Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
abril 05/2006
El color de los ojos
Cuando era niño tenía un diverso abanico de temores. Le temía, por supuesto, a toda clase de perros, sin discriminar tamaños o actitudes. Las primeras ocasiones que tuve de encontrarme esas criaturas olientes y curiosas cometí la novatada de correr, hasta que alguien compasivo me elevó por los aires y me dijo: "Si corres, te persiguen".
Decidí entonces quedarme detenido, pero eso sirvió poco para hacerme invisible. Al contrario, si llegaba a algún lugar donde había perro podía apostar -y siempre ganar- a que el perro ignoraría a todo el mundo y se dirigiría fatal a mis zapatos, a mis pantalones, a mi rostro morado por la falta de aire. Entonces los expertos que no faltan decían: "Ellos huelen el miedo" y aquel superpoder del enemigo hacía más angustiosos sus asedios.
Sé que cuando tenía cuatro o cinco años ya empezaba a experimentar con las posibilidades de mi cuerpo, como hacen los faquires que detienen el palpitar del corazón o se insensibilizan al dolor. Yo inventaba métodos propios para ordenarle a miedo que no oliera. Pero olía, la prueba eran las narices mojadas de los perros que seguían viniendo.
Temerles a los perros no es algo tan grave. Al menos existe el consuelo de que son muchos los que les temen y hasta se pueden esgrimir estadísticas para justificarlo. Menos justificable, pero igual de compartido, es el miedo a la oscuridad. No me atacaba siempre, pero cuando venía podía convertir el mundo en un infierno. Jamás olvidaré las noches de pavor, tendido en la cama boca arriba, evitando darle la espalda a las sombras, imaginando un abismo aterrador y sin final debajo de la cama, suponiendo las garras que irían a atraparme si trataba de bajarme y correr a la cama de mis padres.
Pero había temores menos justificables. Recuerdo que casi hasta los diez años le tenía pavor a las gallinas. Tal vez por ser menos racional, este temor era mayor. Veía esos rostros inexpresivos, esos ojos sin alma, y pensaba que con un perro al menos uno sabía si estaba enojado. Su pico era como un hacha siempre dispuesta a romper la piel.
Un primo mayor que quería divertirse, o sólo presumir de sabiondo, contribuyó al pavor cuando me dijo que las aves eran los únicos descendientes que quedaban de los dinosaurios. No podía ver ni los pollitos pintados que pasaban vendiendo, sin pensar en una muerte violenta y miserable.
Pero había un temor todavía más extraño. Por esas cosas del mestizaje, había en la familia una prima de ojos verdes que causaba sensación. A mí, el color de sus ojos me daba pavor. Recuerdo las pataletas que armaba cuando me vestían para ir de visita a su casa. Lloraba, me encerraba en el baño, me aferraba a la pata de una mesa y decía que no me gustaba esa niña porque tenía ojos de otro color. Pero mis padres no entendían ese tipo de razones y me veía obligado a pasar aterradoras tardes de domingo recostado a la pared, atento a los movimientos a ese engendro mitad perro, mitad gallina y mitad tiniebla.
Con el tiempo comprobé que los temores no eran del todo injustificados. Pero no es mi intención hablar de ese ser, cuya maldad sólo tiene que ver muy indirectamente con el color de sus ojos. Sólo quiero decirles que he vuelto a pensar en ese temor de infancia cuando vi esta semana el documental "Blue Eyes, Brown Eyes" (ojos azules, ojos cafés), sobre un experimento que una profesora realizó en los años sesenta aquí en el País del Sueño.
Un día, la profesora llegó a la escuela y les dijo a sus alumnos de siete u ocho años que los que tenían ojos azules eran mejores, más inteligentes, y que tendrían derecho a más tiempo de recreo y más postre en el almuerzo. La actitud inicial de los niños fue de desconcierto. Los niños de ojos cafés (el grupo estaba dividido en proporciones casi iguales), fueron marcados además con un cuello de tela azul oscura que los hacía más distinguibles en la distancia. En menos de media hora, los niños de ojos azules estaban felices con sus privilegios, los de ojos cafés se sentían desolados, y las amistades entre unos y otros se habían roto.
El documental mostró la llegada de los niños a la escuela al día siguiente. Los de ojos azules llegaron sonrientes, engreídos, uno incluso dejó las gafas olvidadas en su casa; mientras los de ojos cafés llegaron silenciosos y cabizbajos.
Pero ese día las cosas cambiaron. La profesora dijo que se había equivocado el día anterior, que los de ojos cafés eran más inteligentes, eran mejores y tendrían todos los privilegios de ahora en adelante. Dijo que le dolía admitirlo, porque ella tenía ojos azules, pero que era cierto que las personas de ojos cafés eran superiores. Al poco rato, los niños de ojos azules, con sus collares distintivos, se movían por los rincones, rencorosos y evasivos, mientras los privilegiados se pavoneaban por el centro del salón.
Los resultados de ese experimento fueron diversos. Al probar el rendimiento intelectual de ambos grupos se comprobó que quienes estaban arriba tenían mejores resultados. Años después, cuando ya eran adultos, el grupo fue reunido nuevamente y todos admitieron que la lección de esos dos días fue inolvidable, que aprendieron para siempre que no se debe juzgar a las personas por rasgos sobre los que no tienen ningún control.
Uno podría decir que tal vez algunos sólo aprendieron a emplear el lenguaje de lo "políticamente correcto" que tanto se usa en los Estados Unidos. Es posible incluso decir que ese lenguaje no evita la discriminación sino que la disfraza. Pero tener conciencia del problema es mucho mejor que no identificarlo siquiera como un problema.
Cuando pienso en Colombia pienso que el problema de la discriminación en Colombia es todavía más grave, porque ni siquiera se identifica como un problema. Se necesitan diez minutos para sembrar un prejuicio y a veces toda la vida para erradicarlo. Pero hasta ahora no se ha visto el primer prejuicio que decida marcharse por iniciativa propia.
email: wenceslaotriana yahoo.com
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