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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
mayo 31/2006


Primeras impresiones del oasis


Una de las desventajas de la vejez es que uno se resiste casi por instinto a las engañosas emociones que propone la sorpresa. Uno se dice a sí mismo: "no te hagas ilusiones, lo que llamas alegría no es más que novedad; lo que llamas belleza, no es otra cosa que la poca costumbre que tienes de ver lo que estás admirando".


Pero igual uno trata de agarrar la emoción, de sacarle algún jugo, y así calma la sed de novedad que el alma siente de vez en cuando.


Llegué hace tres días al país de los colombios y me he dedicado a recorrer las calles y recintos de la capital. El primer amanecer me sacó de la cama muy temprano, fascinado por los juegos de la luz en el aire y las montañas. Pensé que los meses y años anteriores, en el País del Sueño, había vivido engañado por la luz siempre gris, por el tinte fantasmal de los colores, por ese sol mezquino que sólo calienta la piel cuatro meses al año.


Luego salí a las calles y empecé a maravillarme con la riqueza de los rostros. No hace ni una semana estaba sentado frente a la Biblioteca Pública de Nueva York, haciendo una de las cosas que más me gustan en la vida: mirar gente, y ahora me veía navegando en una multitud completamente distinta, más diversa, más despierta, más hermosa ante mis ojos recién llegados.


Pensé en lo difícil que me había sido encontrar la belleza en aquella multitud gringa. Pasé casi dos horas esperando para ver a una mujer completamente hermosa, descartando las rubias que quieren parecerse a las imágenes de las revistas, compadeciendo a las victimas de la gordura y de la flacura, escarbando en esa masa bastante uniforme, bastante anglosajona, para la que no existo.


Pero al llegar aquí la sensación fue otra. Encontraba bellezas supremas a cada dos pasos. Entendí la rabiosa hermosura que surge de esa mezcla -con pasado indígena- entre el cabello oscuro y lacio y la piel acanelada. Admiré también las otras variedades que han llegado a la ciudad desde todos los rincones. Pero lo mas emocionante, lo que me hizo recordar con cierto desdén la multitud gringa, fue el hecho de descubrir que yo también era objeto de las miradas, que la gente al pasar también fijaba en mí la mirada y pensaba y conjeturaba y hasta trataba de establecer contactos.


Entonces vinieron los contactos. Para alguien acostumbrado a la burbuja que rodea a los individuos en el País del Sueño, recibir la atención, la amabilidad de la gente, su interés casi siempre sincero, es como haber regresado de una caminata espacial, interesante sí, pero falta de encuentros.


Volver al país de los colombios es siempre una experiencia emocionante. Los primeros días uno se llena de luz y de alegría y se pregunta qué diablos está haciendo allá lejos, por qué no toma de una vez la decisión de regresar a ese lugar del que al fin y al cabo nadie lo ha expulsado.


Pero no puedo engañarme. Se que la alegría de los primeros días es un efecto natural que se disuelve y que da paso, sin remedio, al también natural asomarse de las cosas que vienen a recordarnos por qué nos marchamos, por qué nos quedamos sin patria para siempre.


email: wenceslaotriana yahoo.com




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