Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
febrero 01/2006
Busco mi destino
Tras salir del consultorio de mi amigo médico, la idea de viajar me tenía entusiasmado. No recuerdo siquiera que mis pies tocaran el suelo cuando caminaba. Mientras empezaba a preguntarme qué rumbo tomar, me movía empujado por ese ímpetu que a veces nos visita en los sueños y nos permite alzar el vuelo con sólo quererlo.
Después de muchas cavilaciones, decidí –es un decir– empezar mi viaje visitando la madre patria. Pude haber ido a Cartagena –ese corralito acorralado que tantas nostalgias me despierta–, a Budapest o a Sri Lanka, pero al final elegí un rumbo que hasta a mí mismo me tomó por sorpresa.
El recorrido hasta mi casa se llenó de nombres. Antes de decidir adonde iría, el mundo empezó a agolparse en mi cabeza. Me sentía –como cuando era niño y podía imaginar para mi vida todos los futuros que quisiera– dueño absoluto de todos los destinos.
Pensé en ir al Japón, en peregrinar hasta Izú, donde tal vez aún vive Mitsuko, la geisha que le enseñó a mi cuerpo la eternidad de las caricias. Consideré cumplir la promesa que le hice a Manuel Zapata Olivella de visitar Kenya en busca de los abuelos más remotos. Pensé incluso en la siempre pospuesta aventura de viajar por ríos y selvas hasta alcanzar el Amazonas. Pero el destino me tenía reservado otro destino.
Un amigo filósofo que vive enamorado de nuestro tiempo, suele decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles. “Nunca antes hemos tenido tantas opciones para elegir”, dice lleno de rozagante optimismo. Yo he aventurado el argumento de que el exceso de opciones paraliza tanto como la falta de ellas, pero mi amigo es implacable y me manda a callar afirmando que por lo menos cien de mis ideas básicas frente a la vida y el mundo ya me habrían mandado a la hoguera o a la cárcel en tiempos o sociedades menos contemporáneas. Yo me quedo callado, pero sigo pensando que tener muchas opciones no sirve de mucho si nadie se ha tomado la tarea de enseñarnos a elegir.
Cuando llegué a mi casa, escribí en una hoja los nombres de los lugares que más me interesaban. Puse al frente de cada uno los argumentos a favor y en contra de la idea de visitarlos. Pero mientras llevaba a cabo tan sesudo análisis, el entusiasmo empezaba a abandonarme.
Me pareció que la razón no era buena consejera en asuntos de viajes, que la gracia misma de los viajes consistía en las sorpresas que brindaban, que ni siquiera importaban los lugares, que el verdadero sentido de viajar radicaba en la oportunidad que tenemos para dejar atrás nuestro yo rutinario y volver trasformados.
Decidí entonces que el azar elegiría, que éste tal vez último viaje de mi vida sería el viaje más libre de ataduras, el menos gobernado por racionalismos y tonterías, también el más ligero de equipaje.
Escribí los nombres de mis lugares predilectos en trocitos de papel y los puse en una bolsa y, cuando ya me disponía a sacar uno, pensé que sería injusto que no entraran en juego todos los otros lugares que la tierra tenía para ofrecer.
Tardé un buen rato en recortar en pedacitos mi atlas del 2005, pero valió la pena. Al final había en el centro de mi sala una montaña de trocitos. Decidí posponer para la mañana siguiente el ritual de mi destino. Me fui a dormir y esa noche volví a soñar que volaba.
Al día siguiente me desperté muy temprano. Saqué un papelito de la montaña y esperé a prepararme el café antes de leerlo.
“Segovia”, decía.
Puse en un morral de tela dos pantalones, cuatro camisas, dos camisetas, seis calzoncillos una chaqueta y cuatro pares de medias. Puse también cepillo de dientes, crema dental, desodorante, un cuaderno cuadriculado de cuatrocientas páginas, dos lapiceros y los tres libros que siempre me acompañan.
Dediqué la mañana a escribir cartas con instrucciones para allegados y parientes, y en la tarde ya le estaba suplicando a una funcionaria malhumorada que me diera una visa para viajar a España.
“¿Qué quiere hacer allá?”, rugió con la boca torcida hacia un lado.
“Quiero concederles el honor de visitarlos”.
La boca se le enderezó y el rostro se le puso inexpresivo. Puso un sello en algún lado, escribió algo en otra parte y agregó dulce y madrileña: vuelva a recoger su pasaporte mañana mismo por la mañana.
Reforma tributaria 2007
enero 26/2007
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