Columna de opinión
Por Wenceslao Triana
enero 18/2006
LA TORTUGA INALCANZABLE
Como la muerte no llegaba y ni siquiera se acercaba, empezó a atormentarme la idea de que mi buena salud a estas alturas de la vida era una enfermedad.
Después de los frágiles y achacosos ochentas, un día me volví nonagenario y me sorprendí a mí mismo cada vez más saludable, más fuerte, más inoportunamente endurecido al despertar por las mañanas.
Nada me molestaba: ni los huesos y coyunturas, ni los conductos y maquinarias de la sangre, ni el aparato digestivo, ni los pulmones. Salvo mi preocupación por estar tan bien, todo era bienestar. Me resultaba imposible recordar un momento de mi vida en el que me hubiera sentido tan vital.
Decidí compartir mi inquietud con un amigo médico y casi se muere de la risa. Cuando recobró el aliento me acusó de ingratitud y fue a buscar a su biblioteca un desgastado libro con aforismos de los presocráticos.
– Aquí –dijo, señalando en medio de una página impar–. Zenón no era sólo un experto en tortugas inalcanzables.
Me acerqué, leí, pensé, no entendí, volví a leer, seguí sin entender, miré a mi amigo médico en busca de explicaciones.
– ¿Qué dice? – me dijo, paciente, didáctico.
– Dice que el condenado a muerte debe conocer su celda antes de que se cumpla la condena.
Seguí sin entender qué tenían que ver los deberes del condenado con mi exceso de buena salud. Me miró, esperó a que algo en mi cabeza hiciera click, pero fue en vano. Suspiró y dijo:
– El condenado es cada uno de nosotros, mi querido Wenceslao. Recuerda a Quevedo, con el primer aliento al nacer empezamos a morir. Nadie hasta la fecha se ha salvado. No veo una razón para que seas la excepción y quizá podrías dar uso a ese regalo que te han dado. Apuesto a que te faltan esquinas de la celda por mirar.
– ¿Viajar? –aventuré.
Sí, viajar. Esa fue la recomendación que me dio mi amigo médico. La misma que ciento y pico de años atrás les daban los médicos a los que sufrían del mal de aquel siglo. Salir, respirar los paisajes, caminar, subir montañas, cruzar ríos, ver rostros y arquitecturas, hablar y escuchar las historias y lenguas del mundo.
Al principio la idea no me entusiasmó demasiado. Hacía mucho tiempo había llegado a la conclusión de que mi felicidad podía encontrarla en sólo cinco actividades, y que todas podían hacerse sin salir de la cama. Pero al dejar el consultorio de mi amigo la idea de ver el mundo empezaba a tentarme.
Así empezó el viaje que voy a relatarles.
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