomar como escenarios nuestros espacios y como temas nuestros hechos, o de lo contrario no se considera literatura.
Leemos para reconocernos, para identificarnos, para encontrar el nombre de una ciudad o de una calle que conocemos, para reír cuando alguien repite una expresión coloquial que utilizamos o retrata un rasgo de nuestro carácter.
Creemos que un libro es bueno si nos remite a lo familiar, a lo conocido. Pensamos que la función de la literatura es la de reforzar la idea de lo que somos, la de obligarnos a decir, cada vez que leemos: "Es cierto, que artista tan bueno, nos refleja como somos".
Pero esta es una actitud narcisista que se regodea en una noción anquilosada de identidad. Nos falta mucho para aprender a leer ese otro tipo de literatura que nos muestra el lado de la realidad que no ha sido invadido por los discursos sociales y nacionales. Ese lado de la realidad que nos llena de dudas, de incertidumbres, que nos obliga a rehacer constantemente la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Personalmente, me he negado a leer la literatura que refleja de manera realista las enfermedades de nuestra sociedad, porque siento que hacerlo, más que una participar de una denuncia es una forma de complicidad. En mi opinión, son necesarios algunos novelistas que se nieguen a hacer uso de la propaganda, de la realidad mediatizada, para ser los reporteros de sus fantasías y sus sueños, de sus temores y ansiedades, los cronistas de las verdades del corazón de las que hablaba Faulkner.
Hacen falta escritores que les devuelvan a los sentidos la sensibilidad perdida, el estupor frente al mundo, la capacidad de asombro. Hacen falta periodistas que le den prioridad a las verdades del corazón sobre las verdades oficiales.
Confieso que he visto asaltos y atropellos, que he sido testigo de injusticias, que hay muertes violentas que me siguen doliendo, pero esos hechos no han logrado cegarme frente a todo lo demás que tiene el mundo.
Pienso que el novelista que se niega al realismo, se aparta del sueño colectivo -de la alienación colectiva- para enviar noticias de la verdadera realidad, de ese territorio donde las cosas y los seres no tienen nombre, allí donde viven una existencia que la razón no ha colonizado.
Es allí, frente al misterio, en ese extraño frente de batalla donde se ejerce el periodismo de la novela. Allí no hay verdades absolutas, no hay buenos ni malos, no hay certezas, hay sólo un universo que transcurre.
Alejados de la aldea, algunos novelistas siguen gritando que viene el lobo, cuando no viene, porque el miedo es la más real de nuestras experiencias y los lobos que habitan nuestra mente son más grandes y peligrosos que los lobos verdaderos.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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