Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
mayo 10/2006
Todos los viajes el viaje
He ate and drank the precious words,
His spirit grew robust;
He knew no more that he was poor,
Nor that his frame was dust.
He danced along the dingy days,
And this bequest of wings
Was but a book. What liberty
A looosened spirit brings!
Emily Dickinson
Ahora que lo recuerdo, se supone que estaba contándoles un viaje. Qué lejos están ahora aquellos días, que lejos está incluso el entusiasmo con que empecé a contar mi historia.
Todo se desdibuja y vuelve pálido. Ya la emoción que sentí recorriendo las calles de Córdoba, no es tan emocionante. Ya la alegría de encontrar la estatua de Ibn Hazam sólo es una tristeza leve. La noche inolvidable en las montañas de Portugal, casi no consigo recordarla. Ya el éxtasis casi místico frente a San Juan de la Cruz es tan solo el recuerdo de un recuerdo. Incluso la luz pastel de los atardeceres de Florencia o la mugre insolente de Roma son vagas referencias a las que es difícil aferrarse.
Hace apenas unos meses hice uno de los viajes más intensos de mi vida y hoy siento que no me queda nada. Vivo, sin poder hacer nada para remediarlo, las truculencias del olvido y la memoria que llegan con los años.
Cuando era joven me gustaba ser amigo de los ancianos. Hablar con ellos era como entrar en una máquina del tiempo y trasladarse a los tiempos anteriores a mi propio nacimiento. Muchas veces les oí decir, desconcertados, que recordaban con mayor facilidad lo que les había sucedido cuando niños que lo que habían hecho hace unos días o unos meses. Ahora esa sensación es mi pan de cada día.
Cuando la conciencia emerge en las mañanas, antes de mover los párpados, imagino el paisaje de un cuarto y una casa que ya no existen. Entonces me descubro foráneo, como quien se despierta en un cuarto de hotel, en esta habitación en la que he vivido más tiempo, pero que significa menos que esa habitación de mi niñez.
Mis ojos han dejado de mirar los rostros en la calle con asombro. Sólo hay fantasmas deslizándose como viento, inadvertidos, faltos de materialidad, desplazándose desde y hacia el olvido. Sólo habitan en mí aquellos rostros remotos que se siguen asomando a mi sorpresa con la fuerza de una revelación. Los primeros, los más intensos, los más definitivos rostros que he visto.
Todas las voces son palimpsestos, ecos de voces, repeticiones infinitas de una conversación única. Las teclas mismas de este teclado son menos ciertas que las teclas de mi primera máquina de escribir, mi adorado pterodáctilo, con su cinta siempre gastada y rota, con sus tipos móviles que se atropellaban junto al papel por la impaciencia de mis dedos, con sus letras de círculos saturados que había que limpiar periódicamente con una aguja.
Esto mismo que escribo es un sueño remoto de alguien que no consigue estar seguro de si él mismo está siendo soñado. No es ni la sombra de esa primera frase que escribí porque sí, porque una fuerza superior a mi entendimiento me invitaba a imitar a los autores de los libros que estaba empezando a leer.
Ningún viaje, ninguna aventura, han sido tan intensos como ese viaje de dos cuadras que hice a los nueve años, solo en medio de las calles de una ciudad hostil, por primera vez dueño de mi voluntad y de mis pasos.
Siento en los dedos la tela de mis bolsillos el dinero ahorrado a lo largo de semanas sin comer en la escuela. Siento el desplazamiento del paisaje, como si fuera el mundo el que viniera a mi encuentro. Siento el palpitar arrebatado de mi diminuto corazón cuando entro en la tienda y camino decidido en busca del primer libro mío, mi primer universo conquistado.
Ahora voy de regreso a mi casa con el libro en la mano. Me aferro a sus lomos rojos y dorados y camino sintiendo que nada en la vida ha sido y podrá ser más importante. Yo mismo sólo soy un eco leve de ese instante.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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