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Columna de opinión

Por Wenceslao Triana
abril 12/2006


Clemencia


Un día caminé hasta el lugar donde empieza el acueducto romano. No tenía ese lugar como destino. No se me había ocurrido pensar que ese monumento inmenso y enigmático tenía un comienzo simple, como todos los comienzos. Sólo había pensado en aprovechar ese día soleado para ejercitar el cuerpo recorriendo las calles antiguas y modernas de Segovia, con un aire cada vez menos foráneo.


Pero al doblar en una esquina encontré una pared baja de piedra y a Clemencia sentada sobre ella.


–Aquí empieza –me dijo con voz tranquila, como si hubiera estado esperando sin impaciencia.


Iba a preguntar qué era lo que empezaba, cuando mis ojos siguieron la línea de la pared casi horizontal, a pesar de que el terreno era en descenso. Entendí lo que me había dicho y antes de interesarme en su rostro desencantado, antes de querer saber qué historia había detrás de esos ojos amarillos, serenos o resignados, me asomé para ver el gran misterio: un canalcito de piedra de unos veinte centímetros que cabalgaba sobre la enorme construcción y, miles de años atrás, había llevado agua fresca a las mansiones de funcionarios del imperio radicados casi en el fin del mundo (el mundo, no hay que olvidarlo, terminaba en el Atlántico).


Mirando aquello que empezaba como un simple lavadero, pensé por un momento en lo pequeño que conduce hasta lo inmenso. El primer paso de una peregrinación, la primera palabra de una novela, el aire que invade los pulmones impacientes de los recién nacidos.


Pero no me dejé llevar por aquella reflexión porque algo más vivo e interesante me esperaba.


No recuerdo las primeras palabras que cruzamos, pero pronto estábamos abriendo los libros del pasado.


Clemencia, como todos, solía preocuparse por las cosas que están y no están a nuestro alcance. Cuando era sólo una niña en Venezuela ocupó miles de horas en tratar de adivinar lo que el futuro le traería. Trató de imaginar los rostros y episodios del amor. Se angustió ante la idea de no saber jamás lo que era un beso. Perdió el sabor del presente ante la idea de que todo acabaría, que una muerte precisa e imprecisable la estaba esperando desde que había nacido.


Cuando tenía trece años, solía pasar las tardes junto a una ventana frente a la que pasaba el mundo. Pensaba que los vecinos, como la familia, son regalos misteriosos, representan –para nosotros- la humanidad. Clemencia cumplía con los deberes cotidianos, asistía a la escuela, ayudaba a su madre, se preocupaba, y en las tardes volvía a su ventana, a ver el mundo pasar.


De todos los que veía ir y venir por su paisaje, le llamaba especialmente la atención un loco sucio y taciturno. La gente le huía, se cambiaba de acera, decían que era peligroso, que a varias personas las había golpeado, les había lanzado palos y piedras.


Clemencia misma había evitado pasar cerca de él las veces que se lo encontró en la calle. Pero desde la seguridad de la ventana podía mirarlo con tranquilidad, podía tratar de imaginarle algún pasado.


Un día Clemencia salió de su casa y le echó llave a la puerta. Cuando se volvió hacia la calle todo el horizonte se oscureció. Frente a ella estaba el loco, enorme, sucio, quieto, mirándola.


Clemencia se quedó paralizada y no tuvo otra alternativa que aceptar esa mano que el loco le ponía en el hombro. Entonces pudo ver al fin sus ojos.


Aquella mañana de domingo, en el murito donde nace el acueducto de Segovia, Clemencia me dijo que no había visto jamás ojos tan puros, tan sinceros y tranquilos.


“Los locos miran de frente”, me dijo, mirándome de frente. “Los de mirada esquiva tan solo están fingiendo”.


La mirada del loco permaneció fija en ella por una eternidad. Se dedicó a buscarle el alma, a consolarla y apaciguarla. Luego el loco roñoso retiró la mano de su hombro y siguió su recorrido.


Clemencia jamás volvió a ver a aquel hombre. Tampoco volvió a preocuparse por el amor, la muerte o el futuro. Se dedicó a aceptar todos los días, uno a uno, en toda su minúscula grandeza.



email: wenceslaotriana yahoo.com




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