Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
mayo 17/2006
El hombre que sabía demasiado
Como la primavera no me deja salir a la calle (las flores con su alboroto llenan el aire de un polen irritante que dispara los mecanismos de las alergias), he dedicado estos días de abril y mayo a explorar universos nunca suficientemente conocidos, siempre llenos de sorpresas por más que se los recorra.
He vuelto a dialogar con mi entrañable amigo, Gilbert K. Chesterton, he vuelto a beber de las fuentes de su sentido común a toda prueba, he vuelto a sentir que se ilumina mi cabeza con su lucidez sobrenatural.
Hace años afirmé que el libro que más releo es "Ortodoxia", tal vez el libro de Chesterton que hay que leer si uno tuviera la mala suerte de no leer sino un libro suyo, y esa afirmación sigue siendo tan válida como cuando la hice. Tengo mi ejemplar de ese libro ya listo en el maletín de mano que llevaré a Colombia (sí, amigos, visitaré Colombia a fines de mayo para ver que queda en pie después de que el presidente se auto reelija), y desde ya anticipo el placer que sentiré sobre las nubes antes de llegar a la tierra más absurda de que existe noticia.
Por estos días me he dedicado a explorar otros horizontes de su vastísima obra. Chesterton escribió cerca de cien libros. Se dice que tenía la capacidad asombrosa de escribir un artículo mientras dictaba otro a su secretaria. Escribió con tal entrega a su oficio que muchos biógrafos coinciden en que fue el exceso de escritura lo que lo llevó a la tumba. Casi todos sus libros son recopilaciones de artículos periodísticos que publicó en diversos diarios londinenses, incluido su semanario "GK Weekly", que escribía desde la primera hasta la última página.
Algunos prefieren sus novelas y cuentos, en especial las aventuras del padre Brown, un sacerdote detective que parecía conocer como ningún otro la naturaleza humana. Entre sus muchas novelas, quizá la más famosa es "El hombre que fue jueves", una colorida alegoría, inolvidable para quien se interna en el enigma de sus páginas. Otra novela suya, "El hombre que sabía demasiado", parece la definición perfecta de su autor.
Pero en mi caso personal prefiero al ensayista, al agudo observador, al perceptivo sin par que podía encontrar en una persona el rasgo definitivo, en un hecho la circunstancia más reveladora, y en la realidad toda, sus sentidos más evidentes y a la vez menos visibles.
Chesterton es inexplicable como un milagro. Sé muy bien que por más que trate de exponer las razones de su grandeza no conseguiré transmitir lo que sólo el contacto directo con su obra puede ofrecer. Más de una vez me he visto en la vana tarea de querer convencer a alguien de su grandeza y sin embargo me he sentido limitado, insuficiente, falto de herramientas para expresar por qué me parece que en las páginas de este inglés bonachón está todo lo necesario para que cada uno de nosotros salve su vida, con todo y alma incluida. Habría que ser Chesterton para explicar la grandeza de Chesterton.
"Heretics", se llama el libro que acabo de leer y parte de una premisa fundamental: lo absurdo que resulta el culto que el mundo contemporáneo le hace a las herejías. Para Chesterton, los heréticos antiguos nunca encontraron orgullo en ser heréticos, porque siempre se sintieron los voceros de una ortodoxia amenazada. Para el herético eran las instituciones, la iglesia, el estado, los que actuaban de manera desviada.
Este es el punto de partida para una reflexión sobre los sofismas del mundo contemporáneo: la idea de progreso, la desaparición del sentido religioso como un gran logro, el culto de la ciencia, las mentiras de la prensa, el sometimiento de las sociedades a los intereses mezquinos del totalitarismo del capital o el totalitarismo del estado.
Uno de los pasajes más sublimes de este libro es la defensa que Chesterton hace de la familia. Para él, la familia es la única opción que le queda al individuo para no sucumbir al poder deshumanizador de la sociedad. Pero ese pasaje se lee con tristeza, porque el mundo en que vivimos es justamente la corroboración de lo que puede sucederle al ser humano si las fuerzas del estado y del capital logran dinamitar el reducto familiar donde se gesta la individualidad.
Incapaz de exponer la grandeza de Chesterton, puedo al menos tratar de enumerar los rasgos más visibles de su estilo y su manera de pensar.
No creo equivocarme al afirmar que el elemento más importante de su obra es el uso constante de las paradojas como herramienta de pensamiento. Para Chesterton, toda verdad profunda sólo puede ser abordada en los términos de una paradoja.
Otro rasgo constante es la permanente invitación a despojarnos de las formas aprendidas de pensamiento. Leer a Chesterton es correr el riesgo de descubrir que lo que llamamos nuestras ideas sólo son aleccionamientos burdos que el sistema ha puesto en nuestra cabeza. Incluso (o en especial) cuando nos creemos libre pensadores.
Pero quizá lo más importante de todo lo que Chesterton tiene para darnos es la invitación a ver el mundo -y dentro de él a nosotros mismos- no como lo que nuestros sentidos amaestrados han sido llevados a ver, sino como lo que verdaderamente son: un aterrador milagro que pide de nosotros -instante tras instante- el compromiso inmenso de reconocerlo y de vivirlo.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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