Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
junio 7/2006
El mar de las cebollas
Al norte de Bogotá, después de pasar por Tunja y su plaza antigua y mancillada por un edificio horrible, más allá de Tibasosa y Sogamoso, empieza un ascenso escarpado hacia las nubes. Uno creería que al llegar a la cima lo único que puede esperar serán descensos, ondulaciones variadas de esa escarpada zona de los Andes. Pero al llegar arriba se abre un valle enorme y colorido, donde se extiende y señorea el mar de las cebollas.
La primera impresión -y la segunda y la tercera, y así sucesivamente hasta la última- sacude fibras hondas. El viajero está frente a un paisaje que ha cambiado muy poco desde hace milenios. Las casitas aquí y allá, el pueblito de Aquitania en la orilla del norte, se pierden en medio de los verdes, los blancos, los azules. Aquí no pasa el tiempo.
No hay que ser muy trascendental o religioso para sentir, mientras se hace el último descenso hasta el nivel de las aguas, que aquel lugar es sagrado, que allí todo está dado para sentirnos pequeños y para pensar en grande.
Los rostros son los mismos que había antes de que llegaran a estas tierras los jodidos españoles, con sus enfermedades y miserias: ancianos pequeñitos, con rostros de piedra oscurecida que miran temerosos, desconfiados, a los recién llegados. Seres endurecidos en la simplicidad por el contacto estrecho con la tierra. Niñitas madres y bebes adultos, impacientes por empezar a ayudar en las labores de la casa.
Una carretera estrecha, y no siempre fácil de transitar, rodea los casi cien kilómetros del mar y a veces conduce a parajes de hermosura demencial. Por momentos, las aguas dominan el paisaje, con sus islas misteriosas, pobladas de árboles de tierra fría, dueñas de historias que jamás conoceremos, proponiéndose como enigmas que nunca serán resueltos. A veces la carretera de aleja un poco y se interna en valles de fantasía, con hongos rojos y enormes como sombrillas playeras, con humaredas blancas que señalan el sitio exacto donde nacen las nubes y empiezan a elevarse impacientes desde la tierra.
El cultivo más común en aquel sitio es la cebolla y, al hacer el recorrido, el aroma va acercándose sutil hasta el olfato, va embriagando, va llenando de alegría lagrimosa a los viajeros.
Tal vez el sitio más curioso de la isla es un pequeño balneario llamado Playa Blanca. Por un momento el viajero se olvida de la altura a que se encuentra y observa una escena común caribeña: arenas claras, tibias a la mirada, bañistas aquí y allá -abrigados con chaquetas y con ruanas-, unas lanchas que esperan a los turistas.
Allí transcurren escenas que tal vez son muy antiguas. Hay un paseo de colegio, un grupo de jóvenes de trato tímido y dulce, liderados por un hombre y una mujer a quienes llaman los profes. Juegan un juego violento. Cuatro o cinco muchachos, liderados por el profe, buscan a las muchachas, las toman de pies y manos, y las conducen en medio de súplicas y llantos hasta las aguas heladas.
La cosa, para un fuereño, puede parecer abusiva. Pero es claro que para ellos es un juego que, además, debe tener su sentido práctico. Es como una iniciación en una sociedad donde la mujer es fuerte como la tierra, profunda y llena de vida como las aguas de ese mar que, según uno de los lancheros, a veces tiene setenta metros de profundidad.
Después de entrar al agua, las mujeres se quedan jugando en el leve oleaje. Sólo el primer contacto es difícil. Lo demás es diversión. Abundan las bañistas en las aguas de ese mar.
Pero el ruido y la vistosidad de Playa Blanca representan el asombro más fácil del lugar. Allí no cuesta nada hacer la observación inteligente sobre nuestra vida nacional, sobre el Caribe y las altas zonas de los andes, sobre esa cosa rara que llamamos colombianidad.
Al dejar ese sitio y seguir el camino que bordea aquel mar, vuelve el olor de las cebollas a recordar a los viajeros que el mundo es mucho más antiguo de lo que suelen pensar.
Y las nubes los miran alejarse como gotas de lluvia que acaban de arrojar.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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