Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
abril 19/2006
La palabra más bella
Tal vez sean ideas mías, pero tengo la impresión de que andamos idiomáticos.
Primero fuimos la capital literaria de Iberoamérica, con ese festival de nombre extraño que tenía el verbo haber en la tercera persona del singular, en el presente de indicativo, ratificando lo que no necesitaba ser ratificado. Si el Festival era Festival era obvio que había" Festival.
Luego vino el anuncio de que la ciudad será escenario de un encuentro de la lengua el próximo año. Según entiendo, la ciudad será la capital mundial del español o castellano y el destino y la vida del lenguaje serán objeto de discusión durante algunos días de abril o marzo.
A la noticia de ese gran evento se le adhirieron otras: la celebración de los ochenta años de vida de Gabriel García Márquez (no sé por qué tengo la impresión de que ese muchacho me está alcanzando y puede llegar a rebasarme) y la edición conmemorativa de "Cien años de soledad", con un millón de ejemplares.
Cada una de estas noticias: el Festival que "hubo", el encuentro de las lenguas, el homenaje al octogenario y hasta la edición millonaria me daría pie para extensas reflexiones, pero hoy me siento inspirado por las cosas menudas y prefiero detenerme en una de las noticias idiomáticas que sacuden al mundo (por lo menos, al mundo al que esas cosas sacuden).
En España están haciendo juegos de palabras y tratando de encontrar la palabra más bella y más significativa del español y algunos medios colombianos se han sumado a la pesquisa.
La noticia me ha puesto a romperme la cabeza en busca de una buena candidata.
No es la primera vez que me he hecho una pregunta como ésa, pero confieso que siempre respondí con ligereza, llevado por gustos personales o impulsos ocasionales.
A mí, porque sí, porque me nace, porque me suenan, me gustan palabras como "cristalino" y "transparente". Si pienso un poco más, puedo pensar que además de esos sonidos crispados, de esas "eres cabalgantes, está esa propiedad física que parece estar justo en la frontera de lo espiritual.
He sentido también un gusto particular por la palabra "murciélago", por ese raro don de contener todas las vocales y cientos de palabras, aunque me desconcierta la criatura que designa esa palabra.
Alguna vez le oí decir a Alex Grijelmo, uno de los grandes gurúes del castellano, que su palabra favorita es "bisbiseo". Pero no consigo que esa aliteración -ni otras cercanas como "murmullo" o "sosiego"- me despierte el entusiasmo que me despiertan otras palabras con más carácter.
Cuando se encontrar "la" más bella y significativa de todos, el esfuerzo puede resultar agotador. Pasé casi toda la Semana Santa orando y pidiéndole a Dios luz frente a ese interrogante. Entonces, el lunes de Pascua, al abrir los ojos, la palabra encontrada se asomó suavemente a mis labios:
"Silencio"
Esa es la palabra.
Además de ser una misteriosa paradoja, que hace que desaparezca lo que nombra cuando lo nombra, la palabra silencio reúne una serie de sonidos alargados, diluidos, que son poco comunes y rara vez se encuentran juntos en la lengua española.
La palabra está constituida como una afirmación llena de ecos.
Pero si lo anterior pudiera parecer poco, podemos también considerar su significado: el silencio es origen y antítesis de todas las palabras, en cuanto que todas se erigen desde el silencio y constituyen su opuesto.
El silencio es una nada llena de fertilidad, es el reino donde prospera el pensamiento, es el ámbito de la lectura y la escritura.
El silencio es la noche del lenguaje. Es el telón de fondo en el que brillan, como estrellas, la totalidad de las palabras.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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